Audaz show sobre Molière

Espectáculos

«Las mujeres sabias» de Molière. Versión, Esc. y Dir.: W. Landín. Int.: G. Araujo, L. Campos, R. Terranova y elenco. Dir. Mus.: C. Tello. Coreog.: M.A. Elías. Vest.: N. Ponce. Ilum.: M. Morales y W. Landín. (Teatro San Martín.)

Se dice que Molière se valió de esta comedia para ridiculizar a muchos de sus enemigos, entre los que figuraban varios enciclopedistas celosos de su amistad con Luis XIV, y algunos literatos de poco vuelo que frecuentaban los salones de ciertas damas con fama de sabihondas.

«Las mujeres sabias» fue estrenada en 1672 y aunque quizás no esté a la altura de otras comedias de Molière, sus personajes siguen teniendo un gran potencial cómico: la esposa dominante y con ínfulas de académica; el marido apacible y calzonudo; la cuñada solterona que en su chifladura cree que todos los hombres la codician; las dos hijas casaderas (una que deja al novio por la filosofía y la otra, inculta y querendona, que lo recibe en sus brazos); la cocinera eficiente pero malhablada, y, por último, el pomposo Trissotin (Tritontín en las traducciones hispanas), hombre necio y trepador a quien la dueña de casa trata como un dios por considerarlo un gran poeta y erudito.

La puesta de Willy Landín es tan impactante como entretenida, y se apoya fundamentalmente en la utilización de anacronismos y citas de actualidad (moda, política, hábitos y tendencias culturales, etcétera). De entrada, el público celebra con aplausos la música ejecutada en vivo, la ingeniosa intervención de un contratenor (solicitando apagar los celulares) y, finalmente, la aparición de un frondoso paisaje de cartón pintado que emerge de las entrañas del escenario al mejor estilo Broadway. El encanto artesanal de algunos efectos, que remedan la maquinaria del teatro barroco, tiene su contrapartida en otros recursos de tecnología más reciente, como por ejemplo el video game que se infiltra en la escena de caza. También se hace uso de una ecléctica banda sonora (una ocurrencia similar a la que tuvo Sofía Coppola en su film «Marie Antoinette») y de gags coreográficos muy efectivos.

La labor del elenco es más que correcta, pero da la impresión de que faltó tiempo de ensayo para trabajar a fondo los pasos de comedia. Algo de la comicidad molieresca parece haberse desdibujado entre tantos inserts humorísticos afines a la comedia televisiva y al varieté.

Landín, de reconocida trayectoria como régisseur, llamó la atención del público porteño con sus jocosas versiones de «El barbero de Sevilla» y «Les mamelles de Tiresias». Aquí vuelve a mostrarse como un director audaz y lleno de ideas, que sin traicionar la pieza de Molière (y sólo dejando fuera un par de chistes intraducibles y alguna que otra perorata de difícil digestión) logró transformarla en un gran show.

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