28 de agosto 2008 - 00:00
Algunas convenciones no dañan buen drama
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Monica
Bleibtreu y
Hannah
Herzsprung,
maestra y
discípula,
protagonizan el
buen drama
«Cuatro
minutos».
La joven Jenny (Herzsprung) es, por muchas razones, la reclusa estrella: intemperante, rebelde y violenta, aunque beneficiada por el don de improvisar jazz hasta con las esposas puestas a sus espaldas. Pero para Frau Kruger, incondicional de Mozart, Beethoven y Schumann, el jazz es esa horrible «música de negros». No haría falta que el guión aclarara desde cuándo y dónde adhirió ella a esa valoración estética y racial.
De igual modo, el pasado más breve de Jenny se asienta sobre otro tipo de infiernos: el incesto, el crimen y la injusticia. Mucho más interesantes que tales lastres, que hasta pueden llegar a ser distractivos, es la intensa y casi perversa relación que se da entre ambas en el presente del drama: un vínculo duro y frágil a la vez, en el que no queda duda sobre quién detenta el verdadero poder.
Posiblemente un autor más elusivo, como Michael Haneke, no se hubiera extendido en los antecedentes personales de sus protagonistas, y así la compleja relación de amor y odio entre maestra y discípula habría tenido una densidad mayor, no tan unilineal y explicativa según el modelo de causa y efecto históricos. Pero, más allá de ese reduccionismo, el drama tiene una lógica sólida y hasta cierta emotividad, sobre todo en las escenas finales.
Entre los personajes secundarios, aunque de incidencia directa sobre la evolución de la historia, sobresale el del carcelero afecto a la trivia musical, que mantiene con Frau Kruger el juego de citar pasajes de ópera para reconocer a qué título pertenecen. Su participación en un programa de televisión es uno de los raros momentos de humor de esta película, aunque de posterior derivación trágica. El final puede ser un tanto excesivo, pero no deja de ser brillante.



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