13 de septiembre 2010 - 00:00

Tiembla Washington: política al rojo vivo

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
La recuperación económica es un rehén de los republicanos, sentenció, este viernes, Barack Obama. Los esfuerzos por explotar nuevas vías de estímulo chocan con su obstrucción sistemática, denunció. A menos de ocho semanas de las elecciones legislativas de mitad de período, bienvenidos a la última milla de la campaña. Con anuncios de planes de infraestructura e incentivos fiscales para las pequeñas compañías, la inversión y la creación de empleo, Obama lanzó la fase decisiva de la contienda. Son promesas valuadas en 180 mil millones de dólares, de contabilidad más entusiasta que precisa, vertidas en apenas una semana pero pensadas para desembolsarse, en el mejor de los casos, a lo largo de varios años. Y que nadie puede asegurar que atravesarán el filtro del Congreso. No importa, el Presidente logró lo que buscaba: asentarlas en el registro de la opinión pública.

Obama no es el único que atiza el fuego. Sin embargo, toda la pirotecnia que imagina podría reducirse a cenizas tras los comicios del 2 de noviembre. La agenda republicana bulle en el extremo opuesto de las intenciones. Circula un borrador que propone podar el gasto público y congelarlo a su nivel de 2008. Créase o no, después de los dispendiosos años de George Bush hijo, la estrategia de la oposición es reinventarse como el partido del celo fiscal y así forzar una renovación presidencial en 2012. Su amenaza es real. En la última encuesta de Washington Post /ABC News

captura el 53% de la intención de voto cuando los demócratas orillan el 40%. El control oficialista sobre la Cámara de Diputados se haría trizas después de noviembre. Los vaticinios hablan de un diluvio con escasos antecedentes: una pérdida de 60 escaños. En el Senado, en cambio, las riendas no cambiarían de mano.

¿No se recrean las vivencias de las penurias de Bill Clinton frente a la victoria de aquel huracán republicano llamado Newt Gingrich y su Contrato con América, en los comicios de mitad de mandato de 1995. Los mismos vientos soplan en las encuestas y, según el diputado opositor Lynn Westmoreland, una «nueva versión del Contrato viene en camino», con igual carga de acetismo.

Si la política económica es hoy un rehén de la oposición, ¿qué ocurrirá si ésta hace cabecera de playa en la Cámara de Diputados? El verborrágico Westmoreland anticipa: «Asumiremos que el pueblo americano se ha rebelado contra la agenda progresista». Los republicanos dispararán la artillería propia y serán los demócratas los que deberán obstaculizarla. No obstante, aun si perdiera el Senado por culpa de una catástrofe absoluta en las urnas, el presidente Obama podrá recurrir al veto para frenar la contrarreforma.

¿Cómo navegar un escenario que presagia un empate de poder político y el riesgo de que toda iniciativa, en un sentido u otro, termine en vía muerta? Westmoreland reconoció que para «enderezar el rumbo del barco» habrá primero que detenerlo (secuestrarlo, diría Obama). No excluyó que haya que cerrar áreas del Gobierno para imponer sus criterios. ¿Inédito? No. Clinton fue rehén de la misma tozudez y debió limitar dos veces el funcionamiento de su Gobierno. Si los legisladores no aceptan correr los topes de la deuda pública, toda Administración sabe que la soga que siempre lleva al cuello ajustará el nudo con pasmosa rapidez. «Puede ser que haya que cerrar temporariamente los parques nacionales, o postergar los pagos del Gobierno», intuye el diputado opositor. O legaciones consulares, como ocurriera quince años atrás, por unos pocos días, con la de Buenos Aires. Atrasar pagos no es sinónimo de austeridad. Pero, evita que el gasto se compute y no viola los límites formales del endeudamiento. ¿Será que el tiro de gracia para los bonos del Tesoro -ya que se menta la suspensión de ciertos pagos-lo dará el ascenso del Partido Republicano, y no el Banco del Pueblo de China como siempre se temió? La doble experiencia clintoniana tranquiliza: tales pagos no se tocan nunca. Nadie osará matar a la gallina de los huevos de oro. De ahí que la política se caldea y no hay perturbación en los mercados.

En la agenda conflictiva el tema candente es la expiración de la rebaja impositiva que motorizó George Bush hijo en 2001 y 2003. Obama pretende que las familias de altos ingresos -aquellos que perciben más de 250 mil dólares al año (y en el caso de personas solteras, más de 200 mil)- vuelvan a tributar a los topes de antaño. Desearía canalizar esos recursos hacia iniciativas con mayor capacidad de alentar la recuperación. Afectaría sólo al 2% de la población, pero los republicanos se oponen a rajatabla. La pelea se anticipa durísima. Después de todo, bloquear el estímulo puede ser dañino para la economía, pero no necesariamente para las chances republicanas en 2012. ¿Cómo terminará la pulseada? La experiencia revela que la terquedad es arma de doble filo. Gingrich y su plataforma fueron un huracán tan arrasador en las urnas como fugaz. Clinton no dio su brazo a torcer. Acorralarlo fue un error letal: la opinión pública volcó sus simpatías. Entiéndase bien: la población votó por recortes en los programas sociales que el Presidente se negó a convalidar. Poco tiempo más tarde, el rechazo era la opción más popular. Dos años después, Clinton obtuvo su segundo mandato. El predicamento de Gingrich se carbonizó. Nadie se sorprenda, pues, si esta vez el agua suena, pero no llega al río. ¿Surgirá un compromiso, digamos, una extensión de la rebaja impositiva a los «ricos» por sólo dos años? Es la oferta republicana que Obama rechazó. Señal de aprendizaje. De ambas partes. Los republicanos no querrán posar de verdugos. Pero esa es media solución. No alcanza si Obama quiere victimizarse. Si teme que la economía se hunda, quizás sea el rehén quien prefiera extender el cautiverio.