14 de noviembre 2001 - 00:00

Avatares de la TV

Ni los premios Konex escapan hoy a las generales de la ley: elaborar una interminable lista de rubros a fin de satisfacer a la mayor cantidad de gente posible. Así, el martes a la noche se pudo ver por «Canal 13» la entrega destinada al mundo del espectáculo de la última década en otra tediosa transmisión que los conductores (Eduardo de la Puente y Federica País) intentaron en vano hacer llevadera para el espectador. Cuando llegó el turno de la mejor actriz de TV de la década, por ejemplo, al ver que las premiadas eran tres -Lydia Lamaison, Inés Estévez y Mercedes Morán-De la Puente intentó evitar los discursos con un «si recorremos todas sus trayectorias, no terminamos nunca más, así que felicitaciones de nuevo». Pero, no hubo caso, hablaron las tres.

Pese a que, con buen criterio, la Fundación Konex dividió los rubros en música, teatro, cine y televisión, no se logró eludir las habituales mezclas extrañas. Antonio Gasalla, Jorge Marrale, Arturo Puig y Rodolfo Ranni compitieron por mejor actor de TV. Ganó Marrale y el único que no aplaudió ni rió fue Gasalla. Lo mismo pasó en el rubro «unipersonal», donde competían el transformista Fabio «Mosquito» Sancinetto con Alfredo Casero, Ana María Bovo y Eduardo Tato Pavlovsky. Ganó Pavlovsky ante el rostro descompuesto de Sancinetto. Casero directamente no fue. Otro que no pudo ocultar la decepción -ni cuando Ricardo Darín, el ganador le dedicó el premio-fue Ulises Dumont que compartía las nominaciones a mejor actor de cine también con Federico Luppi y Miguel Angel Solá.

Hubo discursos en defensa de la vapuleada cultura nacional y llamados a la movilización, empezando por el del presidente de la Fundación Konex, Luis Ovsejevich, quien acusó «a la corrupción política» por «la destrucción ética que atraviesa el país». Cuando le tocó agradecer su premio como mejor productor teatral, un asombrosamente delgado Carlos Rottemberg propuso «no mezclar la crisis del teatro, que no existe, con la del negocio teatral que sí es un problema».

El cruce entre los reality shows ha llegado a su máxima expresión: al de los actores, que ya era una réplica del encierro de «Gran hermano» pero con famosos, le sumaron tres mujeres voluptuosas que se pasean en bikini, igual que las de «Confianza ciega», aunque presentadas en el caso como «personal doméstico». En «El bar», aunque los participantes ya venían haciendo clips como si fueran artistas, las clases de tango que tomaron hace unos días recordaron a «Popstars». Y para seguir con los cruces (que llevan a dudar si la cola de turno es la de Pamela o la de Emilia Mazer) a los de «Gran Hermano» les mandaron un tucán y les armaron algunos desafíos físicos. El bicho y los participantes trepando y jugando carreras con obstáculos recordaba a «Expedición Robinson», pero sin desnutrición y cansancio. Sólo el del espectador, en el segundo caso.

Satura la manía de subestimar al televidente que tienen algunos programas. Aunque Marley venga recorriendo el mundo (ya van varios años que hace lo mismo) con sus programas de viajes en «Canal 13», sigue cometiendo furcios como actitud pedagógica: pretende explicarle al público cuestiones que él desconoce. Por caso, el conductor anunció: «imágenes nunca antes vistas en la televisión argentina» y dio paso a la zona roja de Amsterdam, una de las primeras atracciones para cualquier turista que visite la ciudad, y de la que han salido notas hasta el cansancio. «Es la zona roja más importante del mundo», discurrió, y luego agregó que «los bares de la zona roja están atendidos por travestis semidesnudos». En otro bloque, ya no en Holanda sino en Malasia, Marley se escandalizó por las exóticas comidas del país. Por lo visto, y sin exigirle haber leído a Malinovsky o Levi-Strauss, el conductor no parece haber tenido contacto ni con el manual más básico de antropología. Eso sí, el famoso de turno que lo acompaña en cada viaje siempre está menos informado que él, como para que se luzca a costas de la ignorancia ajena.

Resultó ocurrente y mostró buen manejo de la intriga el último capítulo de «Tiempofinal». Si hay algo que atemoriza a cualquier persona es un quirófano, pero el momento crítico llega cuando se aproximan cirujanos, anastesistas y enfermeras dispuestos a operar. Algo de eso pudo verse en el capítulo donde Juana Molina interpretaba a una anestesista perturbada, que anhelaba vengarse de su antigua pareja. La víctima era el mujeriego encarnado por Oscar Martínez, quien no logró zafar de la enloquecida mujer. Dopado con todo tipo de medicamentos, la «vendetta» de Molina consistió en castrar al mujeriego e implantarle siliconas.

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