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La invocación de los think tanks mundiales
El momento del mitin -post Bali- no podría haber sido más afortunado. El enfoque multilateral del comercio parecía condenado al fracaso tras los doce años infructuosos de la Ronda de Doha. Pero el fin de semana pasado, la OMC pudo por fin abrochar un acuerdo entre sus 159 miembros (con la reciente inclusión de Yemen, 160). Fue un buen debut para el brasileño Roberto Azevedo al frente de la OMC (y para el estreno del papel dirigencial de los países emergentes en las instituciones de Bretton Woods). ¿Le tocará al G-20, el año próximo, dar otro golpe de efecto en la mesa y recobrar el eficaz protagonismo de los años de fuego de la crisis? Muchos de los asistentes del T20 vinieron a Sídney directamente de Bali. Queda claro que el entusiasmo es más intenso en la prensa -que logró excelentes titulares para sus primeras planas- que entre los viejos lobos del oficio. Lo que se firmó finalmente es un acuerdo de muy bajas calorías. ¿Fue un éxito? Hubo quien lo comparó con Dunkerke: una evacuación oportunísima, clave. Empero, lejos está de constituir una cabecera de playa de dónde ensayar una avanzada. "Nadie dejará el camino de los tratados regionales por las noticias de Bali", se dijo. Queda para los líderes del G-20 propiciar que la senda de las negociaciones bilaterales (o plurinacionales) sea congruente con los principios abiertos de la OMC.
Australia tiene un récord envidiable: acumula 22 años consecutivos de expansión económica sin interrupción. ¿Cuál es su principal preocupación? Que se quiebre el récord. La luna de miel que produjo la irrupción de la coalición conservadora de Tony Abbot (y su aureola pro negocios) se esfumó, tres meses después, de los sondeos de opinión. La supervivencia de la industria automotriz está en la picota. General Motors -que opera aquí desde 1931- cesará su producción en 2017. Los costos no son competitivos y el Gobierno recortó los subsidios directos. La oposición presagia el mayor accidente de autos de la historia (teme por Toyota) y culpa a los conservadores. Su memoria es corta: Ford y Mitsubishi desertaron con el laborismo en el poder. Otros campeones nacionales -como la aerolínea Qantas- se mecen en la cuerda floja. Los que prosperan no están libres de bemoles. Cuando AMD, una firma estadounidense, quiso comprar la cerealera Grain Corp., las autoridades lo impidieron por razones estratégicas.
Australia es una puerta de acceso al continente asiático y ya se dijo que el siglo XXI le pertenece a Oriente. Pero esta bendición no es absoluta: la industria local requiere una profunda reconversión (y adelgazamiento) para soportar la competencia (que aumentará con los nuevos tratados de libre comercio). La desaceleración china golpea de lleno. Y se padece el cabeceo de los precios de las materias primas (en parte por la sobrevaluación de la moneda pese a que ya corrigió más del 10% desde sus máximos). El repliegue de la minería es lo que más se siente. Visto así, Australia es un extraordinario compendio de las tensiones (y oportunidades) que surcan la economía global. El país navegó el pasado sin traumas, la crisis apenas lo rozó; es el futuro lo que le exige extremar la atención. Es un buen espejo donde mirarse.
Toda la energía debe volcarse a reimpulsar el crecimiento mundial. Fue la posición dominante de la babel de especialistas (y los había de los países "austeros"). La agenda del G-20 debe concentrarse allí donde la cooperación internacional no tiene sucedáneos. Una estrategia de crecimiento coordinado sería lo óptimo. Varios de sus componentes: un mejor conocimiento de los derrames de las políticas nacionales, el perfeccionamiento del sistema de alerta temprana de riesgos y el fortalecimiento a paso redoblado de la infraestructura del sistema financiero y, sobre todo, de su supervisión. Para septiembre, en Brisbane, el T20 promete un detalle más minucioso de sus recomendaciones.

