Bertrand, entre el cielo y el infierno

Espectáculos

La muestra «La tierra vista desde el cielo», las alrededor de 300 vistas aéreas del fotógrafo francés Yann Arthus Bertrand que los editores Dudu von Thielmann y Jean Louis Larivière exhiben en estos días en la Plaza San Martín, constituye antes que nada un excelente modelo de ocupación del espacio público.

Las alrededor de 7000 personas que visitan la exposición diariamente, hasta altas horas de la noche, observan las bellas imágenes que se exhiben en las pantallas con una actitud que no difiere en nada de la del público que asiste a los museos.

Es evidente que la pulcritud del montaje y el interés que suscitan las fotografías, determina en gran medida el gesto respetuoso de la gente. Pero, además, la exposición cambió de modo radical el turbio aspecto de una plaza degradada que, como tantas otras de la ciudad, se vuelve intransitable durante la noche.

Nuestros fotógrafos, con una extensa tradición de figuras talentosas en el género y una abundante producción actual, coinciden todos al elogiar el hecho de haber plantado las imágenes en la calle; aprecian la difusión masiva de una disciplina que hasta hace una década no figuraba en las colecciones de arte y su mercado era prácticamente inexistente pues permanecía en un círculo áulico.

• Revelación

Bertrand es un fotógrafo que trabaja en el cielo, que sobrevuela desde hace años el mundo con su cámara y su mirada virtuosa. En 1996 la Editorial Larivière publicó «La Argentina desde el cielo», un libro de imágenes que revelaba un país fascinante y hasta entonces desconocido. Es que si bien el estilo de Bertrand es documental y naturalista, sus sorprendentes tomas tienen la cualidad de sacar a luz aspectos del paisaje que sólo puede ver un ojo privilegiado. En este sentido, las imágenes se ofrecen al espectador como un regalo, como una ayuda, pues son de algún modo didácticas, dado que al mostrar testimonios de una belleza que permanece oculta para el común de la gente, incitan a descubrir aspectos de la realidad que suelen pasar inadvertidos.

Más allá de una notable pasión por la naturaleza, explícita en obras como
«El árbol de la vida» de Kenia, la sofisticada mirada del fotógrafo está educada en la historia del arte. Así, las vistas de los cultivos de la provincia de Misiones, de Pullman en EE.UU. o de las huertas de Mali, evocan la pintura abstracta, y de igual modo, las tomas de los almacenes de botellas en Alemania o la Favela de Río de Janeiro recuerdan el constructivismo, el pescador de la Costa de Marfil ostenta rasgos expresionistas, un bosque otoñal en Canadá el efecto de la pincelada impresionista, y las rías del Magreb se pueden comparar con el «dripping» de Jackson Pollock.

Sin embargo, más que a analizar su condición estética, los textos que acompañan la muestra aspiran a despertar en el espectador la conciencia «del deterioro constante del ecosistema», la necesidad de preservar los recursos y la urgencia de un imprescindible cambio en los hábitos de consumo y gran parte del sistema de producción industrial.

Los problemas sociales tampoco son ajenos a la exhibición. Junto a la estupenda visión cenital de una muchedumbre africana, tan nítida que permite divisar los rostros que conforman la multitud, un cartel informa que 40% de la población subsahariana tiene menos de 15 años y que los adultos están siendo diezmados por la epidemia.

Pese a expresar preocupación, lo cierto es que la mirada estetizante de
Bertrand sabe encontrar la belleza hasta en la marea de miseria de un basural mexicano. Y esa es la cualidad que se destaca en la muestra, el talento del francés, que no necesita explotar los «trucos» habituales de laboratorio para lograr imágenes cuya singularidad es la belleza.

• Críticos

Pero a los artistas les parece poco. Alberto Goldestein, director de la Fotogalería del Centro Cultural Rojas, se resiste a dejarse seducir por «los juegos de la atracción». «Si me pongo a pensar en lo que estoy viendo -observa-, no puedo decir que no me gusta, porque es un buen fotógrafo que sabe sacarle el jugo a la cámara, pero no es lo que más me interesa. Su idea, aunque está muy bien desarrollada, me resulta convencional».

Goldestein
reconoce que este fenómeno, la exigencia al fotógrafo de un sustento en el terreno de las ideas, es al menos curioso. Mientras nadie -o muy pocos-discuten que una obra conceptual sea arte, y cuando en ocasiones no sólo se acepta sino que además hasta se premia lo trivial e irrelevante, el cuestionamiento continúa vigente para la fotografía. Pese a todo, se trata de un límite que contribuye a velar por la excelencia, y acaso porque no ha perdido el rumbo, la disciplina adquiere mayor relevancia cada día.

Por otra parte, al reflexionar sencillamente sobre lo bello, que es en un sentido estricto lo que gusta, tanto al artista que disfruta de lo que hace como al público que se deleita con lo que mira, se vuelven cada vez más obvios los prejuicios. Es decir, la tendencia dominante hoy en el arte tiene sus exigencias, y se reclama el sentido de la creación antes que el placer estético.

El propio
Bertrand declara que «el sentido prima sobre la belleza de las imágenes, y que ante una bella foto, siempre será preferible una buena foto, capaz de interpelarnos, de instruirnos». Como si la felicidadque depara lo bello no fuera suficiente, como si no alcanzara de por sí el status artístico.

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