Se esperaba una destrucción neta de medio millón de puestos de trabajo o más. Sin embargo, mayo arrimó una pérdida de empleos en los EE.UU. de «apenas» 345 mil. Pero no hubo festejos estridentes en la Bolsa. No esta vez, pese a que ningún guarismo de cosecha reciente abona mejor la tesis del restablecimiento progresivo de la economía, que electriza a los activos de riesgo desde principios de marzo.
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Como el empleo guarda correspondencia robusta con la marcha del producto, se trata de evidencia dura a favor de lo que sugiere, en los últimos meses, una miríada de indicadores dispersos, menos fiables, pero insistentes. Y, más importante aún para las apuestas bursátiles, la cifra tracciona la expectativa de que se acortan los tiempos de espera de la susodicha recuperación. Que la tasa de paro haya escalado al 9,4% -un nuevo récord del ciclo, pero que no será su peldaño más alto- preocupa pero gravita menos. Cuando la economía se estabilice, por fuerza, los desocupados serán aún más que los 14,5 millones de mayo. Es una ley de hierro: así como las Bolsas anticipan, el desempleo es siempre una variable que responde con atraso.
Atenuantes
Ninguna lectura estadística individual amerita una gran ponderación cuando surge de información preliminar y es susceptible de una profunda mudanza ulterior. Tal es el caso del informe de empleo. Pero, en esta ocasión, obran atenuantes. Precisamente, la corrección de los resultados de marzo y abril sumó 82 mil puestos de trabajo. Por primera vez, la revisión de los números agregó en vez de restar. De tal manera, enero (-741 mil puestos) luce como el clímax de la destrucción de empleo. Un mes antes y un mes después, se perdieron 681 mil posiciones netas. Marzo se mantuvo muy elevado -654 mil-, pero abril trajo una brisa de sosiego con una merma de 504 mil. En ese marco, y con la evolución de otros indicadores económicos en mano (incluyendo las solicitudes de subsidio por desocupación), mayo constituye más una sorpresa que una verdadera aberración. El bálsamo de abril fue salvar 150 mil puestos de trabajo de ser triturados. Y, al fin y al cabo, el mes pasado se eximieron otros tantos. En abril, el Gobierno (con una fuerte demanda muy específica -y temporaria- de censistas) fue el puntal excluyente de la mejoría. En mayo, es el sector privado el que la sostiene con aportes de moderación en todos los sectores castigados, a excepción de la industria. Así, el recorte de empleos en servicios -120 mil- es el más suave desde agosto último.
Impacto absorbido
Todo indica que la economía -de los EE.UU. y del mundo- termina de absorber el impacto que desató el colapso de Lehman Brothers. Debieron transcurrir nueve meses para devolver el pánico y la furia de los males liberados a su caja de Pandora. ¿Puede afirmarse, entonces, haciendo hincapié en las cifras de mayo, que la recesión ya culminó, al menos en los EE.UU.? La respuesta es un no contundente. Y la expresó Robert Hall, el economista que preside el consejo de notables que, en el seno del National Bureau of Economic Research (NBER), dictamina los valles y los picos del ciclo de negocios. «Es demasiado temprano», dijo, para fijar posición. El NBER es la organización que define las fechas precisas de las recesiones y expansiones en forma oficial en los EE.UU. y cuyos pronunciamientos todo el mundo pacíficamente acata. No es la urgencia, por cierto, lo que caracteriza su faena. Se tomará su tiempo antes de instalar el mojón que marque el fin de la recesión (es la única manera de no levantar quejas posteriores).
Una economía puede avanzar y, a la par, perder empleo. Sería un ejemplo de crecimiento impulsado por el aumento de la productividad del trabajo. ¿Podría ser el caso actual en los EE.UU.? ¿Es factible que la mejoría de mayo -la merma de sólo 345 mil puestos netos cuando se esperaba medio millón- conviva ya con un producto bruto en alza? No es rigurosamente imposible pero es altamente improbable (de ahí, el no contundente de Hall) y, de hecho, nada lo sugiere. Vale recordar que la recesión comenzó y se desarrolló mucho antes de Lehman (según el NBER, en diciembre de 2007), cuando la hemorragia del mercado laboral todavía costaba menos de 140 mil empleos mensuales. Si se presta atención al comportamiento reciente de la productividad del trabajo, tampoco su pujanza luce suficiente. En el primer trimestre, creció el 1,9% interanual (y el 1,6% anualizado en el margen, contra el cuarto trimestre de 2008).
La pérdida de empleos de mayo es más rotunda: si se anualiza, supera un holgado 3%. Pero la variable que verdaderamente cuenta -las horas trabajadas- es lo que sepulta toda expectativa: su caída anualizada se arrima al 8,5%. A fuer de ser sinceros, este número es el verdadero talón de Aquiles del informe de mayo. Tomado a valor facial, cuestiona la solidez de la mejoría observada y sus futuros prospectos. Si la nómina se reduce al 3% anual y las horas trabajadas al 8%, la intensidad de uso de la dotación de personal todavía disminuye con fuerza. Si ello persiste, obligará a retomar un ritmo más vigoroso de despidos más adelante. ¿Será que, de momento, la suba de las Bolsas y las expectativas favorables que generan están postergando las decisiones drásticas en los departamentos de recursos humanos?
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