7 de abril 2003 - 00:00

Alfredo Battistelli, un artista por accidente

Alfredo Battistelli, un artista por accidente
La muestra «Alfredo Battis-Ltelli (1920-1987)» que marca, luego de varios años de ausencia, el regreso del curador Jorge Gumier Maier al Centro Cultural Rojas, tiene características muy especiales: no se trata de un artista al modo tradicional, sino de las expresiones espontáneas de un auténtico naïf, ajeno a cualquier disciplina académica y a todo afán estilístico.

En la exposición que se inauguró el miércoles pasado, Gumier Maier comparte la curaduría con Leo Battistelli, nieto de Alfredo y también artista, quien cuenta la historia de su abuelo, un empleado del ferrocarril que nunca había pintado y al jubilarse decide «decorar» su casa.

Así comienza adornando una luna de espejo con una lánguida rama de hojas realizadas con trozos de azulejos y lo que sigue es un delirio de creatividad. Con unas pocas pinturas y materiales descartables como cuerina, maderas, fórmica, alambres, cerámicos y cartones, el abuelo da rienda suelta a su imaginario y llena la casa de pequeños trenes, vías, carnavales, murgas, flores, barcos y paisajes que hoy escalan al status de «obras de arte» gracias a la excelencia del montaje, la originalidad del planteo teórico y la valoración estética de los curadores.

En las paredes de la sala del Rojas se reprodujeron en grandes planos los colores de la casa, el verde típico de los patios argentinos, el celeste de la bandera, el blanco y el rosa sobre los que lucen los coloridos trabajos de Battistelli. La obra que mejor representa el espíritu de la muestra es una pileta de lavar, similar a la que estaba en el patio de la casa y sobre la que se exhibe un mural del artista.

«El mundo subacuático de la pileta -cuenta el nieto y here-dero de la misma vocación artística-era un regalo de fantasía para mi abuela. Ella sigue lavando en esa pileta (...) donde se veían peces y seres marinos nadando alrededor de la canilla».

Durante la década del 90 y en su papel de curador del Rojas, Gumier impuso una estética que justamente rescataba «el modelo doméstico, ese placer privado mostrado en público».

Hoy, las tendencias que prevalencen en el circuito local e internacional han cambiado, propician un arte influido por el contexto sociopolítico, y se cuestiona la «indiferencia por la realidad» que signó la década pasada. Pero en la calle Corrientes y Junín, la realidad es tan rigurosa como insoslayable. La estetización que regresa al Rojas de la mano de
Gumier Maier ya no resuena como un gesto caprichoso de los prósperos y frívolos noventa, sino que se vislumbra como una expresión genuina de una «belleza y felicidad» de entrecasa.

Hace unos meses, cuando asumió su cargo como director del Rojas,
Fabián Lebenglik aspiraba a convertir el Centro en un espacio de contención, «para los duros tiempos que vendrán». La exposición de Battistelli pareciera responder a ese propósito, alienta a descubrir que el arte está al alcance de la mano. Aunque por otro lado, sin duda la muestra es una clara demostración de que se puede presentar un artista desconocido o una propuesta experimental sin perder excelencia o dejar de lado la calidad.

Otro barrio, el de la calle Uruguay y Arenales. Otro mundo, el de los editores
Dudu Von Thill-mann y Jean Luois Larivière. Pero la misma pasión por el arte en la inauguración de La Bibliothéque, un nuevo espacio en esa casa con aires de conventillo y con un jardín en el centro que semeja una jungla, lindera a la galería Sara García Uriburu, y que estará dedicado a la venta de libros y fotografías, pero sobre todo a los encuentros y debates intelectuales.

También el miércoles pasado, los editores y la galerista coincidieron al presentar las deslumbrantes imágenes de
Jasmine Rossi que ilustran el libro «El alma de la Patagonia». Llevada al gran formato para la exhibición, la serie dedicada a los Glaciares que muestra García Uriburu, un estudio minucioso de los témpanos, la diversidad de sus formas y modulaciones del color, es el fiel resultado de un ojo entrenado y virtuoso.

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