11 de diciembre 2001 - 00:00

Caetano Veloso, un clásico que no le teme al cambio

Caetano Veloso
Caetano Veloso
«Noites do Norte». Caetano Veloso (voz, guitarra). Con: J. Morelembaum (cello, bajo y Dir. mus.), D. Moraes (guitarra y bandolim), P. Sa (bajo y guitarra), Cesinha (batería), M. Vitor, J. Eduardo, E. Josino y A. Junior (percusión). Dir. gral: C. Veloso (Teatro Gran Rex, del 6 al 9/12. Repite 14/12)

La distensión momentánea que produjo Caetano Veloso este fin de semana en la gente que fue a verlo y oírlo al Gran Rex -todavía en estado de shock por las últimas medidas económicas-, tuvo algo de lo que logró Goran Bregovic en la apertura del Festival Internacional de Buenos Aires cuando apenas habían pasado dos días de los atentados terroristas en EE.UU. Esto dicho sin intención de comparar una cosa con la otra ni a músicos tan distintos, naturalmente.

Bastó verlo aparecer en el escenario para que una ovación sacudiera el teatro y sólo un par de canciones para comprender que, una vez más, se estaba frente a otro Caetano, al menos en lo que respecta a la propuesta musical. Como ha hecho siempre en estos 35 años de trayectoria inigualable, ya pasaron el espíritu jazzístico de «Livro» o el intimismo de «Fina estampa», para citar lo más cercano en el tiempo. Este Caetano está más cerca del rock de lo que estuvo nunca, eléctrico, psicodélico, funky, rapero; con oportunos momentos acústicos, sentado, quieto, sólo acompañándose con su guitarra.

Más allá de esa fantástica osadía, es el de siempre: desde su sobrio vestuario en negro, su ambigua gestualidad (sutil, muy sutil) y su silencio entre tema y tema, a la refinada puesta de luces que se ajusta, perfectamente, al clima de cada canción.

Se supone que Veloso vino esta vez a presentar su último disco, «Noites do Norte» pero, a diferencia de casi todos sus colegas, de ahí ofrece apenas un puñado de títulos («Noites do Norte», 13 de maio», «Rock'n Raul», «Zera Reza», «Zumbi»). Es que, además de la esclavitud («característica nacional de Brasil»), en este recital de 25 canciones, Caetano se ocupa de otras cuestiones nacionales, personales y universales. Entre estas últimas, la bellísima «Manhata» (Manhattan), suena a homenaje entristecido después del 11 de septiembre. A decir verdad, este Caetano hace sonar distintos hasta sus mayores clásicos, de «Leaozinho» a «Tropicalia». Y, con pocas excepciones, el público le acepta lo que en cualquier otro sería un sacrilegio. Claro que nada de esto sería tan magnético sin el apoyo del magnífico y camaleónico cello de Jacques Morelembaum (y de sus arreglos), al que se suman en este caso cuatro percusionistas y dos guitarras eléctricas cuyas distorsiones a veces tapan la voz de Caetano. No importa, total en otros momentos él susurra la letra o directamente hace mímica, ante lo cual todo el teatro guarda un silencio reverencial y después festeja, cuando entiende la broma. Un placer, verdaderamente.

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