13 de mayo 2002 - 00:00

Cada vez es más difícil ser melómano en el Colón

MUSICA

Era la segunda función del Abono Nocturno a 16 conciertos de la Filarmónica porteña, con un programa difícil y prometedor. Veinte minutos antes del comienzo, el público seguía en la vereda y las puertas del Teatro Colón estaban cerradas. Por Cerrito, los músicos en frac también estaban en la vereda. En el interior, se dijo, la policía buscaba una bomba, ya que se había recibido una amenaza. Pero las bombas eran simbólicas: el personal seguía concentrado ante la perspectiva de que los honorarios de los contratados se reunieran a la mitad.

También trascendían otras novedades: que peligran -tal como anticipó este diario- las representaciones de «Juana de Arco en la hoguera», si no se le paga a los administradores de la partituras las deudas atrasadas. Esta vez no están dispuestos a ceder, como hicieron con «Mahagonny», el material sobre la base de promesas que no se cumplieron.

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A las 21.15 se abrieron las puertas; poco después, y ya instalados los músicos, la concertino de la Filarmónica se disculpó ante el público por el atraso, tarea que asumió ante la ausencia de autoridades del Teatro. «Y esperemos salir ilesos todos», comentó.

La flauta de Claudio Barile inició el sugestivo «Preludio a la siesta de un fauno» de Claude Debussy, y Mario Perusso integró los sonidos del resto de la orquesta. Luego vino el Concierto Op. 14 de Samuel Barber, y es el violinista Pablo Saraví el solista que se atrevió a hacerse oír en medio de una instrumentación cargada de broncería y «tuttis», con una música complaciente, a la que trataron de rescatar de un olvido al que seguramente regresará. Y se hizo el estreno mundial de «Siempre...» una suerte de elegía mahleriana de Bruno D'Astoli en memoria de su hermano. Con el «Poema del Éxtasis», de Alexander Scriabin, Perusso puso en evidencia su ductilidad y comprensión del contenido de esta música. Qué difícil hoy ser melómano en el Teatro Colón.

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