18 de agosto 2024 - 12:57

Alain Delon: un amor correspondido con nuestro país

El actor fallecido hoy estuvo numerosas veces en la Argentina. Fue amigo y socio de Carlos Monzón, y entre sus muchas visitas se cuentan las que les hizo a Carlos Reutemann, Carlos Menem, Landrú y Mirtha Legrand.

Alain Delon con Landrú en su visita a la Argentina.

Alain Delon con Landrú en su visita a la Argentina.

Landrú

Alain Delon logró que se cumpliera hoy su deseo. Hacía años que había perdido la voluntad de vivir y se fue en paz. Sus grandes amigos habían muerto, ya tenía 88 años, las huellas de dos ACV, odiaba sentirse “dentro de un cuerpo que envejece”, y ver cómo se iba marchitando su rostro de Adonis.

“Agradezco a todos los que me han acompañado a lo largo de los años y me han brindado su apoyo”, publicó hace dos años en su cuenta de Instagram, “espero que los futuros actores puedan encontrar en mi un ejemplo no solo en el set, sino en la vida cotidiana, entre victorias y derrotas. Gracias. Alain Delon”.

En ese momento había pedido la eutanasia, cosa que logró para sí el director Jean-Luc Godard (con quien había trabajado en la película “Nouvelle vague”, de 1990), pero no se lo concedieron. Él vivía en Francia y Godard en Suiza, donde la eutanasia es legal. Una de las últimas veces en que se lo vio públicamente fue durante el sepelio de su gran amigo, el último que le quedaba, Jean-Paul Belmondo (con quien hizo las famosas dos partes de “Borsalino”). Estaba demacrado, pálido, sombrío. Apenas reconocible.

Otro de los grandes golpes que había sufrido fue la muerte de Lino Ventura, con quien coprotagonizó una película que, en especial en la Argentina, tuvo un éxito sin precedentes, al punto de que estuvo durante más de tres años en cartelera, "Los aventureros" (1966, de Robert Enrico). Eran otros tiempos. Ese vínculo con la Argentina fue correspondido.

Delon fue numerosas veces huésped de nuestro país, con el que mantuvo una sólida relación. Vino por primera vez en 1965 en una gira de la Metro Goldwyn Mayer. Se lo recuerda en el Hipódromo de Palermo entregándole un premio a la jocketa Marina Lezcano, en el Festival de Mar del Plata, de smoking, y especialmente en la cárcel de Las Flores, Santa Fe, adonde se reencontró con su amigo Carlos Monzón, de quien había sido promotor de sus peleas.

Allí estuvo sentado en una silla vieja en el patio, junto a Monzón y Ceferino Morales, campeón amateur. Antes, había pasado a saludar a otro deportista conocido suyo, Carlos Reutemann, en ese momento gobernador de la provincia de Santa Fe. Entre medio, todo el camino estaba cubierto por una turbamulta de hombres y mujeres agitando manos y banderas. No saludaban a la estrella, sino al hombre que, desde tan lejos y tan alto, había ido a ver al amigo en desgracia.

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Carlos Monzón y Alain Delon, íntimos amigos y socios. El actor no lo abandonó después del asesinato de Alicia Muñiz, y lo visitó en la prisión.

Carlos Monzón y Alain Delon, íntimos amigos y socios. El actor no lo abandonó después del asesinato de Alicia Muñiz, y lo visitó en la prisión.

En los 90, como era uso y costumbre con casi todos los famosos que llegaban al país, visitó en casa de Gobierno al presidente Carlos Menem. En 1995 almorzó a solas con Mirtha Legrand, un programa que rompió el rating habitual de la diva. Allí pasó revista a sus trabajos pero, desde luego, habló especialmente de todos los afectos que lo ligaban a nuestro país.

La fundación Landrú recordó hoy la visita que, en los 80, durante una gira promocional de su marca de cosméticos, le hizo especialmente Delon a Juan Carlos Colombres, el nombre real del gran humorista a quien Delon admiraba, durante una visita a Clarín. Se trataba también de una atención atrasada a ese diario que meses antes había organizado una importante muestra de cine francés a la que no pudo concurrir. Allí se había proyectado la película “Le toubib” (“Harmony”, de Pierrre Granier-Deferre), que él protagonizó.

Entre sus grandes pasiones musicales figuraba el tango, en especial los de Astor Piazzolla, algunas de cuyas melodías utilizó en films producidos por él.

Nacido en noviembre 8 de 1935 en Sceaux, con sangre corsa, francesa y germana en las venas, recién empezó a disciplinarse a los 18, en el servicio militar cumplido en Indochina. Fue una época feliz, decía. Después probó varios trabajos, hasta que un día acompañó a Cannes a una amiguita starlette, lo vio un cazatalentos, y se definió su rumbo.

Empezó como galancito peligroso en películas como “La diosa del hampa”, “Sé bonita y cállate”, “Amores clandestinos”, “Débiles son las mujeres”, se reveló casi al mismo tiempo como el cínico hermoso y amoral de “A pleno sol” (René Clement, 1959, basada en “El talentoso señor Ripley”, de Patricia Highsmith) y el noble, sufrido sostén de la familia de “Rocco y sus hermanos” (Luchino Visconti, 1960), y desde entonces, por largo tiempo, fue un ídolo, un símbolo sexual, una estrella.

También, un actor de sólida presencia, capaz de transmitirlo todo con un mínimo gesto, una mirada desdeñosa o suplicante, una sonrisa decidida, para hacer de enamorado, hombre agotado, asesino, incluso de Tulipán Negro y de Zorro en versión francesa.

Lo requerían directores comerciales y refinados, como Antonioni, Deray, Duvivier, Vadim, Lautner, Granier-Deferre, Zurlini, José Giovanni, Losey, Tessari, Jessua, Schlondorff, Blier, Patrice Leconte y el mencionado Godard.

Títulos mayores, “El samurai”, “El círculo rojo” y “Un flic” de Jean-Pierre Melville (el director que más admiraba), “Los aventureros”, de Robert Enrico (de donde salió la canción “Laetitia”, que en su voz derretía a todas las oyentes), “Adiós al amigo”, “La piscina”, “Borsalino”, “El evadido”, “Dos contra la ciudad”, “El otro señor Klein”, “Muerte de un corrupto”, “La piel de un asesino” que él mismo dirigió.

En total dirigió 4 películas, produjo 39, actuó en 107, recibió 9 premios A la Trayectoria (Mar del Plata antes que Cannes), tuvo varios amores (Romy Schneider, Mireille Darc, otras), dos esposas legales, tres hijos, una hija con la que hizo teatro, algunas malas compañías, una firme devoción por el general De Gaulle y Jean Marie Le Pen, lo que le valió no pocos enconos (lo mismo ocurrió con Brigitte Bardot), y el odio declarado de las feministas, que no toleraban siquiera su confesión “Nunca he actuado, solo he sido yo. La cámara era una mujer que me miraba, y así la siento”.

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