Wall Street se defiende como puede y adelantó la liquidación de mayo

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Wall Street no esperó a que llegara el “sell in May”. Y adelantó en abril la liquidación de acciones. El rally que ensayó cuando la Fed estrenó la suba de tasas a mitad de marzo murió como mueren las trampas de un mercado bear. No cumplió la expectativa de recobrar las alturas récord y se derritió ante la agenda furiosa de la Fed como Ícaro de cara al sol. ¿La suerte está echada? Quizás el balance de Meta Platforms -la ex Facebook- haya sido la última ilusión para darse impulso contra la corriente, pero fue una resurrección vibrante de un solo día, y luego los magros vaticinios de Apple y, sobre todo, la realidad de Amazon, asestaron la puñalada de un viernes de cenizas. El S&P 500 cerró abril cerró con una caída de 8,8%, y de 13,3% en lo que va de 2022. Desde la década de 1930 no surgían registros más sombríos (-27,5% en 1932 y -17,5% en 1939). Considerando los máximos de enero, la merma es de 13,8%, todavía a distancia del umbral fatídico de 20% que define a un mercado bajista, pero la soga ciñe el cuello por la obligación de la Fed de disciplinar una inflación desbordada, que excede varias veces la meta oficial de 2% y le exige engrosar la empuñadura de su tasa corta. Esta semana pasará de un rango de 0,25%-0,50% a otro medio punto más alto. Y en junio y julio repetirá (tal vez con saltos de tres cuartos de punto). E insistirá en las tres reuniones pendientes para culminar el año en una zona entre 2,75%-3,25%. Y esto si todo va más o menos bien, y la economía -y la propia Bolsa o el crédito- no tropiezan o se mancan antes, y fuerzan planes de emergencia. Un veneno u otro complicarían a Wall Street, y los inversores dudan sobre la posibilidad de que la inflación se rinda primero y ofrezca una salida incruenta en diagonal. La Fed, comandada por Jerome Powell, no solo izará sus tasas, también recortará su hoja de balance. Y a la par, la irrupción de un dólar fuerte ya comenzó a morder en todo el mundo, mientras el Tesoro, que goza de un aumento de recaudación mayor al previsto (y de la sostenida reducción del gasto federal), acrecienta los saldos depositados en su cuenta en la Fed, y drena así más liquidez. ¿Cómo confiar que la política monetaria -con una ejecución fiscal restrictiva- no yerre esta vez por culpa de un celo excesivo?

Así como se adelantó el “sell in May”, ¿no se anticipó la recesión? El PBI cayó sorpresivamente 1,4% de enero a marzo. Y la inflación, no por ello se calmó. El deflactor del consumo acusó 7% anualizado (y 5,2% la versión núcleo). ¿Estanflación acaso? ¿Quizás un aviso a tiempo para que la Fed se sosiegue en sus planes? No, no y no. La oferta se contrajo, la demanda agregada vuela. El consumo creció 2,7%. La inversión, 2,3%. La inversión no residencial, más del 9%. La compra de equipos, 15%. ¿Recesión? Las importaciones explotaron 17,7%. Entiéndase, en términos reales. Ni recesión ni estancamiento. El producto cayó por la contribución desmesurada de las importaciones netas (signo de límites de capacidad), por la desacumulación de inventarios y la poda del gasto público. Pero la economía recalienta y bulle en pleno empleo. Así, la Fed no se calmará. Tampoco la inflación, a menos que sienta el rigor de un sablazo. Que quede claro, la recesión que genuinamente quita el sueño no empezó. Están presentes, sí, sus ingredientes. Como dijo Powell, la inflación es demasiado alta. Y la economía, muy robusta. Hay que enfriarlas de prisa sin propiciar una nueva era del hielo. Fácil decirlo, azaroso de llevar a cabo.

La inflación trajo buenas nuevas, aunque insuficientes. ¿Vimos su pico ya? Los precios al consumidor asombraron con un salto de 1,2% en marzo tras la invasión de Putin. Pero más sorprendió que la inflación núcleo se desacelerara a 0,3%. Y se advirtió la divergencia, por segundo mes consecutivo, entre ambas mediciones. Ahora, la vara que usa la Fed -el citado deflactor del consumo personal- repite el patrón como un calco. Un brinco de 0,9% del índice general y la moderación a 0,3% de la lectura núcleo (y la mediana). Y también suma dos meses de divergencia. El efecto Ucrania, puede decirse, no contaminó a la inflación subyacente que se preserva estable desde octubre. Es un rasgo importante. La Fed deberá intervenir igual porque la meseta es elevadísima, pero una cosa es correr de atrás cuesta arriba y otra en el altiplano. El peligro de accidente se atenúa en un escenario más compatible con el método constante de Mester que con la furia creciente de Bullard. ¿Será un respiro para Wall Street? No es un salvavidas hecho y derecho todavía. Pero quizás la tercera (divergencia mensual) pueda ser la vencida para tanto pesimismo bien pertrechado de razones. Solo un Warren Buffet compra acciones en EE.UU. a sus anchas, y no es cambio chico. Es un ticket de 51 mil millones de dólares.

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