21 de diciembre 2004 - 00:00

Amable pintura de un Buenos Aires extinto

En «De cirujas, putas y suicidas», la directora Lía Jelín armó un simpático cabaret con personajes de la vida porteña hoy casi extinguidos, en base a cuatro monólogos de Roberto Cossa.
En «De cirujas, putas y suicidas», la directora Lía Jelín armó un simpático cabaret con personajes de la vida porteña hoy casi extinguidos, en base a cuatro monólogos de Roberto Cossa.
«De cirujas, putas y suicidas». Sobre textos de: R. Cossa, M. Degracia, C. Pais y R. Perinelli. Dir.: L. Jelín. Int.: G. Masó, P. Brichta, M. Villa, J.P. Reguerraz y los músicos V. Bernasconi (violín) y J.M. Padilla (guitarra). Mús. Orig.: J. Valcarcel y A. Seoane. Esc. y Vest.: A. Bellatti. Ilum.: S. Blutrach. (Teatro del Pueblo.)

En base a cuatro monólogos escritos por Roberto Cossa, Marta Degracia, Carlos Pais y Roberto Perinelli, la directora Lía Jelín armó un simpático cabaret cuya acción transcurre en un típico cafetín de Buenos Aires. En él se dan cita entrañables personajes de la vida porteña, hoy ya casi extinguidos o con serios problemas para adaptarse a los códigos que impone este nuevo milenio.

El único que parece haber sobrevivido a los cambios y a las debacles de las últimas décadas es el amistoso mozo del bar (Gustavo Masó), quien sigue escuchando con amable atención los problemas y las quejas de sus pintorescos parroquianos. Ellos son: el ciruja Cotolengo (Pablo Brichta) que vive bajo la autopista en la más completa miseria, pero que valora la amistad por sobre todas las cosas; la tuerta Franca (deslumbrante trabajo de Mónica Villa) una tierna y desamparada prostituta que nunca pierde el buen ánimo («Yo en vez de desnudarme me sacaba el ojo y chau, triplicaba el jornal») y, por último, el sexagenario, un representante de la clase media (a cargo de Jean Pierre Reguerraz) que en cierta forma se asume como la voz de toda una generación.

Mezcla de intelectual y de periodista curtido en la calle, el sexagenario es un romántico caballero que añora los buenos modales y las estrategias de seducción de sus años mozos. Parece funcionar como un alter ego de su autor, ya que Roberto Cossa, se sirve de él para ironizar y criticar varias cuestiones que lo irritan. Entre ellas, la extraña e incomprensible jerga impuesta por la tecnología y la computación, las palabras que inventan los economistas («para confundir al pobre mortal que no logra entender por qué le va tan mal en la vida») o el uso indiscriminado de «la puteada», que tal como él mismo lo verificó ha dado lugar a situaciones bastante chocantes, como la de una veintiañera diciéndole embelesada a su novio: «Te amo, boludo». «¿Boludo?», replica el autor. «¿Se puede amar -expresión exaltada de los sentimientos-a un boludo? ¿Puede un hombre con riñones dejarse decir boludo por la amada?».

Y así entre anécdotas tragicómicas, canciones desenfadadas (con «malas palabras» incluidas) y la nostálgica evocación de un mundo que se perdió, el espectáculo se disfruta amablemente. La sugestiva ambientación de Alberto Bellatti (un bar hecho con fragmentos de espejos y otros despojos) y el excelente desempeño de todo el elenco enriquecen a esta creación colectiva.

Es probable que muchos espectadores no compartan la marcada tendencia de la obra a denostar la tecnología o a hacer un culto de la nostalgia paralizante. Pero como todo está dicho con humor y a través de un show musical, nadie puede tomarse muy en serio aquello de que «todo tiempo pasado fue mejor».

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