«Duelo de halcones» («Tactical Assault», EE.UU., 1998). Dir.: M. Griffiths. Int.: R. Hauer, R. Patrick, I. Glasser, K. Howard, B. Anderson.
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En Hollywood, el mayor astro del cine holandés sólo tiene dos posibilidades: villano protagónico con fuerte acento europeo o una gama un poco más amplia de personajes secundarios. Rutger Hauer estudió el panorama, intentó hacerle caso al sentido común (como se vio en «Blade Runner», «The Hitcher» y «Halcones de la noche») y finalmente decidió romper los esquemas y dedicarse a aportarle un nombre importante al primer film clase B que se le cruce por delante.
En todo caso, los productores que prefieren contratarlo a él en lugar de algún superhéroe de acción más joven y en mejor estado físico suelen necesitar un intérprete capaz de expresar sentimientos verdaderamente complejos y oscuros. Por eso Hauer casi siempre termina protagonizando películas de bajo presupuesto con algún elemento original. Lo bueno de «Duelo de halcones» es que, además de incursionar en el gé-nero poco transitado del piloto de caza psicópata, también tiene como protagonista a otro buen actor menospreciado: Robert Patrick, el robot de metal líquido de «Terminator 2». Colón.)
Ambos interpretan a dos pilotos que en los tiempos de la Guerra del Golfo comparten una mala experiencia. Hauer se la adjudica a Patrick, por lo que luego de una larga estadía en una prisión iraquí reaparece lleno de nuevos proyectos que lamentablemente incluyen a su ex camarada. Pese a las obvias carencias monetarias, la película es más creativa que muchas superproducciones que, a diferencia de ésta, sí se estrenan en pantalla grande.
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