No se gana para sustos. De una semana a otra, Jamie Dimon, el CEO de JPMorgan Chase, confirmó sus temores: los nubarrones que veía el 23 de mayo son, en realidad, un huracán que se está formando. Si Wall Street luce soleado, se despejó mucho las últimas semanas, en seis meses la naturaleza descargará su furia, y hay que prepararse ya mismo. ¿Será un ciclón cualquiera o la tormenta Super Sandy? Dimon no dio precisiones. Pero el banco cortará riesgos y negocios, y alambrará su capital. Los incumplimientos hipotecarios podrían saltar a “5% o 10%” cuando se agoten los ahorros extra que el estímulo proveyó a las familias. O sea, no de inmediato, sí en 2023. ¿Y qué dice la competencia? El presidente de Goldman Sachs no quiso ser menos, y dos días después, lo acompañó en el sentimiento. Sin referencias climáticas, dijo que nunca en su carrera asistió a una confluencia de shocks tan vasta -la pandemia, el estímulo, los problemas de abastecimiento, la guerra y la escasez de commodities- y que sobre ellos cabalga una inflación masiva y la necesidad de endurecer la política monetaria. No plagió a Dimon aunque repite la idea de Kristalina Georgieva de una confluencia de calamidades. ¿Cartón lleno? Lo completó Elon Musk, un auténtico visionario. Alberga un “super mal presentimiento” y recortará 10% el personal de Tesla.
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Wall Street se calma justo cuando los CEO se preocupan más
¿Qué nos puede agregar el mercado de trabajo? 390 mil empleos netos nuevos en mayo cuando se esperaban 325 mil. Como se dijo, no se gana para sustos. La economía recalienta, y lo mejor es enfriarse (y enfriar la ebullición de la Fed). Wall Street tropezó con la noticia. Aunque la información no debería inquietar a nadie, tampoco a Powell y Cía. Es verdad que la economía opera en pleno empleo, y crea el doble de los puestos de trabajo que en la prepandemia (a igual tasa de desocupación), pero su ritmo se modera desde diciembre, al igual que las presiones salariales de mayo, mientras la participación repunta con rapidez. ¿Qué deberá cambiar la Fed en sus planes? Nada. ¿Cayó 2,5% el Nasdaq por este motivo (y el presagio de Musk)? Mal hecho, pero hecho está. Loretta Mester, de la Fed de Cleveland, aclaró la confusión. Medio punto de suba de tasa en junio y otro en julio están escritos en piedra. El mitin de septiembre es el largo plazo y no tiene guión definido. Raphael Bostic, de la Fed de Atlanta, juega con la idea de una pausa, pero es un llanero solitario. La inflación será el árbitro. Sumará medio punto más si no se apacigua, o un cuarto si lo hace. La Gran Greenspan -un retoque de tres cuartos- dejó de cotizar con la trifecta del deflactor núcleo del consumo al 0,3% en febrero, marzo y abril. Mester no observa un huracán de frente. ¿Y si la Fed lo viera venir, qué? Dependerá de lo que destruya. ¿Solo la actividad? ¿Dejaría intacta la saña de la inflación? Se sabe que no hay oferta que reemplace la energía que no se le compre a Rusia, y ese talón de Aquiles permitiría la estanflación. Por eso, el coqueteo con Venezuela e Irán y la coerción sobre la OPEP cuyo único resultado es una promesa de mayor producción -marginal y aun así dudosa– que no cura el problema. Como sea, la inflación debe bajar sí o sí, y si se retoba, la Fed no puede convalidarla. Así, la recesión sería inexorable.
Las preocupaciones de los CEO marchan in crescendo, pero los mercados aliviaron las suyas. Primero, con la estabilidad de los bonos. Luego, la Bolsa anotó una fuerte recuperación. Van dos semanas de flujos crecientes a los fondos comunes de acciones en EE.UU., y es la primera (desde enero) en que derraman a los fondos de bonos. Los indicadores que anticipan el ciclo económico sostienen tercamente que no habrá recesión. Y es curioso que los ejecutivos, no importa qué reciten los CEO, vuelvan a comprar sus acciones, como en la pandemia temprana. Nada sabían del covid, y no son expertos en macroeconomía, pero conocen su negocio, y por primera vez en dos años, expresan que a estos precios no está mal acumular papeles.

