26 de noviembre 2007 - 00:00

Amplia retrospectiva de Oscar Bony en el Malba

«Oscar Bony-El mago» recorre la cambiante obra del artista de 1965 a 2001, desde sus primeras filmaciones en 16 milímetros de los 60, hasta la violencia (foto) que aflora contundentemente en los 90.
«Oscar Bony-El mago» recorre la cambiante obra del artista de 1965 a 2001, desde sus primeras filmaciones en 16 milímetros de los 60, hasta la violencia (foto) que aflora contundentemente en los 90.
La muestra «Oscar Bony. El mago», que acaba de inaugurar el Malba, es la primera gran retrospectiva dedicada a un artista que, desde los inicios de su carrera en la impetuosa década del '60, se destaca por su intensidad.

Curada por Marcelo Pacheco, con el aporte de Victoria Giraudo como cocuradora debutante, la exhibición presenta alrededor de 60 obras y algunas fotografías que van desde 1965 a 2001, y pone el acento en la vida y el pensamiento de Bony. Así, a medida que avanza la historia del joven misionero que en la década del '50 llegó a Buenos Aires para cursar estudios de arte, se van descubriendo una tras otra las múltiples facetas artísticas de un personaje excesivo y perturbador.

La muestra comienza con unas filmaciones en 16 milímetros, realizadas en el año 1965, cuando el video arte daba sus primeros pasos. En uno de los films, que sorprenden por su vigencia, una mujer cumple con el rito de maquillarse; en el otro, más ambiguo, la escena de unos chicos correteando desnudos en la orilla del mar parece flotar en el tiempo, y en la breve aparición de dos adultos se adivina fantasmal el porvenir.

En la misma sala, una instalación de alambre tejido colocadoa modo de alfombra en el suelo, y la imagen del alambrado proyectada en una pantalla, pone al espectador que camina sobre los alambres en una situación compleja. ¿Cuál es el territorio y cuál es límite que demarca el alambrado? La pregunta queda flotando.

En sus escritos, Bony alude a un límite especial, que sólo al artista tiene la virtud de traspasar, cuando dice: «Es el único que posee la facultad, también el privilegio y la responsabilidad, como en la historieta de Mandrake, de pasar la mano a través de un muro invisible hacia el otro mundo y extraer de él esos objetos que serían las obras de arte».

Junto a la instalación de alambre, presentada en las Experiencias Visuales del Instituto Di Tella, y las formas serpenteantes de la «Sinusoide», con la que ganó el Premio Ver y Estimar, figura la foto de la célebre obra «La familia obrera». Experiencias '68, fue según juzgó entonces la crítica a la muestra del Di Tella, «un trance agónico» de artistas (Bony, Suárez, Jacoby, Paksa, Stoppani, Rodríguez Arias, Cancela, Mesejean, Lamelas, Trotta) que habían llegado a un callejón sin salida. Bony contrató para esa muestra un obrero y lo plantó frente al público sobre una plataforma con su mujer y su hijo. En un cartel aclaraba que le había pagado el doble de su salario al matricero, para que permaneciera con su familia en el ámbito museístico del Di Tella. La obra, puso en evidencia y profundizó el abismo que se abría entre la sociedad y las expresiones vanguardistas, y marcó la salida de Bony del escenario del arte.

Pacheco observa que el artista tuvo la rara facultad de reinventarse, de volver a aparecer como «otro Oscar Bony provisorio». De este modo, con una nueva identidad, rescató su oficio de fotógrafo y creó con sus imágenes la estética y el imaginario del rock nacional, el de Almendra, Manal, Los Gatos, Tormenta, Nacha Guevara y hasta el de Palito Ortega.

En 1974 regresó al arte y pintó unas series de cielos y de flores inmensas, que traen el recuerdo de las de Georgia O'Keeffe, obras donde resulta difícil reconocerlo. Poco después, oscilando siempre entre la sensibilidad poética y la violencia, realizó y exhibió unas estupendas y sensuales fotografías de desnudos, algunos de lesbianas y travestis. Lo acusaron de vender pornografía, y en 1977 decidió irse del país. Primero viajó a España y luego a Milán, donde residió 11 años, participó de la transvanguardia italiana, ocupó un lugar en las muestras históricas de esta tendencia, y en 1982 fue invitado a la Bienal de Venecia.

El curador Giancinto Di Pietrantonio, que en 1988 destacaba la «soltura para pasar de un estilo a otro» y la «habilidad para el transformismo» del artista, investigó para la muestra del Malba la trayectoria italiana.

Como prueba del eclecticismo que recién abandonaría casi al fin de su vida, ya instalado en Buenos Aires Bony presentó «De memoria», una serie de instalaciones realizadas con objetos y fotografías de su familia y de su infancia, rescatadas de su extenso archivo personal. Las imágenes, en nostálgico color sepia, ampliadas y colocadas en grandes marcos junto a los objetos que aparecen en la foto, como una camisa recién planchada o una pala, y traen reminiscencias del arte povera, pero con un tono más melancólico que conceptual. El intento de volver el tiempo atrás para atrapar el pasado en imágenes amplificadas, resulta infinitamente triste.

La violencia por momentos contenida de Bony, aflora en la década del '90, en los «Objetos de amor y violencia», « Suicidios» y «Fusilamientos», unos cuadros cuidadosamente enmarcados y perforados a balazos con los vidrios astillados. Estas series desembocan en «El triunfo de la muerte», donde los autorretratos del artista son el blanco de los disparos. El tema de la muerte que ronda estas obras, aparece en las imágenes de una góndola que navega por el Gran Canal de Venecia y carga con la simbología de un ataúd y una parturienta que amamanta su bebé. «El límite», tema y problema de Bony, es el título de esta video performance que el artista registró como infiltrado en la Bienal de Venecia de 1995.

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