28 de enero 2004 - 00:00

Brown: Da Vinci y un redituable complot

Brown: Da Vinci y un redituable complot
"A todos nos encantan las conspiraciones», proclama Dan Brown hacia la mitad de su novela «El Código Da Vinci», y esto pareciera haberlo comprobado tras haber vendido de esa historia de conspiraciones religiosas 300 mil ejemplares en España, 25 mil en Argentina, 150 mil en México, 15 mil en Chile y cerca de 6 millones en Estados Unidos.

Dan Brown
, graduado en la Universidad de Amherst y la Academia Phillips de Exeter, era un profesor de idioma hasta que un verano se le ocurrió entretenerse leyendo a Sydney Sheldon y a Robert Ludlum, y calculó que copiarlos era un buen camino para hacerse millonario. Sólo tenía que mezclar algunos crímenes con personas y cosas muy conocidas, emblemáticas, que interesaran a la gente, además, porque le permitía saber algo de su carácter enigmático o secreto. La cuestión era ofrecer enigmas sencillos para que el lector, al descubrirlos antes de llegar a la solución, se sintiera inteligente. Debía tener una narración fácil de leer, simple en su escritura hasta lo pueril, y personajes estereotipados, pero muy condimentada con datos que parecieran importantes.

•La obra

Dos años después, en 1966, publicó «Digital Fortress», novela de suspenso con conexiones políticas sobre la Agencia Americana de Seguridad Nacional que fue bestseller, pero sólo en su país. En la misma línea le siguieron «Deception Point» y «Angels & Demons» (libros aún no traducidos al español). Brown se dio cuenta entonces, y se lo agradece a sus editores, que tenía que encontrar un tema más internacional.

Y qué mejor que meterse con la Iglesia Católica y el Opus Dei (en su próxima novela -ya lo ha advertido-«investigará» a la Masonería) y, para captar al público femenino que dicen que es el más lector, agregar en la conspiración religiosa una buena dosis de feminismo extremo, una exaltación de la mujer como la Gran Diosa, un cuestionamiento de la caza de brujas porque eran las que mantenían la verdad de la esencia divina de los femenino, etcétera.

En «El Código da Vinci» se hace referencia a la película «La última tentación de Cristo» de Martin Scorsese, como una de sus fuentes de inspiración, y no se mencionan los libros que, como «El enigma de los sagrado» de Bigent, Leigh y Lincol, le han servido de base teórica. En el libro, Dan Brown da dos claves de su deseo de pertenecer a la élite de los más vendidos. Un personaje, refiriéndose a la Biblia, señala que «no se puede ir contra la historia oficial del mayor best seller de todos los tiempos», y quien lo escucha le contesta: «No me digas que Harry Potter va sobre el Santo Grial».

El mecanismo para transformarse en un fenómeno comercial lo explica poco antes: «si acepto publicar una idea como ésta, tendré que aguantar manifestaciones a la puerta de la editorial durante meses, y no soy un charlatán cualquiera ávido de dinero», y más adelante agrega «podía estar satisfecho: cada vez que salía en las noticias las ventas de sus libros aumentaban».

Un libro escandaloso, ya lo dijo Wilbur Smith, tiene grandes posibilidades de ser redituable, aún en el caso donde el escándalo se basa en una colección de improbables argumentos esotéricos que desde hace tiempo venían difundiendo obritas ligadas a la new age, pero se presenta como el que va a develar «el secreto mejor guardado de la Iglesia Católica».

•La historia

En el Museo del Louvre un miembro del Opus Dei, un gigante albino, asesina a Jacques Saunière, «renombrado conservador del museo», y Gran Maestre de la secta Priorato de Sión, dedicada a custodiar el secreto del lugar donde se oculta el Santo Grial. Del crimen es sospechado Robert Langdon, un experto en simbología »una especie de Harrison Ford», comenta Brown, llamando a la compra de derechos de su novela y recordando que tambien se ha inspirado en el Indiana Jones de «En busca del arca perdida» (algo que ya ha hecho Sony Columbia para que la dirija Ron Howard).

Langdon es ayudado a escapar por la agente criptógrafa Sophie Neveu. En la huida descubrirán que el Santo Grial no es una copa sino el nombre oculto de
María Magdalena, que no fue una prostituta sino descendiente de reyes, como Jesús, y que se casó con Cristo y tuvo con él una hija, Sarah. Y Cristo, cuando es crucificado, pone a María Magdalena al frente de su doctrina y como sostén de su linaje. Entre los miembros del Priorato de Sión estuvieron, entre otros, Leonardo da Vinci, Sandro Boticelli, Isaac Newton, Victor Hugo y Jean Cocteau. En sus cuadros Leonardo dejó ocultos datos sobre la relación entre María Magdalena y Jesús.

En el rompecabezas se explica el «hombre de Vitrubio», el número phi, el significado de la estrella de David, los orígenes de lo anagramas, los tesoros ocultos en el templo de Salomón en Jerusalén, el carácter secreto de los endecasílabos, la flor de lis, la rosa mística, y un largo etcétera.

Finalmente Sophia y Robert que no dejan de ser perseguidos implacablemente por la policía, y por quienes buscan destruir el «gran secreto contra la Iglesia», llegan a la revelación de todos los enigmas, y en un final apresurado, chapucero, a la medida de Hollywood, tienen escarceos amorosos.

En sus últimos libros,
«El péndulo de Foucault» y «Baudolino», Umberto Eco satiriza sin piedad la red de ocultismo sobre los templarios, cátaros y el Santo Grial. Pero acaso fue el fenómeno de su memorable libro «El nombre de la rosa» el que incentivó la aparición de una serie de novelas seudoeruditas de entretenimiento, con signos culturales de valor agregado para el mercado, entre ellas «El código da Vinci».

No muchos se han internado en la lectura de Los Evangelios Gnósticos. Para públicos ansiosos, Dan Brown le da una versión en cuatro líneas. En la trama, que es muchas veces inverosímil, se llega al disparate de hacer del Opus Dei una organización maléfica de monjes, y del ex presidente de Francia François Mitterand un Gran Maestre de lo oculto y un adorador de la Diosa Blanca.

Esos absurdos sean parte del entretenimiento de un artefacto armado como una telenovela, que se puede leer por capítulos, que en cada uno se recuerda lo que ya se dijo anteriormente, donde se explica hasta lo más obvio y no hay ni un sólo pintor ni un sólo escritor que no sea mundialmente conocido.

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