13 de abril 2026 - 18:05

De la guerra en Medio Oriente a la crisis energética, de fertilizantes y alimentaria: el efecto dominó que amenaza la seguridad global

La escalada del conflicto en Medio Oriente, con foco en Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz, ya genera un fuerte efecto dominó sobre los mercados globales: suben la energía, los fertilizantes y crece la presión sobre los precios de los alimentos.

Urea. Argentina enfrenta una paradoja estructural: es uno de los grandes productores de alimentos del mundo, pero mantiene una fuerte dependencia de fertilizantes importados.

Urea. Argentina enfrenta una paradoja estructural: es uno de los grandes productores de alimentos del mundo, pero mantiene una fuerte dependencia de fertilizantes importados.

La escalada del conflicto en Medio Oriente, con epicentro en Irán y el bloqueo intermitente del Estrecho de Ormuz, está generando un efecto dominó de alcance global que ya impacta en los mercados energéticos, los fertilizantes y, en última instancia, en los precios de los alimentos. Lejos de tratarse de una crisis aislada, distintos análisis coinciden en que se trata de un fenómeno sistémico que pone en evidencia la profunda interdependencia entre energía, producción agrícola y seguridad alimentaria.

Un informe publicado por la consultora privada Impakter y firmado por Ariq Haidar advierte que el Estrecho de Ormuz -por donde circula cerca del 25% del comercio mundial de petróleo marítimo y alrededor del 19% del GNL global- se ha convertido en un cuello de botella crítico. En este punto estratégico, por donde también transita el 44% de las exportaciones globales de azufre, el impacto del conflicto ya se traduce en aumentos abruptos de precios.

Según el mismo análisis, el crudo Brent supera los u$s100 por barril, el GNL asiático trepó por encima de los u$s20 por MMBtu y los precios de la urea aumentaron más del 30%. “El aumento de los costos energéticos está afectando toda la cadena alimentaria”, sostiene Haidar, quien remarca que entre el 70% y el 90% de los costos de producción de fertilizantes nitrogenados dependen directamente del gas y el petróleo. Este vínculo estructural explica por qué una crisis energética puede escalar rápidamente hacia una crisis alimentaria.

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Fertilizantes: el insumo invisible que sostiene la producción de alimentos

El problema no es menor si se considera el rol central de los fertilizantes en la agricultura moderna. De acuerdo con datos citados en elinforme de Impakter al que accedió Energy Report, los fertilizantes sintéticos permiten incrementos de rendimiento de entre el 30% y el 50% en cultivos clave como trigo y maíz, que alimentan a casi la mitad de la población mundial.

El mismo estudio muestra que existe una correlación “profunda y casi lineal” entre el uso de fertilizantes y el rendimiento agrícola. En otras palabras, el sistema alimentario global funciona como una maquinaria altamente dependiente de insumos químicos derivados de la energía. “El motor agrícola moderno es esencialmente una máquina que convierte insumos químicos en energía comestible”, resume Haidar.

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Fuente de datos: Erisman, JW, Sutton, MA, Galloway, J., Klimont, Z., & Winiwarter, W. (2008). Cómo un siglo de síntesis de amoníaco cambió el mundo. Nature Geoscience, 1(10), 636-639. – procesado por Our World in Data

Fuente de datos: Erisman, JW, Sutton, MA, Galloway, J., Klimont, Z., & Winiwarter, W. (2008). Cómo un siglo de síntesis de amoníaco cambió el mundo. Nature Geoscience, 1(10), 636-639. – procesado por Our World in Data

Los fertilizantes sintéticos de nitrógeno, fósforo y potasio (NPK) constituyen uno de los pilares invisibles de la agricultura moderna. Su irrupción permitió incrementos de rendimiento de entre 30% y 50% en cultivos clave como trigo, maíz y cereales, que hoy sostienen la alimentación de cerca del 48% de la población mundial. En este contexto, una disrupción prolongada en el estrecho de Ormuz no solo impacta en la energía, sino que amenaza con trasladarse directamente al corazón del sistema alimentario global, afectando a grandes productores agrícolas como India, Brasil y Estados Unidos.

Los datos históricos confirman la magnitud de esta dependencia. A partir de series de la FAO entre 1961 y 2023, distintos análisis muestran una correlación directa y sostenida entre el uso de fertilizantes y el aumento del rendimiento agrícola. En particular, los fertilizantes nitrogenados evidencian una fuerte vinculación con el crecimiento de la producción de trigo y arroz, lo que sugiere que el aumento de la oferta calórica global en las últimas décadas no respondió tanto a la expansión de la frontera agrícola, sino a la intensificación del uso de insumos químicos.

Este patrón se replica en los fertilizantes fosfatados y potásicos, que también exhiben relaciones consistentes con los rendimientos en múltiples cultivos. En términos estructurales, el sistema agrícola global puede entenderse como una maquinaria altamente eficiente que transforma insumos químicos en alimentos, con una dependencia creciente de estos productos para sostener la productividad.

Sin embargo, este proceso también tuvo efectos sobre el uso de la tierra. No todos los cultivos responden de la misma manera al aumento de la productividad. En el caso de commodities de alta demanda como el maíz y el arroz, las mejoras en los rendimientos fueron acompañadas por una expansión de la superficie cultivada, lo que refleja una mayor inversión global y presión sobre los recursos. En cambio, cultivos tradicionales como el centeno o la papa muestran el fenómeno inverso: a medida que la productividad por hectárea aumentó, la superficie necesaria para cubrir la demanda se redujo, evidenciando una contracción impulsada por la eficiencia.

Por qué los precios del petróleo y el gas determinan el precio de los alimentos

Este comportamiento revela una tendencia más amplia: el crecimiento de la demanda de fertilizantes está cada vez más concentrado en un grupo reducido de cultivos estratégicos, mientras que otros pierden participación relativa, incluso en un contexto de productividad récord.

Detrás de esta dinámica aparece otro factor clave: la energía. La producción de fertilizantes depende de procesos industriales altamente intensivos, como el método Haber-Bosch -que permite sintetizar amoníaco a partir de nitrógeno e hidrógeno, generalmente derivados del gas natural-, así como de la extracción de roca fosfática y potasio. Sin estos procesos, la producción de alimentos se vería limitada a niveles preindustriales, capaces de sostener apenas a unos 4.000 millones de personas, menos de la mitad de la población actual.

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Los datos de la

Los datos de la "Hoja Rosa" del Banco Mundial confirman que los precios de la energía son un factor determinante de los costos de los fertilizantes, dado que su producción requiere un alto consumo energético.

En este marco, los precios de la energía se convierten en un determinante central del costo de los fertilizantes. Por un lado, el aumento del gas y la electricidad encarece la operación de las plantas de producción; por otro, la suba del petróleo y el diésel impacta en toda la logística, desde el transporte de insumos hasta su aplicación en el campo. Así, el vínculo entre energía y alimentos se vuelve directo y difícil de desacoplar.

En un escenario de bloqueo del Estrecho de Ormuz, este mecanismo se intensifica: mayores costos de transporte marítimo, combustibles más caros y restricciones logísticas terminan trasladándose a los precios de los insumos agrícolas, luego a los productores y finalmente a los consumidores. El resultado es un efecto en cadena que conecta la geopolítica energética con el precio de los alimentos a escala global.

Europa: precios en alza y dependencia estructural

Europa enfrenta su propia tormenta perfecta. Un reporte de Euronews, firmado por Maja Kunert, describe una “doble crisis” en el mercado de fertilizantes: por un lado, el conflicto con Irán y el bloqueo de Ormuz; por otro, la persistente dependencia de Rusia como proveedor clave.

Según datos de la Comisión Europea, el 22% de las importaciones de fertilizantes de la UE en 2025 provinieron de Rusia, lo que expone una vulnerabilidad estructural.

Los precios reflejan esta tensión. El gas europeo (TTF) saltó de 32 a casi 52 euros por MWh en pocas semanas, impactando directamente en los costos de producción. En paralelo, los fertilizantes nitrogenados registraron aumentos del 15% en apenas un mes en algunas regiones de Alemania.

Por ejemplo, en varios estados federados alemanes, los precios de importantes fertilizantes nitrogenados han aumentado significativamente en pocas semanas. En Baja Sajonia, el precio del nitrato de amonio cálcico, uno de los fertilizantes nitrogenados más utilizados, subió alrededor de un 15% en un mes. En Schleswig-Holstein, la urea costaba mucho menos antes de la guerra con Irán que en la actualidad.

“Actualmente, la urea cuesta 550 euros por tonelada”, señaló el agricultor alemán Paul Henschke -citado por Euronews-, quien advirtió que “hay que hacer los cálculos” porque los márgenes se están reduciendo drásticamente. El productor germano también subrayó la asimetría: mientras el fertilizante se dispara, el trigo apenas alcanza los 168 euros por tonelada.

A esto se suma un problema estructural: la pérdida de competitividad de la producción europea. “Tenemos plantas de fertilizantes en Alemania, pero las están cerrando porque ya no pueden operar de forma rentable sin el gas ruso”, explicó.

América: Brasil en la zona de riesgo, Estados Unidos con mayor resiliencia

Un análisis de las Universidades de Illinois y de Purdue revela que el impacto de la crisis es desigual en América. Brasil aparece como uno de los países más vulnerables debido a su fuerte dependencia de importaciones: cerca del 99% de los fertilizantes utilizados en 2023 provinieron del exterior.

“El conflicto podría afectar las decisiones de compra de fertilizantes y, en última instancia, la competitividad global de la soja brasileña”, advierten los autores. En un contexto donde los precios ya se ubican en máximos de varios años, el timing es particularmente desfavorable: los productores están tomando decisiones clave para la campaña 2026/27.

Es que los productores brasileños de soja se enfrentan a mayores limitaciones en ambos frentes. Según el estudio, en primer lugar, la dependencia de Brasil de las importaciones de todos los nutrientes es alta, lo que limita su capacidad de adaptación ante las crisis de suministro global. Desde el punto de vista agronómico, la mayoría de los suelos del Cerrado (principal región productora de soja de Brasil) presentan deficiencias naturales de fósforo y potasio, y tienen baja capacidad para amortiguar las reducciones en la aplicación de estos nutrientes.

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La Figura 2 muestra la relación de intercambio de maíz por fertilizante para la urea y el MAP. En cuanto al fosfato, el costo relativo del MAP para la producción de maíz es muy superior al de los dos últimos años agrícolas y se acerca al máximo de los últimos cinco años.

La Figura 2 muestra la relación de intercambio de maíz por fertilizante para la urea y el MAP. En cuanto al fosfato, el costo relativo del MAP para la producción de maíz es muy superior al de los dos últimos años agrícolas y se acerca al máximo de los últimos cinco años.

Al 3 de abril, en Brasil solo se había comprado alrededor del 30% del volumen estimado de fertilizantes para dicha cosecha, por debajo del promedio de los últimos años (aproximadamente el 40%, en base a datos del Itaú). Los altos precios relativos son el principal factor que impulsa este lento ritmo de compra. Además, aproximadamente el 70% de las importaciones anuales de fertilizantes se realizan entre abril y septiembre. "Si el conflicto persiste, la oferta física podría verse gravemente afectada, además de los altos precios, lo que impactaría directamente en las decisiones de gestión, incluyendo los períodos óptimos de aplicación", alertó el informe de las universidades.

Estados Unidos, en cambio, cuenta con mayor producción doméstica y diversificación de proveedores, lo que reduce su exposición. EEUU obtiene una mayor proporción de fertilizantes a nivel nacional (nitrógeno y fosfato) y de socios cercanos para la potasa (Canadá), lo que limita su exposición a las interrupciones en Medio Oriente. Además, gran parte del fertilizante para la cosecha de 2026 ya se compró o aplicó el otoño pasado, antes de que comenzara el conflicto.

Sin embargo, EEUU no está exento del impacto en precios, lo que también podría influir en la próxima campaña agrícola.

Asia: el riesgo de una crisis alimentaria a gran escala

Asia enfrenta riesgos aún más profundos. Un análisis del Instituto Lowy, firmado por el investigador Robert Walker y en manos de Energy Report, advierte que la región podría ser el epicentro de una crisis alimentaria si persisten las tensiones. Allí, más de la mitad del uso de fertilizantes depende del nitrógeno, altamente sensible a los precios del gas. Según Walker, los precios de la urea en el sudeste asiático ya son más de un 40% superiores a los niveles previos a la guerra.

Además, países como Pakistán, Bangladesh e India dependen fuertemente del GNL del Golfo Pérsico, lo que agrava su vulnerabilidad. “El conflicto ha provocado un aumento en los precios de los fertilizantes que no se ha revertido”, señala el informe.

El riesgo no se limita a los costos. Walker advierte que podrían repetirse políticas proteccionistas como las restricciones a las exportaciones de alimentos. En 2022, estas medidas impulsaron una suba del 20% en el precio del arroz, afectando a toda la región.

En un mundo donde energía, fertilizantes y alimentos están cada vez más entrelazados, la geopolítica vuelve a ocupar un rol central en la definición de precios, competitividad y seguridad alimentaria. Y para países como Argentina, gran productor de alimentos pero también dependientes de insumos importados, el escenario abre interrogantes estratégicos.

Argentina ante el nuevo tablero global: interrogantes estratégicos

En este contexto global de alta volatilidad, Argentina enfrenta una paradoja estructural: es uno de los grandes productores de alimentos del mundo, pero mantiene una fuerte dependencia de fertilizantes importados. Según la Bolsa de Comercio de Rosario, en 2025 el país registró el segundo mayor volumen de importación de fertilizantes de su historia, con 4,1 millones de toneladas, un 28% más que en 2024.

De ese total, los nitrogenados -clave para cultivos como trigo y maíz- representaron el 52%, con 2,10 millones de toneladas. Aún más relevante es la exposición geopolítica: el 39% de los fertilizantes nitrogenados importados proviene de Medio Oriente, región directamente afectada por el conflicto. Este dato confirma que la crisis internacional no es abstracta para el agro argentino, sino que impacta de lleno en su estructura de costos. De hecho, el informe de la BCR advierte que los precios de la urea alcanzaron los niveles más altos desde 2022, con subas internacionales de hasta el 42% en cuestión de semanas.

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Este escenario expone con claridad la necesidad de avanzar hacia una mayor autosuficiencia en fertilizantes, apalancando recursos estratégicos como el gas de Vaca Muerta. Actualmente, la producción local está concentrada principalmente en Profertil (Bahía Blanca), pero incluso esa planta sufrió interrupciones en 2025 que incrementaron la dependencia de importaciones.

En paralelo, comienzan a tomar forma nuevos proyectos que buscan cambiar esta matriz: empresas energéticas locales analizan el desarrollo de una planta de fertilizantes nitrogenados basada en gas no convencional en Bahía Blanca y alrededores, mientras que otras firmas evalúan inversiones para producir insumos agrícolas con integración energética desde Río Negro. Estas iniciativas, todavía en desarrollo, reflejan un cambio de enfoque: transformar el gas en fertilizantes para capturar mayor valor agregado dentro del país. En un contexto donde el gas explica más del 70% del costo de producción de la urea, Argentina tiene una ventaja comparativa clara que aún no ha sido plenamente explotada.

El país enfrenta el desafío de sostener la competitividad del agro en un contexto de costos crecientes y mercados inciertos. En 2025, el consumo doméstico de fertilizantes alcanzó unas 5,1 millones de toneladas, el tercer nivel más alto registrado, impulsado por campañas agrícolas récord. Sin embargo, este crecimiento convivió con una caída en las dosis aplicadas por hectárea, lo que refleja una estrategia defensiva de los productores frente a precios elevados.

Lo que verdaderamente le importa al productor agrícola criollo, que es el margen de ganancia, sigue mostrando un panorama desalentador: se necesita vender 1,65 toneladas de soja para poder comprar una tonelada de urea. Antes del conflicto en Medio Oriente, esa relación era de 1,12.

En este marco, Argentina tiene una oportunidad estratégica: posicionarse como proveedor confiable de alimentos en un mundo tensionado, pero para ello deberá resolver su vulnerabilidad en insumos críticos. La ecuación es clara: sin acceso competitivo a fertilizantes, la ventaja productiva del agro se debilita.

Por eso, el desarrollo de una industria nacional de fertilizantes vinculada a Vaca Muerta, junto con políticas que estabilicen costos y garanticen abastecimiento, aparece como uno de los ejes centrales para transformar la crisis global en una oportunidad de largo plazo.

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