La Pinacoteca de San Pablo presenta “En vivo”, una muestra antológica que recorre la trayectoria de Marta Minujín (1943) durante más de media centuria. Para comenzar, anuncian que “es una de las artistas más grandes de nuestro tiempo” y analizan dos grandes aportes. Como artista, introdujo el happening en Latinoamérica y pronto ganó celebridad y gran visibilidad en los medios de comunicación populares. Lo perfomático es algo crucial de su identidad y la vuelve reconocible de inmediato, con sus lentes obscuros y el pelo rubio casi blanco. A la vez, dadas las cualidades de sus obras, Minujín cambió de modo rotundo el papel que ocupaba el espectador hasta entonces, lo obligó a interactuar.
Más de medio siglo del arte de Minujín deslumbra a San Pablo
La pinacoteca de esa ciudad inauguró “En vivo”, una muestra antológica que recorre la trayectoria de la artista argentina.
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En vivo. Marta Minujín inauguró en San Pablo una muestra que transita todas sus etapas como creadora.
La propia artista lo explica: “Mi obra no existe sin la gente. Yo no podría desarmar sola el Partenón, la obra no existiría sin aquellos que se llevan los libros, los regalan o canjean. No es lo mismo pintar un cuadro o modelar una escultura. El obelisco de pan dulce gigante se acuesta y tiene que desarmarlo la gente, son 30.000 panes…” Minujín marcó el paso del arte tradicional para espectadores pasivos que ella relegó al pasado, cuando desafiante y desprejuiciada incorporó expresiones que involucran y atraen al público masivo.
“Desde el inicio de la década de 1960, la argentina nos hace reflexionar sobre el papel del artista como provocador. Minujín nunca se ha restringido al espacio institucional ni a los formatos convencionales del arte. […] cuando aún era una joven artista, creó ambientes e invitó al público a vivir experiencias, literalmente, dentro de su obra”, observa Jochen Volz, director general de la Pinacoteca. Y agrega un dato importante: la institución reconstruyó “El batacazo”, una obra realizada en 1965, que vuelve a verse hoy, pasados 58 años desde su creación.
En palabras de Minujín: “Con El Batacazo no caben actitudes distintas de las que provoca. Actúa en forma compulsiva sobre el espectador. Lo obliga a despertarse y vivir, por acción directa de lo insólito, de lo sorpresivo, de las circunstancias desconectadas de la realidad. Todo eso desata sus trabas, diluye sus inhibiciones y entonces actúa en plena libertad”.
Se trata de una estructura poliédrica de vidrio en cuyo recorrido el espectador enfrenta diversas experiencias perceptivas: después de sacarse los zapatos, subía por una escalera que conducía a una superficie flanqueada por conejos vivos, debía caminar algunos pasos hasta la cima de un tobogán. Desde allí se deslizaba y caía sobre la cabeza de una muñeca inflable. Finalmente, se retiraba por un túnel de acrílico transparente en cuyas paredes se estrellaban abejas. En este recorrido, el público se encontraba con muñecos de tamaño natural que parecían jugadores de rugby; con figuras de cosmonautas que colgaban del techo, mientras las siluetas realizadas con tubos de luces de neón, al encenderse y apagarse, parecían jugar al fútbol.
“El Batacazo” se presentó en el Instituto Di Tella y luego en la galería Bianchini de Nueva York por invitación de Leo Castelli. La curadora cita al crítico argentino Oscar Masotta, como “uno de los responsables de la introducción del pop y a las neovanguardias europeas y estadounidenses en Buenos Aires”. Y justamente, Masotta, en una carta que le envía a Romero Brest desde Nueva York describe la intensidad que transmitía la artista, cuando dice: “Marta me insufló ese ‘objeto ansioso’ que tiene encima y ese gusto definitivo por la ‘historia ansiosa’, es decir por la evolución de un proceso donde cada etapa devora a la inmediatamente anterior”.
En NYC la presencia de animales (ausentes en San Pablo) motivó el cierre de la muestra en una semana. “El Batacazo” terminó en un depósito y destruido. Sin embargo, esa semana bastó para que la mujer de Roy Lischenstein que trabajaba en Bianchini, le presentara a Minujín el quién es quién de Nueva York, incluido Andy Warhol. La relación con Warhol le permitió escenificar su idea de pagar la deuda externa con el maíz que es el oro de Latinoamérica. La fotoperformance de 1985 cobró fama mundial.
En su texto de presentación, Ana María Maia, la curadora de la exposición vuelve el tiempo atrás, a la década del 60, en París, la ciudad donde entonces pasaban las cosas. Hay una fotografía de Minujín tomada en el terreno baldío donde quemó la producción de tres años de trabajo. La imagen la representa delante de una inmensa fogata, riéndose en medio de las llamas. Con ese gesto sedujo a la comunidad artística. En una carta fechada en 1963 cuenta que al final de su beca decidió destruir “de una manera creativa” las obras realizadas con los cartones y colchones que juntaba en los hospitales, que pegaba y coloreaba con pintura para carrocerías de autos. Niki de Saint Phalle, Jean Tinguely y Larry Rivers la ayudaron a tramitar el permiso para provocar el incendio; luego, un grupo de artistas colaboró en la destrucción. Christo, el padre del Land art, la envolvió en un lienzo blanco. Y ella soltó casi un centenar de pájaros y conejos que simbolizaban la libertad.
Muestra de la Pinacoteca
La muestra de la Pinacoteca, que coincidirá con la Bienal de San Pablo, presenta obras como “El Obelisco acostado” y el “Nido de Hornero”. Pero dedica un gran espacio a los ambientes inmersivos, como la “Galería blanda”, emparentada con sus célebres colchones y “Revuélquese y viva”.
Minujín cuenta que la primera “Galería blanda”, una ambientación con colchones, la hizo en Washington en 1973. “Me habían invitado a exponer en una galería que parecía de piedra y usé colchones reales para ablandarla, los saqué de un hotel clausurado cuando mataron a Martin Luther King, porque hubo tres crímenes en una noche. Estaba lleno de ocupas cuando entramos a buscarlos a ese lugar atroz, había gangsters y prostitutas. Buscamos por los pisos más altos los mejores colchones y los tiramos por las ventanas”.
La “Galería blanda” combina colores, sonido y movimiento. Minujín sabe insertar al espectador en la configuración artística, despertar su percepción; jugar con los estímulos y los atractivos visuales. Así depara placer a quien ingresa en el mágico aislamiento de la obra. La capacidad para ampliar la percepción tiene estrecha relación con el arte contemporáneo.
La curadora observa: “Como pocos, Minujín ha seguido los nuevos desarrollos tecnológicos y de comunicación masiva y alcanzó una sofisticación operativa en ‘Simultaneidad en simultaneidad’. En la primera parte de ese happening, “Invasión instantánea”, fotógrafos y editores de video visitaron mil personas que vivían solas en Buenos Aires y las grabaron en sus ambientes domésticos. El material se editó y exhibió simultáneamente en un canal de TV y en dos estaciones de radio. La gente dejaba de ser espectadora. Una llamada telefónica y un telegrama completan la comunicación. Para “Simultaneidad envolvente”, el Instituto Di Tella montó un estudio de transmisión. La muestra abarca una parte de la obra de una artista inmensa, inagotable, que a sus 80 años continúa produciendo.
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