7 de mayo 2002 - 00:00

Cayeron 5% ventas en la Feria del Libro de este año

Por primera vez sin brindis ni celebraciones porque «en el país no hay nada que festejar», como dice Hugo Levin, presidente de la Fundación El Libro y director de la editorial Galerna, ayer se clausuró la Feria del Libro 2002. «Ahorramos en cosas que no se ven, por ejemplo en festejos», agregó Horacio García, miembro de la fundación organizadora.

Si bien no están elaboradas las cifras de concurrencia, a organizadores y expositores los alegró la cantidad de visitantes. El entusiasmo de los organizadores y expositores se basó en la afluencia de público desde la apertura, en que el 1° de mayo hubo record histórico de entradas vendidas (unas 50 mil) y el sábado 4 superó en 15 por ciento esa cantidad de visitantes.

«Hubo un poco menos de gente que el año pasado, aunque no podemos hacer precisiones porque en 2001 la entrada fue gratuita la mayoría de los días, y superamos ampliamente la cantidad de 2000», comentó Levin. «Ahora podemos decir que todos esperábamos un desastre y no lo fue, pero quienes se instalan en el triunfalismo están rotundamente equivocados. Le hacen caso a las fotos de tapa de algunos diarios y no piensan en lo que nos pasa realmente», dice Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor.

«Fue una maravilla, una isla, otra Argentina. A veces hay sorpresas buenas en este país. Los llenos en los actos, las largas filas para la firma de ejemplares, mientras a las librerías no entra nadie. Fue algo increíble», se emociona por su parte Gloria Rodrigué, de Sudamericana. Para Norberto Pérez, de Catálogos, «lo que da esperanza es la cantidad de jóvenes que concurrió, y que trataran de comprar algún libro».

«Ahora todos volvemos al desierto: a los problemas de vender, de editar, de conseguir los insumos básicos, a que todos los días nos cambien los precios, a no tener apoyo del Estado. No es que porque la gente haya elegido un paseo barato haya cambiado una tendencia recesiva en el país», sostuvo Manuel Pampín, de Corregidor. «Esto es reconfortante pero no es que está todo bien y estemos en plena bonanza. La gente de la Feria no se debe sentar en los laureles», dijo Trini Vergara, de V y R. «En la Feria a los que importamos -salvo una excepción, la de quien tuvo el apoyo de la presencia de Paul Auster-tuvimos una baja de 30 por ciento, trabajamos a pérdida. Más allá de la euforia de algunos, hubo grandes vacíos por momentos, los pasillos fueron más anchos, hubo menos expositores y estuvimos más comprimidos todos. Faltó la cadena de librerías Fausto, no estuvo El Ateneo como algo aparte de Yenny, por ejemplo», comentó Gustavo Galarraga, de Oceáno.

«Abastecimos la demanda de sucesos culturales», sostuvo Levin, «la gente tiene incorporada a la Feria como parte de su patrimonio y esta fue la Feria de las tres B: buena, bonita y barata».

Para algunos expositores la Feria se convirtió en un outlet (sensación aumentada por la vecindad, en la Rural, de auténticos outlets de todo ramo). Casi todos los stands tenían alguna oferta, y hasta hubo los que ofrecieron «la del día».

«Para nosotros las ofertas fueron un gancho para atraer gente. Es algo que hacemos desde hace años y ahora la mayoría nos siguió; comienzan por ahí y terminan llevándose algo del catálogo o alguna novedad», dijo
Alejandro Archain, de Fondo de Cultura.

«Hubo ventas chicas, elegían libros que podían pagar, y pagaban en Lecops o Patacones como si se los quisiera sacar de encima, y como algo se querían llevar al final iban a las ofertas», dice
Norberto Pérez. Para Divinsky «la gente se gratificaba antes de que su dinero fuera consumido por la inflación, y un libro dura y se puede compartir».

Algunas editoriales grandes optaron por proporcionar ofertas espaciales. Sudamericana, en los últimos días, bajó el precio de
«Baudolino», de Umberto Eco, 50 por ciento, y lo agotó, algo que también hizo con los libros de sus autores cada vez que plantaban autógrafos en una mesita del stand. Para Gloria Rodrigué «fue una forma de agradecer a los visitantes su presencia». Esta estrategia de marketing es cuestionada por algunos porque «se está dejando de lado el negocio del librero, que hoy está en un situación catastrófica».

«Nuestros vecinos nuevos ricos -chilenos, uruguayos, bolivianos y paraguayos-nos ayudaron, se llevaron bolsas llenas de libros; para algunos era una continuación de las compras en los shoppings, para otros una posibilidad de revender del otro lado de la frontera», comenta Divinsky. «Los diarios inflaron las compras de uruguayos y chilenos, dice Gloria Rodrigué, acá los que hicieron la diferencia fueron los argentinos aún cuando los bancos estaban cerrados».

Las ventas, sin embargo, no fueron tantas. La mayoría de los expositores sostiene que vendieron más en pesos y menos en unidades. Los editores nacionales, que aplicaron 20 por ciento de aumento, vendieron 12 por ciento más en pesos y 5 por ciento menos en ejemplares que años anteriores
. Los más perjudicados fueron los importadores como Edaf, Cúspide, Océano y Alianza, que estuvieron en los mejores casos 30 por ciento abajo, debido a que hicieron aumentos de entre el 90 y 120 por ciento en los libros. Anagrama, comprendió lo que iba a suceder y para bajar precios comenzó a publicar en Argentina con «Creí que mi padre era Dios» de Auster. El neoyorquino fue la gran estrella, en cada una de sus charlas en la Feria reunió unas 1600 personas.

«Cuando vi que
Serrat conseguía un muchedumbre, pensé que había sido un buen golpe de prensa. Luego cuando la gente acompañaba masivamente las charlas de Alejandro Dolina o Gabriela Acher con Mercedes Morán, pensé «hay que estar en los medios además de escribir». Cuando esto ocurrió con Jorge Lanata, me dio ganas de llevar un televisor para que me lo autografiara», ironiza Norberto Pérez. «En la lectura rotativa del «Martín Fierro», el Día del Libro, hubo 1300 personas. La gente no sólo va a ver celebridades, tambien busca cultura», contestó García.

«Ahora el problema es lo que espera a editores, distribuidores y libreros, el que diga que este no va a ser un año muy difícil vive en otro país», señala
Pampin.

La cadena de pagos está rota, muchas librerías están cerrando, sobre todo en los barrios o en las provincias. Las cadenas de librerías llegaron en los mejores casos, como Yenny-El Ateneo, a negociar con 12 grandes editoriales nuevas pautas comerciales. Bertelsmann ha diseñado una estrategia de importar pequeñas cantidades de sus sellos más selectivos y ponerlos en venta sólo en dos cadenas de librerías. Los distribuidores se dividen entre los que piensan en editar y los que apuestan al catálogo y la cartera de clientes.

«Hoy no se puede ver futuro, tenemos que pagar a nuestros proveedores, tenemos que ayudar a nuestros clientes libreros, y a la vez todos sabemos que no es ya que el mercado se haya achicado sino que casi no hay mercado», afirma
Galarraga.

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