11 de julio 2011 - 00:00

Wall St. descree de dato oficial (como si fuera un Indec)

¿Qué pasó en junio en el mercado de trabajo de EE.UU.? La buena noticia, el jueves, fue que el sector privado creó 157 mil empleos netos. La mala noticia, el viernes, resultó ser que el mismo sector privado -según la óptica diferente de las estadísticas oficiales- aportó apenas 57.000 nuevas posiciones. Si se considera la poda mensual del sector público -una constante-, la economía sólo habría sumado escasos 18 mil conchabos. ¿Qué pasó, en definitiva? Después del duro tropiezo de mayo, o protagonizó una recuperación prometedora, o repitió un comportamiento desolador. Depende del cristal con que se mire. No se sabe. No es posible reconciliar dos visiones tan encontradas.

La Bolsa se inflamó el jueves tras conocer las cifras auspiciosas del reporte (privado) ADP. Se puso a tiro de quebrar los máximos de abril. Tenía el «machete» listo para dar el examen oficial y se frustró a la hora de rendir. No erró la bolilla, sino que el mismo programa se llenó de otro contenido. Quizás haya sido el peor informe desde que comenzó la recuperación del empleo a principios de 2010. Con la revisión bajista de mayo, ya son dos los meses en que se añaden menos de 25.000 posiciones (cuando de febrero a abril el ritmo de crucero era de 215.000). El empleo público ralea sus filas mes a mes: eliminó 39.000 agentes en junio y van 188.000 desde que empezó el año. El sector privado -que carga con toda la responsabilidad de sostener la ocupación- pasó de generar un promedio de 240.000 puestos laborales (en febrero-abril) a 73.000 en mayo y los citados 57.000 en junio. El reporte ADP, en este mismo renglón, observa lo contrario: tras la fuerte desaceleración, registra un salto que va de los magros 36 mil de mayo a 157.000 nuevos empleos en junio. ¿Qué pasó, de verdad, en el mercado de trabajo? No se sabe. ¿Qué pasó con el rally de verano? Recibió el baldazo de agua fría y tuvo que recular. Todo lo que se había ganado el jueves se devolvió el viernes. Pero no un centavo más. Lo cual constituye una señal de fortaleza que -dadas las circunstancias- no es de desdeñar.

Buena senda

No debería haber espacio para el frenesí alcista cuando, en un entorno de fragilidad, no se puede despejar un interrogante esencial. Si la medición ADP está en lo cierto, la economía se encuentra (levemente) mal pero marcha en la buena senda. Si la estimación oficial es el reflejo cabal de la realidad de las condiciones laborales, entonces estamos mal y, sobre todo, estaremos mucho peor. El cuadro que pinta es de un deterioro extendido. La debilidad campea en todos los rincones. Aumenta el desempleo (sin excepción de edades), aunque 272.000 personas abandonaron la fuerza laboral en junio. Desde marzo, hay 545.000 desocupados más y la tasa del paro trepó 4 décimas al 9,2%. En junio, caídas en renglones clave, como los salarios nominales y la cantidad de horas trabajadas en la industria, auguran un estancamiento de los ingresos.

Abismo

La diferencia de diagnóstico que se deriva de uno y otro informe no es trivial. Es el abismo que media entre un bache temporario y reversible de la actividad que en un par de meses -a lo sumo- debería subsanarse, y la caída en una trampa profunda. El bache circunstancial se corrige solo. En cambio, de un pozo que surja por el efecto inicial de factores transitorios y luego se torne más hondo por la interacción con otras fuerzas (como ser, el enfriamiento de la creación de empleos) no será sencillo zafar. Tranquilamente puede obligar -en un par de meses- a urdir otra masiva intervención oficial para evitar que asome la silueta de una recesión. Así fue como se gestó, el año pasado, en estos mismos meses, el controvertido QE2 que lanzó la Reserva Federal. A esta altura, un año atrás, tampoco la Fed quería saber nada con la idea de inmiscuirse.

En la encrucijada, la entereza de Wall Street es una apuesta a que la situación mejorará por sí sola. Después de todo, no habrá QE3 en el otoño boreal -como sugiere David Blanchflower, el exgobernador del Banco de Inglaterra, ahora catedrático en Dartmouth- si primero la Bolsa no se estremece y abandona sus ínfulas. Y a decir verdad Wall Street todavía afila sus uñas con ánimo de sacarle tajada a la temporada de balances, que comenzará hoy con los estados contables de Alcoa. O sea, la Bolsa compra la versión de la historia que sugiere el informe ADP y no la medición oficial. Tiene razones para hacerlo (aunque la fuente gubernamental sea la más exhaustiva).

La magnitud del choque adverso no luce tan pronunciada cuando se examinan otros indicadores económicos. Y en varios de ellos -como los que registran los avatares de la industria- se percibe con claridad un repunte ya en las cifras de junio. De ahí pueden extraerse también lecturas indirectas sobre la marcha del empleo -como las que aportan los informes ISM manufacturero y de servicios- que resultan constructivas, en línea con la visión ADP. No es un capricho. La tesis de una mala desestaciona-lización de las cifras oficiales lleva mérito. La brecha entre los datos crudos y los co-rregidos alcanza a 1.084.000 empleos en junio. El año pasado fue de sólo 920.000 y allí -en las entretelas de los métodos es-tadísticos- puede residir la sorpresiva flo-jedad.

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