Buenos adulterios eran los de antes

Espectáculos

«Infidelidad» («Unfaithful», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: Adrian Lyne. Int.: R. Gere, D. Lanbe, O. Martinez y otros.

Un viento fuerte puede convertir a una mujer en infiel, aun cuando su matrimonio no esté en crisis y su marido sea Richard Gere. Eso es lo que le ocurre una mañana a Connie ( Diane Lane), después de viajar desde su casa de clase media alta suburbana a Manhattan; allí las fuertes ráfagas que sacuden a la Gran Manzana la empujan contra Paul ( Olivier Martinez), y la infidelidad se produce.
 
Connie no tiene la culpa; tampoco su esposo, que nunca dejó de amarla. La culpa la tiene ese viento que la cruzó con el extranjero Paul en el Soho, y que le pegó ese irresistible atractivo de bohemio parisiense en todo el cuerpo. Su lucha interior, antes de ceder, es tan huracanada como los remordimientos y las primeras estrategias de mentiras que la inexperta infiel debe urdir en casa, donde el mal ya se ha infiltrado.

El director Adrian Lyne es un cultor del género policial-conyugal culposo («Atracción fatal»), y su lugar del crimen suele ser un lecho impropio en un ambiente sórdido, contrastante con la seguridad del hogar rico y confortable. En su cine, la infidelidad es algo parecido al ántrax, un agente externo, en este caso con acento francés, que no transmite el cartero sino el viento pero que contagia y destruye por igual. No hay más que darle la palabra: «Edward y Connie forman un matrimonio maduro que vive el sueño americano, hasta que cae en las garras de un extraño».

Es una lástima que el espectador hoy no pueda volver a ver, o vea por primera vez
«Las infieles» («La femme infidèle», 1968), la formidable película de Claude Chabrol desvirtuada por esta «remake» norteamericana, de la que es apenas un pálido reflejo (no se da por TV ni está editada en video).

La moral en el cine de
Chabrol nunca excluye el concepto de responsabilidad: su mujer infiel (Stephane Audran) sabe lo que hace y con quién se acuesta. No hay viento ni contagio ni agente foráneo (el amante era el local Maurice Ronet). Su marido ( Michel Bouquet), al sospecharlo primero y cerciorarse después, procede con idéntica seguridad.

Entre ellos hay un pacto traicionado, al que el marido restaura de la misma manera como se quebró, en silencio, y con una violencia inusitada. La mujer así lo entiende y por eso admite sumisamente, también sin una palabra, ese acto que estalla en el pacífico marco de la alta burguesía francesa, a la que
Chabrol indagaba a fines de los '60 desde la óptica del film noir de tono hitchcockiano. Pero la Nueva York de los 2000 es un planeta distinto, y el cine de Lyne, atento a la razón de los grandes estudios de producción, mucho más ajeno aun al clima cultural y social europeo de fines de los 60. En esos años, hasta las propagandas de cigarrillos llamaban a ser infiel. Hoy no se fuma. Por eso mismo, al obligarse a seguir las líneas del argumento original en un escenario tan distinto, convierte en inverosímil la reacción del engañado Richard Gere (que por razones obvias no se revelará aquí).

Porque los extremos que la lógica de su personaje habilitan son la vista gorda o el divorcio, y no ese pacto al que
Chabrol sostenía con miradas y silencios, y que Lyne en cambio satura de sollozos, obviedades sentimentales y un final indeciso, al que por si fuera poco modificó ligeramente «a pedido del público» después de las proyecciones de testeo.

En sus manos, el argumento de
Chabrol deja de ser una compleja historia de adulterio para transformarse en una fábula, liviana y cínica aunque entretenida, sobre los riesgos de no tomar recaudos ante las amenazas externas con forma de varón seductor, y sobre cómo esterilizar el peligro llegado el caso.

La distancia entre
Stephane Audran y Diane Lane es abismal: una es una mujer, la otra una incauta que salió a la calle y tropezó donde no debía. Algunas de las escenas adicionales escritas para este film abundan en ese mismo erotismo que se condena y del que prescindía Chabrol; otras actúan como soporte de las advertencias Lyne, como la reunión con las dos amigas en el bar y la confesión de la mayor de ellas: recordando un viejo episodio de infidelidad, lo define como «el peor error de mi vida».

El desenlace, como siempre en
Lyne, es tranquilizador. El viento ya no sopla.

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