13 de febrero 2002 - 00:00
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Jesús Díaz
Periodista: ¿Les resulta dificil novelar lejos de la Isla?
Zoé Valdés: No, porque soy muy novelera donde quiera que esté. Mi visión de La Habana es siempre la misma, dolorosa y jubilatoria al mismo tiempo. Hermosa porque es la ciudad de mi infancia, y la infancia no cambia nunca. La nostalgia y el exilio los he vivido de la manera más creativa y productiva posible. Como persona mi visión es mucho más amplia, sobre Cuba y sobre el mundo. Me doy más cuenta de que esclavos somos los cubanos de nuestra historia, y de lo difícil que es que nuestra tragedia sea reconocida por el mundo entero, dado que el mundo no va mucho mejor.
Jesús Díaz: Novelar bien, o intentarlo, es difícil siempre, dentro o fuera de la isla. Yo había escrito 2 novelas en Cuba, «Las iniciales de la tierra», prohibida durante 12 años antes de publicarse en 1987, en Madrid y La Habana, y «Las palabras perdidas», que apareció en 1992 en Barcelona y nunca en Cuba. Cuando salí al exilio tenía miedo de no poder escribir, pero desde entonces he publicado otras 4 novelas. Sólo la primera de ellas, «La piel y la máscara», transcurre en La Habana, las demás se van separando progresivamente. La nostalgia puede provocar fuerza o parálisis, a mí me provoca fuerza, quizá algún día la use para regresar a La Habana.
J.D.: Depende, unos sí y otros no. Fernando Savater y Cees Notebom, por ejemplo, lo entienden perfectamente; José Saramago y Manuel Vázquez Montalbán no. Algunos se acercan a Cuba con ignorancia y prepotencia brutalmente coloniales, van 2 semanas o 2 meses, se instalan en una suite, y luego hacen un discurso, un libro o una película dando lecciones de moral. Hay casos que me duelen como el de Joaquín Sabina que acepta, calla o desconoce brutales taras de allá que jamás toleraría en España, como el presidio político o la falta de libertad de expresión.
Z.V.: No podemos generalizar, creo que hay intelectuales que lo entienden, y otros que hacen la vista gorda por pendejos, por políticamente correctos, ¡yo que sé! Ahora se celebra la Feria del Libro de La Habana. Van algunos intelectuales y editores, otros no. Bravo por los que no van. Los otros tendrán sus razones, ninguna del lado humano y cubano, allá ellos; la historia dirá. No entiendo cómo se puede participar de una feria donde cada stand estará enmarcado en una celda donde fueron torturados tantos pensadores e inocentes cubanos, donde fueron fusilados cientos de miles, donde Reynaldo Arenas pasó 2 años de carcel.
P.: Las críticas de Reynaldo Arenas o Cabrera Infante ¿se perciben como exageraciones o se aceptan de buen grado?
Z.V.: Quien tome las críticas de cualquier escritor cubano, o sea de las víctimas del régimen, como exageraciones, o es un malvado o es un colaborador.
J.D.: Arenas y Cabrera Infante fueron adelantados en la crítica al castrismo y les tocó pagar un altísimo precio por ello.
P.: ¿Circulan sus libros en Cuba?
Z.V.: Clandestinamente. Recibo notas que dicen de manera escueta pero elocuente: Te recordamos desde «La nada cotidiana», y se me aprieta el corazon. No sé si cambian mis libros por comida, se venden a 30 dólares, aunque se puede regatear. Es demasiado caro si se considera que el salario mínimo es de 5 dólares mensuales. He sabido por un periodista francés que la orden dada a los editores franceses es que no quieren ver mis libros ni en pintura.
J.D.: Mis libros no circulan oficialmente en Cuba, ni estan en la Feria. Una vez dediqué un ejemplar de «Las palabras perdidas», y el destinatario me confesó que lo había vendido, que al estar dedicado le pagaron más y que el importe le sirvió para comer durante una semana. Al principio me molesté, pero después le dediqué otros 3 ejemplares. Eso valen mis libros, comida para una semana.
J.D.: Me fui porque no tenía valor para ir a la cárcel, y no quería seguir bajo una dictadura que convierte a los cubanos en seres de segunda. Para volver me haría falta un proyecto, lo tengo, es «Encuentro de la Cultura Cubana», la revista y el diario, que pasarían a editarse en Cuba; y que haya un espacio en el que se pueda luchar abiertamente por la democracia, sólo ocurrirá cuando Castro pase a la historia. La situación cubana es más catastrófica que la de la Argentina. Esta afirmación provocará el rechazo de muchos, pero puedo probarla.
Z.V.: Me imagino a una Cuba libre próspera económicamente, insertada en el mundo, donde la gente pueda expresar sus opiniones. Donde la insularidad sirva más para la poesía que para aislarnos del resto. Ansío una Cuba democrática donde se respeten los derechos humanos. Me fui por la falta de libertad, por la violación constante del individuo, porque no podía callar más. Y tenía como opciones, la cárcel o el exilio. Para volver será necesario que existan todas las libertades a las que cualquier ser humano tiene derecho, que desaparezca Fidel Castro y sus secuaces. No viviremos inmediatamente la felicidad, no. Las secuelas morales, sociales, económicas y políticas del castrismo quedarán como hondas cicatrices que deberemos sanar juntos los de adentro y los de fuera. Cuba sufre mucho más de lo que sufre hoy Argentina desde hace mucho más tiempo; los cubanos ni siquiera pueden lanzarse a la calle porque los tanques les pasan por arriba. La pruebas han sido las manifestaciones del 5 de agosto del 95, los fusilamientos del 89, y los de principio de la revolución, fueron cientos de miles de fusilados. Hoy en día Cuba representa uno de los países más pobres del planeta, con un nivel de prostitución incluida la infantil que da grima. ¿Por qué no se dio en Cuba, un país socialista, el fenomeno de la Carta de los 77 en Checoslovaquia, o de Solidaridad en Polonia? Porque todo el dinero se ha dedicado a controlar ferreamente a cada individuo, a hacer de cada uno potencialmente un delator.
Castro ha hecho de Cuba su finca personal y a los cubanos los maneja como a un rebaño de corderos. Aunque algunos se han rebelado. Conozco a Ernesto Díaz, poeta, que fue condenado a 40 años de carcel, e hizo 22; Eusebio Peñalver, negro, luchó junto a Castro, 28 años de presidio; Mario Chanes, 36 años de cárcel, más que Mandela. A Chanes le nació su hijo mientras estaba prisionero, y su hijo murió y él seguía preso. Chanes es un héroe, de los que se llamaron Presos Plantados que pasan el presidio desnudos hasta que no reconozcan sus derechos como presos políticos. El día de la muerte de su hijo le dijeron que podía ir al entierro y le dieron ropa de preso común para que abandonara la huelga que había iniciado hacía decadas; no aceptó, y no le dejaron ir. ¿Por qué se muestra sólo lo que ocurre en Argentina? ¿Por qué nadie exige entrar en las carceles cubanas?
P.: ¿A qué se debe el «boom» de la literatura cubana? ¿Quiénes lo tienen más fácil, los cubanos del exilio o los de la Isla?
Z.V.: Los cubanos de la isla siempre lo han tenido más fácil. Recuerdo cuando salió Reynaldo Arenas, escuché a un funcionario cubano decir que debían inventar a un escritor homosexual que contrarrestara desde dentro a Reynaldo. Y para eso siempre están dispuestos los colaboradores internacionales de la dictadura, que pululan en los premios literarios y en las editoriales. Es curioso que siempre los funcionarios cubanos están tras mi pista; si hago un disco con Naive, ahí envian a sus musicos para que saquen un disco con ese sello. Si me paso a Gallimard, ahí envian a sus emisarios, homosexuales si es posible.
Nunca lesbianas, claro (creo que sólo una ha salido). Pero con preferencia homosexuales machistas para lavar la imagen de lo de Reynaldo luego de sus memorias y de la excelente pelicula de Julian Schnabel.
J.D.: Hay de todo en la viña del señor, moda, sensibilidad y talento. También una de las literaturas más notables de la lengua a partir del XIX, desde Cirilo Villaverde (murió en Nueva York), hasta José Martí, (murió en Cuba); desde Lino Novás Calvo (murió en Miami), hasta Nicolás Guillén (murió en Cuba). Vivir en Cuba es un plus para el mercado; en cambio, hacerlo en Miami en un minus. Eso explica que un narrador tan bueno como Carlos Victoria no haya sido publicado en España.



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