11 de junio 2004 - 00:00

Beckett con magnífica puesta y actriz ideal

Marilú Marini es la oficiante perfecta de «Los días felices», ahora «en argentino», pero con la misma estupenda puesta de la versión en francés que se vio el año pasado.
Marilú Marini es la oficiante perfecta de «Los días felices», ahora «en argentino», pero con la misma estupenda puesta de la versión en francés que se vio el año pasado.
«Los días felices» («Oh, les beaux jours!») de S. Beckett. Dir.: A. Nauzyciel. Trad.: A. Fernández Gago. Adap.: M. Marini. Int.: M. Marini y M. Toupence. Dis. Luces: M.C. Soma. Dis. Sonido: X. Jacquot. Vest. y utilería: P. Quenson. Esc.: A. Nauzyciel y A. Vasseur. C. Seignez. (Sala Casacuberta - T.G.S.M.)

Vale la pena conocer esta versión en español de la magnífica puesta que el director Arthur Nauzyciel mostró el año pasado en el IV Festival Internacional de Buenos Aires, con Marilú Marini en el papel protagónico. Quienes hayan asistido a alguna de aquellas cuatro funciones seguramente podrán descubrir nuevas facetas en esta Winnie, que ahora habla la lengua de los argentinos y cuyo soliloquio ha quedado a salvo de las arbitrariedades que impone el subtitulado electrónico.

Hay que prestarle mucho oído a este personaje que con su apariencia de señora burguesa perora sobre el pasado y «el viejo estilo», mientras se va adentrando en niveles de conciencia realmente abismales, que amenazan con poner al descubierto el sinsentido de la existencia.

Cabe recordar que el texto de Beckett es de una belleza perturbadora, con sus pequeñas frases asesinas, que angustian por verdaderas, con sus inesperados chistes de sutil humor negro y con su obsesiva valorización del juego verbal que hace que en boca de la protagonista las palabras parezcan elementos orgánicos o alguno de esos enseres que ella va sacando de su cartera para ocupar las horas vacías.

Pese a su extensión (una hora cincuenta de espectáculo) y a que su protagonista monologa enterrada hasta la cintura, hay demasiada actividad como para aburrirse.

Actriz y director combinaron esfuerzos para crear una Winnie rebosante de humanidad que se expresa con cada partícula de su cuerpo y con cada repliegue de su conciencia. Esto ayuda a que el «mazazo» de su discurso se disfrace de liviana cotidianeidad.

En cuanto a recursos de actuación,
Marilú Marini es una especie de mujer orquesta, aborda todos los registros imaginables de la tragedia al humor. Su personaje pasa de la nostalgia y la amorosa devoción por su marido a la furia y al desprecio más irritantes. En una escena muy divertida, la actriz se sirve de sus manos para animar a una pareja bastante grosera, que viéndola allí enterrada se pregunta con desprecio qué significa eso. La burla, obviamente,va dirigida al público y a todos aquellos que siempre buscan una explicación racional a riesgo de descubrir símbolos donde no los hay.

El único punto flojo de la puesta es el personaje de
Willie, el fantasmal marido al que Winnie se aferra para no quedarse sola con sus palabras. La presencia de Marc Toupence, un joven actor francés con cuerpo de Adonis (cuando se desnuda), resulta algo anodina y cuesta relacionarla con el universo de Winnie, si bien sus apariciones le dan un inquietante matiz onírico a la obra, reforzado por el exquisito diseño sonoro de Xavier Jacquot.

El equipo técnico francés (escenografía, vestuario, utilería y luces) ha montado en el escenario un desierto muy peculiar, cuya atmósfera adquiere por momentos el vacío amenazante de los cuadros hiperrealistas. Con semejante nivel de calidad en todos sus rubros,
«Los días felices» es una de las propuestas más valiosas de la presente temporada teatral.

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