11 de junio 2001 - 00:00
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Nacido en 1917 en Hamden, Connecticut, fue bautizado como Ermes Efforn Borgnine. Charles, su padre, era un obrero ferroviario que emigró de Italia a Estados Unidos a los 14 años. Su madre, Anna, pertenecía a una familia refinada de Capri y viajó para asistir a la boda de su hermana. Se casaron y tuvieron a Ernest, pero cuando éste tenía dos años Anna abandonó a Charlie y regresó a Italia llevándose al niño. «Mi padre se iba de juerga con amigotes, era un juerguista. A ella no le gustaba y por eso lo dejó». Sin embargo, Charles, un romántico hasta la médula, la volvió a enamorar desde la distancia. Cuatro años más tarde, ella regresó a Connecticut con el pequeño.
Borgnine era un chico tímido que creció hablando italiano y al que amenazaban con llamar a Al Capone si hacía travesuras. «Mi padre no tenía problemas en darme una paliza si me lo merecía.» Dejó la escuela y se puso a descargar camiones de verdura. No le gustó. El salario, en plena Depresión, 3 dólares semanales, incluía todos los vegetales que pudiera comer. Siempre llevaba sal y pimienta para sazonar los tomates. Fue uno de los jóvenes que respondió a «Alístate en la Marina y verás el mundo».
En 1935 «logré enrolarme gracias a las hemorroides del que estaba antes», comenta riendo. Conoció a tipos malévolos en los que basaría algunas de sus inter-pretaciones: «Había gente que te cerraba la boca de una piña sin perder la sonrisa.Aprendí a vivir entre hombres, a ser auto-suficiente. Comencé a fumar, a ir de juerga, a beber whisky, incluso fui a ver a una... eso pasa. Se olvida la adolescencia y uno se convierte en hombre».
Se licenció en la marina a los 28 años. La idea de volverse actor fue de su madre. «Sin venir a cuento, me dijo: '¿Pensaste en ser actor? Siempre te gustó hacer el tonto, ¿por qué no lo intentas?'. Vi que se abrían las puertas del paraíso. Exclamé: '¡Eso quiero ser!'. Diez años después tenía un Oscar.»
Aquellos diez años no fueron fáciles, golpeó muchas puertas, mendigó un papel. «Descubrí que es tan sencillo como subir al escenario y recitar unas palabras sabiendo su significado, eso es todo; para interpretar no hay que documentarse antes, el truco no es convertirse en otra persona. Uno se transforma frente a una cámara o sobre un escenario. Lo que se debe descubrir es qué escribió el guionista y adaptarlo en el cerebro.»
Su éxito es dar una versión nueva de estereotipos de personas que ya están en nuestra mente. Y lo hace en forma brillante. «Cuando rodé la muerte de Dutch en 'La pandilla salvaje', hubo una larga pausa. Me pregunté por qué el director no gritaba ¡corten! Quien permanecía en silencio era Peckinpah. El motivo: estaba llorando. 'Maldita sea', exclamó al fin. 'Así es como se deberían hacer las películas'.»
Borgnine continúa evocando. Robert Aldrich en «El emperador del Polo Norte» (1973) le dijo que tendría que correr por encima de un tren en marcha. Llevaba 35 años haciéndolo, sólo tendría que acordarse de no mirar hacia abajo. Recuerda a Sinatra, a Montgomery Clift como «el más encantador de todos, lo triste es que nunca supo lo que era, pobrecito», a Lee Marvin, que lo hacia reír con muecas. «Ya están todos muertos», se lamenta.



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