8 de marzo 2001 - 00:00

"Billy Elliot" provoca emoción con calidad

El pequeño bailarín.
El pequeño bailarín.
«Billy Elliot» (ídem, Inglaterra, 2000, habl. en inglés). Dir.: S. Daldry. Guión: L. Hall. Int.: J. Bell, J. Walters, G. Lewis, J. Draven.

Como en tantas películas hollywoodenses sobre el triunfo de la voluntad -o, si se prefiere, la lucha por un sueño-, el pequeño Billy Elliot empieza por enfrentarse a sus propios prejuicios cuando descubre que prefiere las zapatillas de media punta a los guantes de box, símbolo varonil de su árbol genealógico: «Eran de tu abuelo, ni se te ocurra perderlos», le advierte el padre a poco de empezar el film. Luego habrá de vérselas con los de su familia y la sociedad en la que vive, pero también recibirá la ayuda desinteresada de una profesora de baile provinciana que se entrega apasionadamente a prepararlo para que ingrese como alumno al inalcanzable Royal Ballet de Londres.

A decir verdad, este debut en el cine que le ha dado al teatrista inglés Stephen Daldry una nominación al Oscar como director (cosa que no obtuvo la película) parte todo el tiempo de elementos que remiten al Hollywood más rancio, pero casi siempre los transforma en otra cosa, aunque sea a último momento. He ahí su primer mérito.

Otro mérito es la audacia del guionista Lee Hall (también nominado al Oscar) de hacer despertar una vocación tan inusual en un niño de clase obrera, justo cuando su padre y hermano, como la mayoría de los hombres del pueblo, participaban en la huelga minera que sacudió a Inglaterra a principios de los '80. La miseria y la desesperación aprisionan ese hogar en el que, para colmo, aún se llora la muerte reciente de la madre y hay una abuela al borde de la demencia senil a la que Billy debería cuidar en lugar de deshonrar al género masculino con «cosas de mariquita». Frente a esto, es fácil deducir que el melodrama está servido. No tanto, sin embargo: si bien no se escamotea dureza al entorno (con sangrienta represión policial incluida), hay humor en esta película que, además, tiene la inteligencia de esquivar estereotipos.

Un buen ejemplo es el tránsito que hace el padre del rechazo visceral a la aceptación amorosa del camino elegido por su hijo, porque a la vez evidencia el natural deseo de proyección paterna. «¿Y si es un genio?», pregunta y se pregunta en el momento del quiebre. Lo que en buen criollo sería, si no yo, al menos que se salve uno de los nuestros.

No es el caso del hermano mayor de Billy, un piquetero radical, amén de machista sin contradicciones, cuya súbita conversión a la causa del hermano no termina de cuajar convenientemente.

Salvo ese lunar, en general todos los personajes están bien delineados y los actores bien elegidos y dirigidos. Entre ellos, Jamie Bell (12 años, seis de bailarín, ninguna experiencia actoral previa) es un más que convincente Billy Elliot, pero la mejor es Julie Walters en el papel de la profesora que descubre y pule las dotes del protagonista, mientras fuma incansablemente y oculta sus frustraciones tras una máscara impecable. Su personaje jamás derrama una lágrima (otros sí y con ellos el espectador), pero conmueve. Ella sí justifica plenamente su candidatura al Oscar como actriz de reparto.

Es acertado, también, el constante paralelismo que construye
Daldry entre el mundo de algún modo fantástico de Billy y el más realista de sus mayores, y si la metáfora del vuelo de uno y el descenso de los otros al infierno de la mina de carbón parece obvia, es igualmente verdadero que resulta efectiva.

Dejá tu comentario

Te puede interesar