4 de mayo 2006 - 00:00

Alterio preso de su histrionismo

El fin de semana pasado se estrenó en Madrid una adaptación teatral de «El túnel» de Ernesto Sábato, dirigida por el argentino Daniel Veronese y protagonizada por Héctor Alterio. Esta es la opinión -no muy favorable al veterano actor- de un periodista español.

Héctor Alterio
Héctor Alterio
Madrid - ¿Cuántas veces la percepción que tenemos de una obra literaria ha sido mejorada por su versión cinematográfica o teatral? Es difícil realmente que tal cosa suceda y no sorprende, por tanto, que todo aquel espectador de «El túnel», conocedor de la novela homónima de Ernesto Sabato (1911) a quien se le pregunte, confiese una cierta decepción ante su transcripción escénica presentada ahora en el Romea.

El anciano escritor, rejuvenecido intelectual y moralmente por su lucha contra la ley de Punto Final, que pretendía dejar impunes crímenes y salvajadas de la dictadura argentina, ha bendecido, como es lógico, el trabajo del adaptador Diego Curatella y del director Daniel Veronese. Y como no podía ser de otra forma, ha mostrado su entusiasmo para con ese actor galáctico de amplio espectro que es Héctor Alterio, y que a estas alturas se ha peleado con fortuna con más de un centenar de personajes para el cine, el teatro y la televisión.

Escrita en 1948, «El túnel» es una novela psicológica que describe magistralmente el proceso posesivo que experimenta un pintor hacia una mujer a la que descubrió un día admirando uno de sus cuadros más inquietantes, y a la que acabará asesinando. Convertida en espectáculo teatral, la novela adquiere la hechura de un monólogo ilustrado. Desde la prisión donde se halla recluido, el hombre (Alterio) describe el encuentro con la dama extrañamente fascinada por su pintura, así como aquellos episodios más tormentosos de su relación.

Los recuerdos del artista convocan a escena a esta figura femenina subyugante, de nombre María (Rosa Manteiga), y a unos personajes subalternos: el marido de la mujer, ciego, y la criada, interpretados por Paco Casares y Pilar Bayona, ambos, a la vez, con otros dos papeles menores de la historia.

El buen oficio de Daniel Veronese -uno de los fundadores del grupo argentino Periférico de Objetos- se pone de manifiesto en la creación del dispositivo que permite integrar el relato que el protagonista ofrece al espectador, con las escenas en flash-back que el mismo protagonista comparte con la mujer que lo deslumbró y que despierta en él una pasión enfermiza. Alienada. Estamos, pues, ante un narración monologada, truncada constantemente por la visualización de situaciones pretéritas. Se muestra en ellas la degradación de un encantamiento, destruido por los celos exacerbados y por la intromisión inquisitorial del hombre que llega hasta el último reducto de la intimidad y la libertad de la mujer deseada.

El tránsito del presente al pasado se produce con extrema fluidez y con trucos muy hábiles por parte del director. A nuestreo modo de ver, éste no consigue, sin embargo, que el protagonista se ajuste a los cambios de registro que exige el doble plano narrativo del espectáculo. Quizá Veronese ni siquiera intentó convencer a Héctor Alterio de que convenía una modulación que marcara claramente los contrastes entre uno y otro momento del relato. Sea como fuere, «El túnel» es una obra que se juega a la única carta del divo supuestamente magnético y arrollador. Como en aquel «Yo Claudio» (Grec, 2004) de infausta memoria, el personaje es el núcleo sustancial de la obra y todo lo demás, satélites y adornos meramente complementarios. Sería absurdo, claro está, cuestionar la sabiduría interpretativa del veterano actor. De todas maneras, aparece aquí un Héctor Alterio prisionero de su propio histrionismo, el artista que está de vuelta de todo y que se complace perezosamente en el mismo gesto abrumado, en la misma tonada interrogadora y quejumbrosa que acaba fatigando al espectador. Pese a ello, la fuerza emotiva que encierra el relato de Sabato y su trágico desenlace provocan aplausos encendidos al final de la función y al protagonista le llueven bravos generosos.

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