31 de julio 2002 - 00:00

Barenboim siguió con su Beethoven de lujo

Recital de Daniel Barenboim. Sonatas de Beethoven N° 2 en La Mayor, N° 17 en Re Menor, «La Tempestad»; N° 10 en Sol Mayor y N° 26, «Los adioses». (29/7, Teatro Colón. Org.: Mozarteum Argentino.)

Daniel Barenboim
acaba de concretar la odisea de cualquier director de orquesta, una «integral» de las óperas de Richard Wagner que fue seguida con interés en todo el mundo; ahora, en Buenos Aires, está cumpliendo otra como pianista, interpretar la «integral» de las 32 Sonatas para piano de Beethoven, un testimonio de su evolución que es también la de su tiempo, incluyendo el paso del clasicismo al romanticismo.

Barenboim
se propone ejecutarlas en ocho veladas, y no las dispuso en orden cronológico, atento a que por obvias razones económicas, o de falta de tiempo, no son muchos los argentinos que pueden asistir a todas. De manera que distribuye, en cada presentación, sonatas clásicas, del período intermedio y de la producción de madurez; así a la evolución que a la que se aludía en el primer párrafo se puede asistir en una noche.

Además, como el pianista está seguro de su convocatoria y de su propuesta, aceptó «ir a bordereaux» (que en la jerga teatral es aceptar un porcentaje de los ingresos en boletería). Y como le sucede a menudo en las grandes capitales, ya hoy es difícil conseguir un ticket para alguna de estas veladas. Repetirá la experiencia en Europa y EE.UU., pero privilegió a sus compatriotas ofreciendo la primera serie en ésta, su ciudad natal.

Tratándose de uno de los músicos con más trascendentes de la actualidad en el plano mundial, rubrica ser merecedor de tan destacado lugar en cada presentación, convirtiéndola en un acontecimiento. Desde los primeros compases de la Segunda Sonata ya quedó claro, una vez más, que Barenboim es un pianista excepcional; con un toque de elegancia aristocrática expuso esta extensa obra temprana, rica en ideas y con total dominio de la armonía de sus proporciones, con fresca espontaneidad sin dejar de clarificar sus episodios y el carácter; por caso, la atmósfera del «Allegro Vivace» inicial con el contrastante «Largo apassionato», que no lograron quebrar ni los estruendosos tosedores que daban su «presente» entre movimientos, cuando no elegían un «pianissimo».

Barenboim
se abstuvo, por el resto de la noche, de hacer la necesaria y natural pausa entre movimientos, es decir, los «pegó» y esto causó un efecto balsámico. Gracias a esta decisión se pudo disfrutar de una inolvidable versión de «La Tempestad», donde contrastan los sonidos sinfónicos con pasajes íntimos de suaves matices, las manos cruzadas y la notable precisión que emociona más que sorprende.

Beethoven
mismo tituló a su Sonata N° 26 «Los adioses», que Barenboim tocó como un poema en perfecta unidad y de elevadísimo espíritu romántico, que sufre las despedidas y disfruta de los regresos. Como este retorno al recital de primer nivel mundial que enriquece esta anémica temporada.

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