10 de noviembre 2005 - 00:00

Atractivo panorama del tango actual

La Chicana,con sucantanteDolores Solá,uno de losgrupos ysolistas queregistraTango, un giroextraño»,ilustrativodocumentalsobre lasactuales líneasque renuevanla músicaciudadana.
La Chicana, con su cantante Dolores Solá, uno de los grupos y solistas que registra Tango, un giro extraño», ilustrativo documental sobre las actuales líneas que renuevan la música ciudadana.
«Tango, un giro extraño/ Tango, a strange run» (Argentina-EE.UU., 2005, habl. en español). Guión y dir.: M. García Guevara. Documental.

Quien quiera apreciar -o mostrarle a sus conocidos- un variado panorama de las actuales líneas que renuevan el 2x4, aquí lo tiene con buena fotografía y muy buen sonido (aunque, por supuesto, disfrutar esto último depende bastante de la sala). Como es lógico en este tipo de documentales, siempre va a queda gente afuera, o alguno de los que aparecen ocupa un espacio desproporcionado en relación con los otros, o da esa impresión, pero el conjunto es bien ilustrativo.

Tampoco es toda gente nueva: la continuidad se manifiesta con la inserción de unos cuantos registros de archivo, siempre bienvenidos. Ahí alternan desde el Quinteto Pirincho, de Aníbal Troilo, hasta el Quinteto de Astor Piazzolla, pasando por las orquestas de Osvaldo Pugliese y El Lecherito, el rostro de Tita Merello en la primera cinta sonora argentina, y la aparición de Gardel haciendo la segunda parte de «Yira, yira». La primera está a cargo de Las Muñecas, que como ya sabrán los iniciados, no son unas lindas nenas de porcelana, sino unos flacos guitarreros con una cara que si uno los ve cuando va solo se cruza a la vereda de enfrente. Pero se llaman así, porque tienen muñeca. Su guía espiritual es Mario Argentino Bulacio, el del Salón Catedral («un museo del despojo», dice), y su cuna debe haber sido un conventillo. No todos son como ellos.

Otro artista descubrió el tango en New York, donde la madre era cantante de ópera. Un compositor encontró a su musa en Madrid. A la vista, la decoración del piso donde ensayan no sugiere que hagan precisamente música de tango. Ni un tema parece serlo, a juzgar por su título original en inglés. Hasta que se lo escucha. Pero esa gente también expresa la canción porteña. Además, siempre fue así (baste recordar la vida de Piazzolla). Acaso el tango sea tan polimorfo como el peronismo, y permita tantos acercamientos distintos, y acaso disímiles, como los de la nueva generación que acá vemos. Ese es, precisamente, el giro extraño al que se alude. Pero la película no entra en vericuetos filosofales. Inteligentemente, la autora, Mercedes García Guevara, la misma de aquel interesante relato sobre las elecciones afectivas llamado «Río Escondido», no opina. Se limita a dejar que hablen los artistas, en confesiones fuera del escenario, o, preferentemente, en el mismo, a través de sus temas. Y matiza esas partes con otras de tangueros casi anónimos (un maestro de baile, una veterana de la milonga, etc.), y con ilustrativas pasadas por un colegio de niñas, un bar de billares, una zapatería de barrio, el cementerio de la Chacarita, un festival callejero, una feria con singulares posters de algunos ídolos argentinos, etc. La ciudad también es polimorfa, e inabarcable.

Para apreciar: Acho Estol y La Chicana, con su cantante Dolores Solá (casi protagónicos), Brian Chambouleyron («Araca, corazón»), 34 Puñaladas, Iaies y Mainetti, Fernando Otero y su conjunto, Mayra Galante, lenta, de blanco, dan ganas de seguirla mirando, Gimena Aramburu, el marinero Osvaldo Montes (lástima que, justo él, no diga nada), y un digno etcétera. Da para otro giro.

P.S.

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