17 de octubre 2022 - 00:00

EE.UU.: la inflación no coopera pero los mercados esquivan el diluvio anunciado

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La inflación es tenaz. No cede y crece. Ya no se le puede achacar a la energía, que redujo sus precios 2,1% en septiembre tras podarlos 4,6% en julio y 5% en agosto. La nafta se abarató 21,5% desde junio. No es culpa de los autos usados, en mengua por tercer mes consecutivo, ni de la vestimenta o los insumos médicos que también rebajaron sus precios.

A no engañarse, “la inflación no está cooperando” como reconoció Mary Daly, de la Fed de San Francisco. Se perdió la batalla en agosto cuando se pensaba ganada, y la conmoción pasó la factura de nuevos mínimos en la Bolsa y tasas largas en 4%. Y se perdió en septiembre, a pesar de las escaramuzas favorables. Sucede que la inflación no es el shock de la energía. No tiene nombre propio y un único talón.

A esta altura, es una marea amplia y sostenida que creció pari passu con la suba récord de tasas, el super dólar y la tala veloz del déficit fiscal que supera los 6 puntos del PBI en 2022. La inflación núcleo al consumidor, que se dio un respiro en julio, aumentó 0,6% en agosto y repitió en septiembre. Su variación interanual trepó a 6,6%. La mediana de la distribución escaló todavía más en cada mes: 0,7%. En el margen, su velocidad anualizada araña 8,7%. No es por cierto lo que la Fed tenía en mente cuando dejó correr la inflación en 2021 (para afianzar la recuperación económica) ni cuando le declaró la guerra formal a principios de año.

La inflación no se rinde, y su persistencia es un problema. Es el problema de la economía global. Y no brotó por casualidad. Está aquí por diseño. Cuando el mundo debió lidiar con crisis que consideró existenciales –2001, el colapso de Lehman Brothers en 2008, la irrupción del covid en 2020– decidió recurrir a políticas de estímulo cada vez más exuberantes. El riesgo de una inflación desbocada fue siempre el otro lado de la moneda. El experimento del presidente Biden y la secretaria Yellen –la aplicación de una política fiscal procíclica ultra expansiva para asegurar una salida contundente de la pandemia– llevó la apuesta a un extremo. No era por cierto un experimento controlado de laboratorio. La invasión de Putin a Ucrania fue un shock fuera del radar. Se exageró con la dosis de aliento, y la inflación actual es la constancia del error tipo II. Que la economía real no sucumba todavía a la agresividad inédita de la política monetaria demuestra la potencia del ensayo. Yellen no desconocía la posibilidad de una equivocación pero sostuvo siempre que el eventual daño colateral era un fenómeno manejable. Y en eso estamos. Hay que devolver la inflación al corral de 2%. Entiéndase bien, el problema es grave pero tiene solución, y se conoce la receta.

Lo que hay que hacer es más de lo que ya se está haciendo, y con éxito en áreas espinosas como la energía y la vivienda que ya se han doblegado. La inflación núcleo de los bienes físicos marcó cero en septiembre. Su variación interanual alcanzó 12% meses atrás y ahora se redujo casi a la mitad. Son los servicios (los componentes más rígidos) los que empujan con brío creciente.

Y si bien se puede objetar la medición del costo de habitar una vivienda –que sube en los registros pero ya está cayendo en la realidad– los aumentos en los servicios de atención médica y costo del transporte son muy filosos. Y el contagio hoy es la norma y no la excepción como lo fue por dos décadas. La inflación está ganando la guerra, sí, pero la suya es una victoria pírrica. Si la política económica es capaz de mantenerse a rajatabla, la inflación es un fuego que se apagará por falta de oxígeno. Y lo hará mucho antes que falte, cortesía de las expectativas de inflación bien ancladas.

La duda es si el cuerpo aguanta. Si antes surge un accidente crediticio, un momento Lehman, habrá que despachar ambulancias de liquidez a contramano. La lección de la crisis británica a los gobiernos es que no hay espacio para sacar los pies del plato sin que se rompa el plato y la situación sea peor. Pero como dice Jamie Dimon, en tiempos borrascosos hay que prepararse para las sorpresas. Su banco, JP Morgan, vaticinó una caída de 5% de la Bolsa si la inflación venía mal. Acertó con la baja brusca pero no con la recuperación inmediata ni el cierre del Dow Jones 800 puntos arriba.

Los mercados reculan, se zarandean, pero no se quiebran. Resisten. Como la inflación, como la economía, contra todos los pronósticos. Se diría que el pesimismo extremo es lo que mantiene a la Bolsa con la frente alta en la retirada.

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