22 de junio 2006 - 00:00

Buen elenco para pieza envejecida

La esforzada labor de los actores y la gracia de algunosdiálogos justifica en algo la reposición de una pieza quefue un éxito en 1979, y hoy perdió su frescura y vitalidad.
La esforzada labor de los actores y la gracia de algunos diálogos justifica en algo la reposición de una pieza que fue un éxito en 1979, y hoy perdió su frescura y vitalidad.
«Convivencia» de O. Viale. Dir.: R. Stella. Int. M. Mazzarello, H. Roca, V. Carreras, M. Melingo y G. Sari. (Sala «Carlos Carella».)

Cuando se estrenó fue un éxito. Corría el año 1979 y el dramaturgo Oscar Viale -autor de «La pucha» (1968), «Chúmbale» (1971), y «Camino negro» (1983) entre otras conocidas piezas- se afirmaba como un gran observador de tipos humanos. Su notoria habilidad para sintetizar y exponer los rasgos de distintos sectores sociales, culturales y generacionales a través del habla coloquial le permitió revitalizar la herencia dejada por el grotesco.

Pero en las décadas siguientes ese signo de frescura fue explotado hasta la saturación por las comedias televisivas, que terminaron devaluando el lenguaje cotidiano hasta convertirlo en una burda y ruidosa copia de la realidad.

El teatro de Viale incorpora una poética de gran mordacidad que trasciende lo cotidiano (en «Convivencia» el tema de la memoria es central) pero como su punto fuerte siguen siendo los diálogos, es allí donde las décadas transcurridas juegan en contra de la pieza.

Después de «Los Roldán» ya no resulta tan divertido redescubrir la picardía del habla popular o los fuertes contrastes culturales entre dos grupos antagónicos. La versión de Rubén Stella -quien compartió elenco con Luis Brandoni, Federico Luppi y Bettiana Blum en aquella recordada puesta del Teatro Regina, dirigida por Roberto Durán- cuenta con muy buenas actuaciones de Marcelo Mazzarello, Horacio Roca y Victoria Carreras, pero carece de esa cuota de delirio y mordacidad que es tan propia de las comedias de Viale.

La acción transcurre en una casilla del Tigre, en plena sudestada. Allí Enrique y Adolfo comparten sus fines de semana desde hace años sobrellevando sus abismales diferencias como pueden. Adolfo es un intelectualoide bastante hipócrita y reprimido al que le gusta hablar «en difícil» para darse corte. En cambio, su amigo es una especie de Minguito Tinguitella, aunque mucho más carnal y apasionado. La aparición de Tina, una jovencita muy desprejuiciada a la que ambos rescatan del río, dispara la rivalidad entre los dos amigos favoreciendo así la aparición de dos recuerdos clave de su pasado en común: la muerte de Tulio (ahogado en ese mismo río) y el conflictivo affaire de Enrique con una mujer casada.

Los flashbacks del pasado se infiltran en el presente de manera algo forzada y sin mayores consecuencias a pesar de los detalles que revelan. Este conocido recurso de origen cinematográfico no termina de resultar verosímil en este contexto.

En definitiva, sólo la gracia de algunos diálogos y la esforzada labor de todo el elenco justifica la reposición de esta pieza que ya fue bastante maltratada por Carlos Galettini en su película homónima de 1993. Allí Luis Brandoni debió compartir rubro con el español José Sacristán (más tedioso que nunca en su rol de sabihondo).

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