8 de noviembre 2006 - 00:00
Broma literaria sobre la que nadie quiere asumir autoría
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«Los misterios de la Opera» fue una operación comercial
que especulaba con revelar pronto la identidad de su autor
(se dice que es Carlos Fuentes), pero el fracaso cambió los
planes.
Si, como ha señalado una investigadora española, «en la literatura policial ya se conocían detectives ciegos, sordos lisiados, detectives que para resolver sus casos nunca se mueven de su butaca o de su salón de té, detectives enamorados o de alguna manera incapacitados para actuar normalmente», Borges y Bioy inventan un detective encarcelado: Isidro Parodi, un peluquero preso en la Penitenciaría Nacional por un crimen que no cometió, que resuelve enigmas policiales gracias a lo que le cuenta gente que va a verlo.
En «Los misterios» un ex cantante de ópera « encarcelado» en una silla de ruedas descifra los entuertos en un bar. Así como el libro de Borges-Bioy Casares ofrece «seis problemas» ocurridos en los años '40, el del ignoto Matta ofrece «seis casos» también ocurridos en los años '40, lo que resulta sospechoso, salvo que el autor haya buscado volver a esa época para escapar del ADN y las investigaciones forenses, de los celulares y la televisión.
Flaco favor sería para Carlos Fuentes, premio Cervantes, confesarse autor de ese remedo de los geniales enigmas, de trasfondo filosófico y crítica de costumbres, planteados por Borges y Bioy. Más aun cuando acaba de publicar «Todas las familias felices», un relato coral que se encuentra entre lo mejor de la producción del autor de «La muerte de Artemio Cruz» y «La región más transparente». Pero todo ha llevado a acusarlo de haberse tomado esa inesperada «diversión».
Cuando Pedro Huertas, editor general de Random House en México, confesó que se trata de la obra de «un escritor consagrado que un día amaneció de buen humor para realizar un divertimento literario», disparó en México la búsqueda detectivesca del autor. En la lista aparecieron Jorge Volpi, Carlos Fuentes, Fernando Del Paso, Sergio Pitol, Carlos Monsivais y hasta Gabriel García Márquez, que vive desde hace años en México y es habitué de «La Opera», bar emblemático del D.F.
El diario «Milenio» decidió encargar una investigación a un grupo de científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México, encabezado por el doctor en física estadística Enrique Hernández. Sometieron el texto a pruebas matemáticas y lingüísticas. La principal fue la Ley de Zipf que permite descubrir el autor de un texto como si fuera su ADN.
George Kingsley Zipf (1902-1950) fue un lingüista y filólogo estadounidense que aplicó el análisis estadístico al estudio de diferentes lenguas. En la llamada Ley de Zipf afirmaque un pequeño número de palabras son utilizadas con mucha frecuencia, mientras que frecuentemente ocurre que un gran número de palabras son poco empleadas. Con ese modelo estructural Zipf estudió la obra de James Joyce. Científicos posteriores han bautizado esa como «ley del menor esfuerzo» y ha permitido descubrir, entre otras, obras de Shakespeare.
También se utilizó la « Entropía de Shannon» que determina la cantidad de información que ofrece un texto, y el «Método de Ellegard» que permite detectar manías estilísticas, tamaños de párrafos, inclinación de ciertos estribillos.
Comparando «Los misterios de la Opera» con «Las buenas conciencias», «El instinto de Inés» y «Viendo visiones», resultó que había «más de 95 por ciento de posibilidades que el autor fuera Carlos Fuentes».
Todo eso no era necesario. Bastaba tener en cuenta un par de informaciones aparecidas en los medios. Una: Pedro Huertas contó que a la revista «Cambio» que el año pasado se reunió con un reconocido autor mexicano en un pub de Londres y allí surgió la idea de publicar una novela con seudónimo, algo muy distinto de lo que había escrito hasta ahora: seis historias policiales. Dos: Según los editores la novela les llegó a través de agencia literaria Carmen Balcells, que representa a dos mexicanos: Rulfo y Fuentes, y que se sepa Rulfo no ha resucitado.
Cada vez que le han preguntado a Carlos Fuentes sobre «Los misterios de La Opera», no se ha hecho responsable y ha pedido que para saberlo se «contrate a Sherlock Holmes». El problema es que si algún Sherlock Holmes descubre que es él el autor, le sobrevendría un problema con Alfaguara, la editorial que tiene los derechos de sus obras; salvo que Carmen Balcells haya llegado a un secreto acuerdo. Sea Fuentes o quien fuere, a esta altura le debe quedar pocos deseos de admitir la paternidad ante una novela tan pobre.
M.S.




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