19 de julio 2001 - 00:00

Aun sin ser espía, Connery convence

Sean Connery.
Sean Connery.
«Descubriendo a Forrester» («Fin-ding Forrester», EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: Gus Van Sant. Int.: S. Connery, R. Brown, F. Murray Abraham, A. Paquin y otros.

Antes de encontrar a Forrester, el alguna vez director independiente Gus Van Sant había ido en busca del destino, con la bien intencionada lección de vida que protagonizó Robin Williams.

Ahora repite la fórmula, y si bien la intención de hacer algo parecido a aquel éxito de taquilla queda en evidencia desde el afiche, al menos hay dos elementos que vuelven a «Descubriendo a Forrester» más interesante que la anterior «En busca del destino».

Para empezar, el cambio de Robin Williams por Sean Connery. Y la música, que en este caso ocupa un lugar protagónico, más sorprendente e imaginativo que lo que se ve en la pantalla (el soundtrack incluye algunos temas soberbios de Miles Davis, en algunos casos pasajes de la mítica sesión de grabación del disco «Bitches Brew»).

El film es un buen vehículo para que Connery demuestre que no tiene por qué andar siempre haciéndose el espía con licencia para matar. Su hosco intelectual impone mucho más respeto que el ladrón reblandecido de «Emboscada» -y en alguna medida da la impresión de que la composición del personaje partió de algún sitio similar al que hizo en «La roca».

De cualquier modo, un poco de acción no le vendría mal a un film lleno de alegatos y momentos cristalinos tan esperanzados como vacíos. Porque lamentablemente «Descubriendo a Forrester» es una de esas películas que proponen ser «como la vida misma», pero terminan siendo más artificiosas que la más inverosímil aventura de James Bond.

Connery es un legendario autor encerrado en una vida de ermitaño luego de publicar su gran obra. El destino hace que su vida se cruce con la de un talentoso chico negro del Bronx. El viejo sabio encuentra un discípulo, que al mismo tiempo que logra el apoyo necesario para salir del ghetto, debe enfrentar esas conflictivas decisiones eternamente presentes en toda muestra de existencialismo hollywoodense.

Del estilo visceral pero al mismo tiempo estético que
Gus Van Sant había exhibido al principio de su carrera -en films como «Drugstore Cowboys»- sólo queda lo estético. Cada plano está muy cuidado, la fotografía es perfecta y muy adecuada para la dirección de arte de cada secuencia. Pero lo que falta es algo que le dé vida a una historia que, más allá de la calidad técnica y actoral, según el gusto de cada espectador, puede llegar a ser amena y sensible o difícil de ver.




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