Hoy 4 de octubre se cumplen cuarenta años desde el día en que vio la luz "Oktubre". El segundo álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es un material clave en su discografía y en la historia del rock nacional argentino.
El segundo disco de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cumple cuatro décadas.
"Oktubre" y una imagen que es parte de la cultura popular.
Hoy 4 de octubre se cumplen cuarenta años desde el día en que vio la luz "Oktubre". El segundo álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es un material clave en su discografía y en la historia del rock nacional argentino.
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El aniversario llega en un momento particular, pasaron apenas unos meses desde la dolorosa partida física de Carlos "El Indio" Solari. El Indio no fue solo la voz de la banda, era una parte fundamental del triángulo redondo compuesto junto a Skay Beilinson y Carmen "La Negra" Poli.
La ausencia de Solari impone una relectura especial de esta obra bisagra. Un álbum que no solo redefinió el sonido de la banda, sino que dejó cobijada a la feligresía ricotera bajo un manto de himnos que continúan dialogando con el presente.
Para entender la magnitud transformadora de "Oktubre", es necesario retroceder al escenario previo a su gestación. En 1985, después de años transitando el under, Patricio Rey había irrumpido en las bateas con "Gulp!", una ópera prima desenfadada, circense y "luminosa". Aquel sonido orgánico y directo funcionaba como el correlato perfecto de la Primavera Alfonsinista. Sin embargo, en el transcurso de apenas un año, la dupla compositiva comprendió que el país y el mundo estaban mutando hacia una zona más densa, y que el grupo debía dar un salto de calidad técnica y conceptual.
El escenario para concretar ese giro fueron los Estudios Panda, ubicados en el barrio porteño de Floresta. Allí el grupo se recluyó durante madrugadas interminables bajo la atenta mirada técnica del ingeniero de sonido Osvel Costa. "Vos hacé y después nosotros vemos sobre lo hecho", le dijeron el Indio y Skay a Osvel según se relata en el libro "Los Redondos Fuimos Reyes" de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono.
Durante aquellas sesiones de grabación la banda estaba compuesta por Skay y Tito "Fargo" D'Aviero en la guitarras, Semilla Bucciarelli en bajo, Willy Crook en saxo, Claudio "Piojo" Ábalos en batería y por su puesto El Indio en la voz. Al grupo se sumaron la percusión electrónica de Claudio Fernández y los sutiles retoques en teclados y secuenciadores programados por Daniel Melero, proyectando a la banda hacia la vanguardia de la época.
Costa fue también quien aportó una de las señas de identidad sonoras más discutidas (al menos para Crook y el sonido de su saxo) y alabadas de la placa: el uso intensivo de la cámara de reverberación que envolvió la voz del Indio y las guitarras de Skay. El resultado fue un sonido frío, procesado y espacial, perfecto para la distopía que se avecinaba.
Las nueve composiciones que integraron la placa operaron como un diagnóstico despiadado del contexto político y social. "Oktubre" se compuso en el punto de máxima tensión de la Guerra Fría, con la amenaza de la catástrofe nuclear flotando sobre la geopolítica global y el fantasma de los procesos revolucionarios del siglo XX reducidos a cenizas o traiciones. En el plano local, el entusiasmo democrático inicial comenzaba a mostrar sus grietas: la inflación asomaba su colmillo y el poder militar comenzaba a presionar por la impunidad que luego se cristalizaría en las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
La pluma del Indio Solari captó esa atmósfera de encierro y alienación como ningún otro cronista de su tiempo. El arranque (con explosiones incluidas) con "Fuegos de octubre" o "Canción para naufragios" aportaron un lirismo épico y amargo. Por otro lado, composiciones como "Preso en mi ciudad" retrataron la paranoia urbana y el panóptico del control social; "Música para pastillas" profetizó el auge de la psiquiatría y la farmacología como anestesia de la clase media; "Divina TV Führer" y "Motor psico" desenmascararon la manipulación mediática y las adicciones como refugios individuales.
En el centro geométrico del álbum, emergió "Ji ji ji", una obra maestra sobre el colapso nervioso y las adicciones duras. Sostenida por un riff de guitarra inolvidable que Skay compuso casi como un mantra, la canción estaba destinada a romper los marcos del registro discográfico para convertirse en el clímax absoluto de los conciertos en vivo. "Es un poco la paranoia de la droga", dijo El Indio sobre la canción en una entrevista con la Rolling Stone. "Yo estoy hablando de la psicopatía, de la paranoia, de todos esos males del promedio de la cultura del rock", agregó.
Esos temas, oscuros en su temática pero irresistiblemente bailables en su cadencia post-punk, no tardaron en calar hondo en una juventud que no encontraba respuestas en los discursos oficiales. La presentación del disco se dio con dos shows en Paladium los días 18 y 25 de octubre de ese mismo año. Para estos conciertos se sumó a la banda el tecladista Andrés Teocharidis, que se unió después como miembro estable, pero falleció al poco tiempo y no fue reemplazado.
Tito Fargo y "Piojo" Ábalos se fueron de la banda al poco tiempo de la salida del disco. Al año siguiente, los acompañó Willy Crook. Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawi (saxofón) se unieron a la formación que sería definitiva. Eran tiempos de cambio en una banda que no paraba de crecer y que años más tarde se convertiría en un fenómeno sin precedentes. Shows multitudinarios, muertes, prohibiciones y un final abrupto son parte de otro capítulo de esta historia.
El impacto cultural de "Oktubre" resulta indisoluble de su estampa visual. La portada del álbum, creada por Ricardo Cohen (Rocambole), constituye un verdadero hito del diseño gráfico. Para gestar este manifiesto plástico, Rocambole abrevó en la gráfica de las vanguardias rusas, el constructivismo soviético y la estética del cineasta Serguéi Eisenstein.
La edición original en vinilo incluyó una portada desplegable de gramaje especial que desafió todas las normas comerciales de las discográficas. En ella coexistían la masa rompiendo sus yugos, la silueta del Che Guevara recortada sobre el margen derecho, la Catedral de La Plata envuelta en llamas en la contraportada como un grito anticlerical y tipografías angulosas que simulaban el alfabeto cirílico.
"Parece la tapa de un libro anarquista. El disco entero gira en torno a las ideas de libertad y justicia. Imprimí en serigrafía y, de acuerdo a las condiciones económicas que teníamos, hicimos todo artesanal", declaró Rocambole en "Los Redondos Fuimos Reyes".
Aquella corazonada gráfica terminó trascendiendo el mero envoltorio de un disco para transformarse en la estética fundacional del movimiento ricotero, anticipando la fusión entre arte de vanguardia y mística de calle.
Transcurridas cuatro décadas desde su desembarco en las disquerías, el legado de "Oktubre" desborda cualquier análisis estrictamente musical para afirmarse en el corazón de la antropología social argentina. Fue en este disco donde anidó la semilla de "Ji ji ji", el tema que con el correr de los años y las mudanzas a estadios masivos —de Huracán y River Plate a los predios multitudinarios de Olavarría, Tandil o Gualeguaychú— desencadenó la marea humana bautizada de forma indeleble como "el pogo más grande del mundo".
Sin embargo, la mayor victoria de este álbum no fue llenar estadios, sino tomar las calles. Las imágenes y frases acuñadas por el Indio Solari y Rocambole en 1986 migraron de los vinilos a la vida cotidiana de un país golpeado por sucesivas crisis. Las letras de "Oktubre" pasaron a integrar los grafitis en las paredes del conurbano; los rostros encadenados y la tipografía soviética se estamparon en remeras y tatuajes; y sus colores flamearon en las banderas que habitan las tribunas de los estadios de fútbol, las columnas de marchas sociales y las protestas estudiantiles.
Hoy, a 40 años de su lanzamiento y en un presente marcado por la irreparable pérdida física de Carlos el "Indio" Solari, "Oktubre" no suena a nostalgia ni a pieza de museo. Permanece vivo, rugiente y actual. Es la prueba irrefutable de cómo el arte independiente puede profetizar las sombras de una época y, al mismo tiempo, encender una llama inextinguible que sigue abrigando a las generaciones presentes y futuras del pueblo ricotero.