Cuando a fines del siglo pasado el uruguayo Mario Levrero descubrió que su obra comenzaba a escapar del hasta entonces núcleo reducido de seguidores, amigos y alumnos de sus talleres literarios, a un periodista se le ocurrió preguntarle por cuál de sus libros consideraba que se debía comenzar a conocerlo; por cualquiera, respondió, que los hojee y vea cual le interesa. Y agregó: creo que me puede empezar a conocer tanto por unos crucigramas que inventé como por el guión de una historieta que hice como por la novelita “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo”. Desde su muerte, ocurrida hace casi veinte años, la fama de quien fuera Jorge Mario Varlotta Levrero, y firmara su amplia producción literaria como Jorge Levrero, dejando su nombre real, Jorge Varlotta, para su fase de librero, comerciante, director de una revista, humorista, columnista, creador de enigmas lógicos, palabras cruzadas, y su vida personal, íntima, sentimental, como lo confirman esta compilación de cartas a Alicia Hoppe, mujer que tuvo un papel importante en su vida y que hoy es su albacea y está al cuidado de su obra. Mujer que en sus esquelas no deja de denominar “princesa”. Se conocieron cuando eran muy jóvenes. Alicia era la novia de su amigo Juan José. En ese tiempo Alicia a Levrero le parecía una mujer detestable, celosa, egoísta y peleadora. Los años harían que Alicia se convirtiera en médica psiquiatra, a la que el hipocondríaco y mujeriego Levrero consultaría asiduamente. Luego que Alicia quedó viuda, la relación sentimental entre ambos se amplió hasta finalmente llegar a formalizar una pareja.

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