25 de mayo 2006 - 00:00

Cautiva el film japonés "El sabor del té"

«El sabor del té» es un cautivante film donde lo cotidiano se mezcla con las fantasías de lachiquita de la familia protagónica, que aunque se estira un poco se ve siempre con placer.
«El sabor del té» es un cautivante film donde lo cotidiano se mezcla con las fantasías de la chiquita de la familia protagónica, que aunque se estira un poco se ve siempre con placer.
«El sabor del té» (Cha no aji, 2003, habl. en japonés). Guión y dir.: K. Ishii; Int.: M. Banno, T. Sato, T. Asano, S. Tezuka, T. Miura, T. Gasyuin, I. Todoroki, T. Nakajima, A. Tsuchiya.

Exhibida fuera de concurso y con mucho beneplácito en el festival marplatense del año pasado, «El sabor del té» pinta a una tranquila familia japonesa instalada en las afueras de un pueblo envuelto en verde, con abundancia de plantas y serranías. Allí lo cotidiano se mezcla con las fantasías de la chiquita de la familia, y la vida transcurre plácidamente. Esto debe aclararse: transcurre plácidamente, aún habiendo problemas, gangsters, patadas, frustraciones, ansiedades juveniles y un adiós relativamente inesperado.

O dicho de otro modo: lo que transcurre, aunque creamos que plácidamente, es la vida, con esos momentos que podemos llamar fundamentales (por ejemplo, cuando una chica nos acepta, la madre de familia logra volver a su profesión, o alguien ya no viene a la mesa), junto a otros momentos que poco importan pero son los que mejor se recuerdan: los del camino que se hace en bicicleta, la entrada donde uno se tira a descansar, algunas sobremesas, o aquella vez que la niña cree percibir una sombra fugaz y vuelve los ojos hacia la generalmente tranquilizadora ventana del abuelo.

Esos momentos son como el sabor del té, que muchas veces no se aprecia cuando lo tomamos. Así lo plantea el autor de esta obra, Katsuhito Ishii, que para demostrarlo ha hecho, con personas, una obra al modo de esas historietas japonesas dedicadas a la vida de hogar, con personajes fácilmente queribles y un poquito caricaturescos, situaciones sencillas, predominio de planos abiertos, espíritu de aceptación, y retratos distendidos.

Esto último se aprecia sobre todo en escenas donde aparece algo extraño, para que, si los personajes se asustan un poco, al menos el espectador siga distentido. Por ejemplo, una secuencia donde, al llegar de noche a la estación del ferrocarril suburbano, padre, hijo, y dos disfrazados (no sabemos si promotores de algo o miembros de un fanclub) presencian sin quererlo, medio de lejos, un breve hecho de fuerza (algo que cualquier lector habrá visto de vuelta a su hogar). Y cuando éste termina, solo se oyen los grillos. La vida sigue, más o menos inmutable. Y seguirá, después de aquella sombra, del precioso momento en que padres e hijos descubren maravillados el modo en que otra persona los veía, y aún después de una puesta de sol, y del momento en que la niña logre al fin una cosita que quería, y que para ella era algo muy importante (y así lo representa el artista, con una sabia y desarmante ingenuidad, que llena de placer el alma).

Dura 143 minutos. La verdad, es más larga de lo conveniente. Pero se disfruta.

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