17 de septiembre 2010 - 00:00

Una ciudad que parece soñada por Neruda

Como sucede en la Argentina, Chile tiene un potencial turístico enorme. Propuestas de sol y playa, glaciares, montañas, ríos, importantes centros de esquí. Pero a diferencia de nuestro país, las distancias son más cortas. Por ende, hay mayores posibilidades de disfrutar, en poco tiempo, de actividades y paisajes bien dispares. Un buen combo es mechar Santiago con Viña del Mar y dedicarle un par de días a Valparaíso, uno de los cuatro destinos chilenos de exportación junto con San Pedro de Atacama, Torres del Paine e Isla de Pascua.

Una ciudad que parece soñada por Neruda
TM Pocos destinos se disfrutan más dejándose llevar por la intuición que siguiendo un itinerario con direcciones, datos útiles, precios, sugerencias... Para contemplar Valparaíso en su plenitud, un sabio consejo es empezar por alguna parte y terminar vaya a saber dónde.

En Valparaíso sus callejones trenzados desembocan en escaleras que llevan sitios inesperados. Sus bulevares se asemejan entre sí pero a la vez tienen algo que los identifica. Sus casitas muticolores de calamina inglesa parecen colgar del cielo, entre cerros y laderas. Hasta allí suben los locales porteños, y los turistas en curiosos ascensores que ascienden y descienden entrometiéndose en los patios de las viviendas que se cruzan en su trayecto. La vista al mar es imperdible.

Recorrer cada recoveco de Valparaíso es esencial. Y si bien lo ideal es hacerlo por cuenta propia, la Municipalidad ha desarrollado caminatas gratuitas por distintas rutas. Una es el Camino de los Inmigrantes, que abarca: el área declarada Patrimonio Mundial y los cerros Concepción y Alegre, haciendo hincapié, por un lado, en las colonias foráneas que se instalaron en el lugar hace más de un siglo y, por el otro, en los nuevos inmigrantes, aquellos que eligen vivir hoy en Valparaíso, otorgando una impronta multicultural a la ciudad.

El otro recorrido es por la Ruta Bellavista del Arte y la Poesía.
En referencia a este último, vale preguntarse si la escritora norteamericana Elizabeth Gilbert alguna vez ha estado en Valparaíso. Es probable que no, pues de haberlo hecho, esta ciudad que supo ser el refugio predilecto de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, conocido por el seudónimo (más tarde el nombre legal) de Pablo Neruda, hubiese merecido, por varios motivos, unas cuantas líneas en el best seller que se está proyectando actualmente en cine: «Comer en Italia, rezar en la India, amar en Indonesia», protagonizado por Julia Roberts y Javier Bardem.

«Valparaíso me usurpó, me sometió a su dominio, a su disparate», escribió Neruda. Y es innegable que la historia de esta pequeña urbe con alma de grande esta íntimamente ligada a la figura del Premio Nobel de Literatura. Allí decidió instalarse a principios de los 70 en busca de la tranquilidad que no tenía en la capital chilena. Y así se lo expresó por carta a su colega y amiga Sara Vial: «Siento el cansancio de Santiago, quiero hallar en Valparaíso una casa para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica, lejos de todo. Pero con comercios cerca. Además, tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?», preguntó Neruda a Vial, a fines de la década del 60. Al poco tiempo el sueño se transformó en una realidad con la adquisición de La Sebastiana, nombre de un encantador refugio apostado en un sitio privilegiado, sobre el cerro Florida. «Yo construí la casa. La hice primero de aire. Luego subí en el aire la bandera y la dejé colgada del firmamento, de la estrella, de la claridad y la oscuridad.», reza un fragmento de su poema «A La Sebastiana» cuyo nombre fue elegido en honor a su constructor, Sebastián Collado, un español que, luego de buscar un lugar desde donde pudiera abarcar todo Valparaíso con la mirada, comenzó a edificar con la intención de vivir allí cuando sus hijos se casaran. Sebastián falleció. El destino y la búsqueda de Sara Vial complotaron para que su próximo dueño fuera el poeta chileno. La Sebastiana abrió sus puertas a los amigos un 18 de setiembre de 1971 con el anfitrión vestido de huaso (término utilizado en Chile para referirse a los campesinos).

Hoy es una casa-museo, y a decir verdad no tiene desperdicio. El turista, cuando ingresa recibe una especie de teléfono inhalámbrico que funciona como audioguía. A través del aparato es posible enterarse de los secretos mejor guardados del poeta en esos cuatro pisos que tiene la vivienda. Lo mejor, más allá de los objetos antiguos, los muebles de época y la decoración, es la distribución de los ambientes, todos con amplios ventanales que regalan una vista imponente de Valparaíso. En cada piso hay un ojo de buey de barco por expreso pedido de Neruda, quien se autodefinía como un «navegante de boca», ya que prefería mirar el mar desde tierra firme a navegar en el océano.

Afuera, junto a la casa, funciona un Centro Cultural, escenario de múltiples actividades como exposiciones, conferencias, ciclos y talleres de poesía y vitrales.

Más que un legado poético y artístico

La «Joya del Pacífico», como suelen llamar a Valparaíso, no sólo atesora un legado poético y artístico. Al pie de los cerros muestra su perfil ajetreado de ciudad con intensa actividad comercial.

Esta zona está dividida entre el sector de El Almendral, donde reside gran parte de los servicios públicos, el Congreso Nacional, empresas y el sector de un puerto considerado el más importante de Chile, donde se mezclan algunos bares con puestos de artesanías y los hoteles que alojaron originalmente a los marineros, además de las instalaciones portuarias, bancos y el Servicio Nacional de Aduanas.

Respecto del alojamiento, según datos oficiales, el promedio de pernocte es de dos a tres noches. La oferta existente es amplia. La mayoría se inclina por los Bed & Breakfast o los hoteles boutique (ver precios en recuadro). Pero también hay alternativas para presupuestos más ajustados. La gastronomía es interesante. No tanto por su variedad, sino porque es en bares, restoranes y pubs donde turistas

y porteños logran la mejor interacción. Los idiomas se confunden. Estadounidenses, argentinos, franceses, canadienses, alemanes, japoneses, brasileños, españoles se mezclan en los cafés de la plaza Sotomayor, los alrededores de la plaza Aníbal Pinto y en los cerros Alegre y Concepción.
Existen desde sitios tradicionales de comida chilena, hasta restoranes con propuestas internacionales. Como en el resto de Chile, lo mejor es probar los pescados y mariscos en sus diferentes versiones y la famosa chorrillana (ver imperdibles).

Así es Valparaíso, una ciudad con aires de grandeza pero muy íntima a la vez. Un lugar que no sólo en «La Sebastiana» tiene la impronta de Neruda, sino que sus versos permanecen eternos en cada cerro, en cada rincón. No en vano el poeta, en el epílogo de su vida y cuando ya residía en la Isla Negra, le juró su amor incondicional: «Te declaro mi amor, Valparaíso, y volveré a vivir tu encrucijada, cuando tú y yo seamos libres de nuevo, tú en tu trono de mar y viento, y yo en mis húmedas tierras filosofales»...

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