14 de junio 2002 - 00:00
Avatares de la TV
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•Lo de Mario Pergolini sigue siendo una paradoja: continúa mostrándose intolerante hacia aquellos que lo critican mientras que en su programa «CQC» no hace más que mofarse, junto a su barra, de políticos, actores, periodistas y anónimos. En el último programa el trío parodió a Marcelo Tinelli por el tono «serio y crítico» que adoptó desde que comenzó la nueva temporada de «El show de Videomatch»: «No tuvimos esta semana la cuota diaria de demagogia -vociferaba Pergolini-porque ayer levantó el programa (no se emitió «El Show de Videomatch» por la muerte de la abuela de Tinelli) así que aportemos lo nuestro: ´Vamos argentina, danos una alegría, tenemos que estar más unidos que nunca, ya vamos a salir de la crisis». Pergolini viene canchereando en contra de Tinelli bajo el ala de Adrián Suar (Canal 13) y también aprovecha cada vez que puede para criticar a «América». También se quejó Pergolini por las críticas que recibieron sus noteros por la cobertura en el mundial y presentó orgulloso los informes: noteros besando japonesas y robándoles cerveza a los turistas porque cuesta 7 dólares. Todo un hallazgo.
•En cambio, «Los simuladores» (Telefé) es sin duda el mejor programa nuevo en lo que va del año: conjuga el ingenio del guión, buenas actuaciones, el cuidado de los detalles y un público que ya es incondicional (el último programa logró 19.4 y el anterior había medido 21.8). El capítulo del miércoles, «Marcela & Paul», mostró el simulacro ideado por los cuatro protagonistas para transformar a una madre depresiva en una mujer radiante y llena de vida. Tras las averiguaciones de rigor, descubrieron que se trataba de una «beatlemaníaca» y le hicieron creer que Paul Mc Cartney estaba en la Argentina. La mujer se fue creyendo los indicios hasta que lograron su objetivo: se encontró a solas con el «clon» de Paul, que era un carnicero con un asombroso parecido, y un músico de Danger Four, utilizado para cantar y hablar en inglés. Ambos se iban alternando detrás un mueble con tal ingenio que no peligró la verosimilitud. No tuvo desperdicio el momento en el cual el carnicero se disponía a besar a la mujer pero ella, en cambio, prefirió una escena de sexo oral. «Los simuladores» lograron -como siempre-que la mujer superara la depresión en menos tiempo del que requiere una terapia ortodoxa.


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