18 de junio 2002 - 00:00
Borla, un gran recreador de técnicas renacentistas
-
Jim Jarmush y una sonata para vínculos familiares
-
La película secuela de "Lord of War" con Nicolas Cage y Bill Skarsgård ya tiene fecha de estreno
"Enrique VIII y sus mujeres"
No es por casualidad que un historiador objetivo como Pijoan (en «Historia General del Arte») daba como rasgo común de los pintores del renacimiento alemán el sentido irónico de sus retratos. Cuando Holbein pinta las imágenes de Enrique VIII, refleja irónicamente en sus imágenes la corte de Inglaterra. Borla reitera esta ironía, hace una vuelta de tuerca y deja lo irónico al desnudo amplificándolo pues no le teme al enojadizo y peligroso Enrique VIII.
Es destacable la síntesis metafórica del lenguaje de Borla. Los retratos, los detalles del encaje de una manga cortesana, los sobres con volumen, las estampillas en relieve, los sellos de correo, configuran la estructura de un típico discurso metafórico. Una de las preguntas que se hace el espectador frente a esta serie de retratos, es el porqué de la insistencia del artista con los sobres y estampillas -elementos no tradicionales-fundidos en retratos aparentemente renacentistas. Las cartas son verdaderas metáforas de transposiciones temporales; es el vehículo utilizado por el pintor para acortar las situaciones imaginarias fantaseadas por el espectador llevado por Borla a establecer comparaciones a más de cuatrocientos años de distancia.
La imitación diferencial, la nitidez del dibujo y la visión «bajo la lupa», propias del manierismo, son algunos de los modos preferidos de Borla. En sus revisiones de los maestros de la pintura, acudió varias veces a Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867), uno de los creadores más curiosos en la historia del arte. En 1970, Borla presentó su versión del célebre «Retrato de Mademoiselle Rivière» (1805), y en 1973 exhibió diecisiete variaciones sobre «La Grande Baigneuse» (1808).
•Derivaciones
A mediados de los años 80, en un deseado y plausible retorno a ese discurso en el que alcanzara sus mejores logros, Borla redescubrió once retratos pintados por Ingres entre 1807 y 1859, y su famosa «Odalisca con esclava» de 1839. Como Ingres, Borla domina la técnica y el arte del dibujo, maneja el color con destreza, pero las doce telas, no son una copia ni un remedo ingenioso de las telas del artista francés. Son derivaciones, recreaciones, en las que denota y connota su presencia a partir de las obras originales, de las cuales toma algunos rasgos sobresalientes.
Pero Borla no es un imitador: las formas son recreadas, son un punto de partida, como podría ser un modelo natural. Los rostros son pequeños, y enormes las otras partes del cuerpo (torsos, brazos, manos), contrariando las minuciosas proporciones de las telas de Ingres. Los peinados y tocados son más grandes. Las similitudes en cuanto a caras y expresiones nunca llegan a la analogía, y lo mismo ocurre con las ropas y las alhajas. Sin embargo, Borla ha buscado y conseguido, mediante un trazo firme y más drástico - más hiperrealista-, una identidad con el modelo, una identidad con el pintor.
En sus «Paños», 1996, trabajó los efectos de la luz sobre diferentes géneros y, gracias a una disposición armónica, los pliegues y múltiples curvas, planos y volúmenes se convierten en otras tantas pinturas que casi llegan a la abstracción. Borla pinta, en fin, en el siglo XX con las formas que tipifican los artistas del 1500.



Dejá tu comentario