2 de enero 2004 - 00:00
"Aquí todo es delirante y real como en mis relatos"
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Periodista: ¿Por qué su libro se llama «Hombres como médanos»?
Inés Fernández Moreno: En las pausas a la escritura de cuentos, leía «El gen egoísta», donde Richard Dawkins explica que los genes van atravesando todas las formas de vida, a las que usan como recipientes. Da lo mismo que sea una planta, una persona, un animal, lo principal es que el gen vaya atravesando los tiempos, él es el inmortal. Esos recipientes cambiantes son como médanos, como arena moviéndose en el desierto. Esa imagen de lo efímero me llevó a imaginar una función, la del amante, que va siendo ocupada por quien nos toque en cada momento, ese ser cambiante ha sido establecido por el imperio genético del amor. También esos médanos surgían en mi desde otro lugar: me pensaba a los 50 años en mi caserón de Villa Urquiza escuchando como mis hijos me traían noticias del mundo, de pronto vino el viento y sopló, y fui a parar a Marbella, en un momento en que no era lógico que emprendiera una aventura de ese tipo.
P.: ¿Es una antología de su obra cuentística?
I.F.M.: No. Yo tenía un nuevo libro, «Hombres como médanos», y en la editorial, dado que mi libros anteriores de cuentos, «La vida en la cornisa» y «Un amor de agua», estaban agotados, me propusieron que en vez de reeditarlos, los uniera a lo nuevo e hiciera un libro más completo donde incluía todo. No está todo, un puñado de relatos quedaron afuera. Repasando esos textos descubrí que he ido escribiendo distintas versiones de los mismos temas: los sentimientos, las ilusiones, el tiempo. Las cosas que me conmueven están siempre en el mismo registro.
P.: ¿Eso le ha dado más lectoras que lectores?
I.F.M.: Tengo una llegada muy particular con ellas. Teniendo una mirada femenina, debo tocar temas y expresar sentimientos afines al mundo de la mujer, una aproximación a lo cotidiano distinta a la que tienen en general los hombres, pero ellos también disfrutan de esa versión distinta de la realidad. Yo esa sensibilidad femenina busco aplicarla literariamente.
P.: ¿Por qué han surgido tantas escritoras?
I.F.M.: Las mujeres salieron al escenario y se vio que ofrecían algo especial, distinto. Sobre la escritura femenina siempre planeó cierta descalificación. Cuando digo que escribo cuentos, me preguntan: ¿para chicos?. Se supone que siendo mujer tengo que ocupar el lugar tradicionalmente aceptado, el de madre que cuenta cuentos a sus chicos. Las mismas mujeres, a pesar de haber tantas escritoras destacadas, tienen esa misma visión. Antes eso era una drama para mujeres talentosas. Mi abuela escribía y tenía que esconder sus poemas en la caja de los pañuelos. ¿Podía escribir estando al lado de un monstruo como Baldomero (Fernández Moreno)? Era una secretaría perfecta, le pasaba todo a máquina. Que ella también escribiera poesía era de una impudicia total. Recién a los 80 años, ya viuda, publicó sus primer libro de sonetos.
P.: ¿De qué tratan sus nuevos cuentos?
I.F.M.: Algunos están muy pegados a la realidad, inspirados en las pérdidas que vivió la clase media en el país. Mi cuento «En extinción», que ganó el premio Max Aub, trata de programas de preguntas y respuestas que ofrecen una forma mágica de ganar dinero, y donde, en la medida de la caída de los sectores medios, aparecieron profesionales: abogados, contadores, ingenieros, médicos. Sumó a esa problemática de la pérdida de los valores en los que crecimos y nos educamos, la personal de pasaje a la madurez avanzada.
P.: ¿Cómo surgen sus cuentos?
I.F.M.: Me atraen los personajes y situaciones disparatadas. Me contaron de una mujer que tiene un amante y le lleva pascualina en un táper al albergue transitorio donde se encuentran. Era un cuento de los que me gusta escribir. Otras veces me dicen tengo una historia que es un cuento para vos, y nada que ver. La gente que no escribe piensa que la que escribe tiene que expresar cosas que a ella le produce extrañeza y se proyectan.
P.: ¿Qué encuentra en su vista a Buenos Aires?
I.F.M.: Que me nutre permanentemente de cuentos, algo que no me sucede en España. Llego acá y me regalan relatos. Tengo que poner a mi perro en una guardería. Voy a una. El dueño se llama Rony, un nombre de perro. Me dice que en su negocio además hay un jardín de infantes. Pienso: acá son capaces de mezclar una veterinaria con un jardín para chicos, pero no, es para perros. Me explica: a los perros le organizamos actividades, a la mañana juegan a la pelota, luego con aros; después pasan a una sala con televisores y alfombras para que vivan el ambiente familiar que necesitan. Y si son un poco rebeldes, tenemos un cuarto especial y pedimos a 'los papás' que hagan un período de adaptación. ¿Cómo se llama su 'nene'?». Es delirante y real, me pasó y podía ser uno de mis cuentos. Todo el tiempo en Buenos Aires uno tropieza con historias que parecen nacidas de la imaginación desatada de un narrador.
P.: ¿Heredó del poeta Cesar Fernández Moreno esa capacidad de descubrir lo insólito en lo cotidiano?
I.F.M.: Mi viejo veía lo que otros no veían. Me asombraba su curiosidad por la gente y su capacidad de capturar en una frase una conducta típicamente argentina. Quizá heredé algo de eso.
Entrevista de Máximo Soto



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