Alberto Herrera: un recorrido por el lado oscuro de Nueva York

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Padre de la famosa bailarina Paloma, el autor es abogado y conoció al dedillo la ciudad estadounidense cuando su hija se estableció en ella.

La recorrida de un camarógrafo bonaerense, exabogado sindical, que en 1978 cambia de oficio debido a la condiciones reinantes, y sus amigos del canal lo mandan a Nueva York para tomar imágenes y enviar informaciones, es el punto de partida de un inventario de inesperadas escenas de la Gran Manzana en la nouvelle de Alberto Herrera “No quiero morir en Nueva York” (Libros del Zorzal). Herrera es doctor en Derecho Político y Constitucional, y padre de la famosa bailarina Paloma Herrera y de la destacada abogada Marisa Herrera. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Cómo surge la historia de ese camarógrafo cuya misión siente casi como un castigo?

Alberto Herrera: Todo empezó cuando yo registraba imágenes en Manhattan. Esa historia me estuvo rondando un cuarto de siglo. A mi Nueva York se me impuso por la arrolladora carrera de Paloma, mi hija más chica. Paloma tenía decidida su vocación de bailarina desde los 7 años cuando comenzó a estudiar con Olga Ferri en el Instituto Superior de Arte del Colón. Vista desde hoy la carrera de Paloma fue vertiginosa, irrefrenable. Punto clave es cuando a los 15 años fue contratada para formar parte del cuerpo de baile del American Ballet Theatre y, sin preguntarnos nada, decidió quedarse a vivir en Nueva York. Conseguimos que la hospedaran en un convento, el Centro Maria Residence. Eran los tiempos de Menem y eso nos permitió mantener la familia integrada. Con mi mujer y mi hija Marisa nos íbamos a ver a Paloma el 25 de Mayo, el 9 de Julio, Semana Santa, la Feria Judicial de julio, un mes y medio a fin de año y feria judicial de enero. Mientras Paloma trabajaba, yo alquilaba un auto y nos íbamos a conocer el otro Nueva York, el que no era el Manhattan de Wall Street, la Calle 42, el Central Park. Ahí aparecía el mundo de los negros, los latinos, los marginados, los homeless. Yo filmaba para guardar nuestras experiencias de turistas, que muchas veces eran nuestras visiones intencionadas de la realidad, como cuando hacía una larga panorámica del Bronx.

P.: ¿De ahí salen las imágenes que registra el camarógrafo y le hacen decirse “no quiero morir en Nueva York”?

A.H.: Resulta que un día soñé una novela redonda y poco después de despertar me la había olvidado, solo tenía el título: “No quiero morir en Nueva York”. No sé en qué restos diurnos se habrá tramado. El camarógrafo era uno de los personajes de una trilogía que quedó en borrador. Había sido abogado de un sindicato, era camarógrafo amateur y gracias a amigos entra a trabajar en un canal, y para sacarlo de acá lo mandan a hacer documentales turísticos de la Gran Manzana, y mandar informaciones como las que daba el Buenos Aires Herald. Ahí empieza a vagabundear y recoger escenas, situaciones, contrastes de la ciudad en movimiento. Un homeless en un subte que primero tiene una bolsa y un paraguas, y al día siguiente dos bolsas, una maceta, unos libros, había ampliado su lugar de sobrevivencia. El camarógrafo cae en una fiesta cool en el SoHo donde aparece una mujer degollada y el dueño de casa llorando, alguien le decapitó su muñeca inflable. Es como si el camarógrafo hubiera entrado en una escena de Woody Allen. Las andanzas del camarógrafo tienen que ver con mis paseos por la Nueva York fea, de las que muchos no se ocupan, y gracias al nivel alcanzado por Paloma, con el más alto nivel de la City.

P.: ¿Hay una grieta entre sus dos famosas hijas, Paloma, la artista mundial, y Marisa, la doctora en Derecho candidata a los más altos cargos nacionales?

A.H.: No hay grieta entre las hermanas. Han recorrido caminos distintos que les han dado sensibilidades distintas. Paloma vivió la burbuja de lo más alto; Marisa, como investigadora del Conicet, luchadora de los derechos humanos, el barro de lo más inmediato. Paloma publicó “Una intensa vida: mi historia íntima”, y Marisa incontables papers y el académico “Manual de Derecho de Familia”, ahora me toca a mí publicar.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

A.H.: Tengo para publicar “Retratos”, un libro de cuentos.

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