11 de junio 2001 - 00:00

"Antes los films eran morales, a los malos se los castigaba"

Ernest Borgnine.
Ernest Borgnine.
(11/06/2001) No hay que saber mucho de cine para conocerlo. Su especialidad: individuos sudorosos, metidos en líos, que acaban corriendo por encima de vagones, muriendo o matando al bueno. A los 84 años, Ernest Borgnine, actor de reparto por excelencia, está activo. Su film más reciente, «The Long Ride Home», lo hizo subir de nuevo a caballo. Nada para quien ha tenido 5 mu-jeres y recorre EE.UU. en casa rodante -«mi viejo carromato», dice y sonríe con su inconfundible hueco entre los dientes-.

Supo interpretar hombres duros, violentos y superados por las circunstancias. Fue Fatso Judson, desagradable sargento que mató a Frank Sinatra de una paliza en «De aquí a la eternidad» (1953); Dutch, uno de los desesperados de «La pandilla salvaje» (1969); prisionero de guerra en «Doce del patíbulo» (1967) y el primero que enloquece cuando un avión se estrella en el desierto en «El vuelo del Fénix» (1965). A menudo muere. Le sale muy bien. Hace tipos que acaban mordiendo el polvo. El National Film Theatre británico le dedicó un ciclo de cine que valora su trayectoria.

Vive en la parte alta de Beverly Hills, con su quinta esposa, Tova Traesnaes, una noruega que fabrica productos de cosmética antienvejecimiento a partir del cactus. «Estiramiento facial en frasco», dice y no tiene reparos en confesar que los usa. Quizá por eso no parece mucho más viejo que algunos de los persona-jes que interpretaba hace casi medio siglo.

Opina que el mundo ha cambiado una barbaridad. Le disgustan muchas cosas de hoy, pero se las toma con humor. Una son los insultos. «Las compuertas se abrieron cuando Clark Gable dijo: 'Para serte franco, cariño, me importa un bledo', y a alguien se le pararon las orejas y dijo: 'De acuerdo, ¡allá vamos!'. Antes, los guionistas escribían películas maravillosas sin recurrir a los términos malsonantes.Ahora parece que no pueden decir tres palabras seguidas sin añadir una fuera de tono.»

Acaba de terminar la filmación de «The Long Ride Home», de Eric Roberts, hermano de Julia, donde «no se dicen insultos». Se sintió a gusto. «Después de 32 años volví a montar a caballo, y me sentí genial. No lo hacía desde 'La pandilla salvaje'. Les dije: '¿Quieren ver cómo subo ahora? ¡Traigan una escalera!'. Y subí al caballo. Me sentí de nuevo como en casa.»

En el salón hay fotos donde se lo ve con Gene Autrey y James Stewart, con George Burns, con los Reagan... «Ronald Reagan era un gran aficionado a los productos de mi esposa», cuenta. Hay un póster de «Marty» (1955), película que le dio un Oscar, en la que encarnó en forma increíble a un carnicero solitario y melancólico. Se ha mantenido fiel a ciertos principios: «Todo lo que hago tiene contenido moral. Trabajé en películas con tiroteos como 'La pandilla salvaje', que inició la moda de las encharcadas en sangre. Pero en todas existía una moraleja: al final los malos obtienen su merecido. Y así era».

Nacido en 1917 en Hamden, Connecticut, fue bautizado como Ermes Efforn Borgnine. Charles, su padre, era un obrero ferroviario que emigró de Italia a Estados Unidos a los 14 años. Su madre, Anna, pertenecía a una familia refinada de Capri y viajó para asistir a la boda de su her-mana. Se casaron y tuvieron a Ernest, pero cuando éste tenía dos años Anna abandonó a Charlie y regresó a Italia lleván-dose al niño. «Mi padre se iba de juerga con amigotes, era un juerguista. A ella no le gustaba y por eso lo dejó». Sin embargo, Charles, un romántico hasta la médula, la volvió a enamorar desde la distancia. Cuatro años más tarde, ella regresó a Connecticut con el pequeño.

Borgnine era un chico tímido que creció hablando italiano y al que amenazaban con llamar a Al Capone si hacía travesuras. «Mi padre no tenía problemas en darme una paliza si me lo merecía.» Dejó la escuela y se puso a descargar camiones de verdura. No le gustó. El salario, en plena Depresión, 3 dólares semanales, incluía todos los vegetales que pudiera comer. Siempre llevaba sal y pimienta para sazonar los tomates. Fue uno de los jóvenes que respondió a «Alístate en la Marina y verás el mundo».

En 1935
«logré enrolarme gracias a las hemorroides del que estaba antes», comenta riendo. Conoció a tipos malévolos en los que basaría algunas de sus inter-pretaciones: «Había gente que te cerraba la boca de una piña sin perder la sonrisa.Aprendí a vivir entre hombres, a ser auto-suficiente. Comencé a fumar, a ir de juerga, a beber whisky, incluso fui a ver a una... eso pasa. Se olvida la adolescencia y uno se convierte en hombre».

Se licenció en la marina a los 28 años. La idea de volverse actor fue de su madre.
«Sin venir a cuento, me dijo: '¿Pensaste en ser actor? Siempre te gustó hacer el tonto, ¿por qué no lo intentas?'. Vi que se abrían las puertas del paraíso. Exclamé: '¡Eso quiero ser!'. Diez años después tenía un Oscar.» Aquellos diez años no fueron fáciles, golpeó muchas puertas, mendigó un papel.

«Descubrí que es tan sencillo como subir al escenario y recitar unas palabras sabiendo su significado, eso es todo; para interpretar no hay que documentarse antes, el truco no es convertirse en otra persona. Uno se transforma frente a una cámara o sobre un escenario. Lo que se debe descubrir es qué escribió el guionista y adaptarlo en el cerebro.»

Su éxito es dar una versión nueva de estereotipos de personas que ya están en nuestra mente. Y lo hace en forma brillante. «Cuando rodé la muerte de Dutch en 'La pandilla salvaje', hubo una larga pausa. Me pregunté por qué el director no gritaba ¡corten! Quien permanecía en silencio era Peckinpah. El motivo: estaba llorando. 'Maldita sea', exclamó al fin. 'Así es como se deberían hacer las películas'.»

Borgnine continúa evocando. Robert Aldrich en «El emperador del Polo Norte» (1973) le dijo que tendría que correr por encima de un tren en marcha. Llevaba 35 años haciéndolo, sólo tendría que acordarse de no mirar hacia abajo. Recuerda a Sinatra, a Montgomery Clift como «el más encantador de todos, lo triste es que nunca supo lo que era, pobrecito», a Lee Marvin, que lo hacia reír con muecas. «Ya están todos muertos», se lamenta.

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