15 de enero 2003 - 00:00

China Zorrilla lleva al límite un gran personaje

«El camino a la Meca», de A. Fugard. Dir.: S. Doria. Esc.: C. Goeckler. Il.: R. Traferri. Mús.: G. Goldman. Vest.: M. Solá. Int.: C. Zorrilla, T. Biral y J. C. Dual. (Multiteatro).

En «El camino a la Meca» de Athol Fugard, producida originalmente por el Yale Repertory Theatre, el autor se interna en el alma de Helen Martins, escultora sudafricana que elaboraba sus obras con materiales como piedra y arena, utilizando a veces hierro o materiales de rezago y vidrios de colores, para construir las fantásticas criaturas que poblaban el jardín de su casa: búhos, sirenas, budas, reyes viajeros que constituían para ella una especie de excéntrica familia.

Su mundo, la puerta abierta que le indicaba el camino hacia una existencia superior.

•Transformación

Martins vivió en una pequeña aldea sudafricana, enclavada en el Gran Karoo, una zona semidesértica. Después de una existencia opaca al lado de su marido, a la muerte de éste tuvo una revelación y encontró en su obra el sentido de su vida. Descubrió la luz. Cuando la obra comienza, Helen está sola, en su casa sin electricidad ni agua corriente, luchando contra la «oscura noche del alma» de la que finalmente logra huir. A su vivienda, transformada en la actualidad en un museo, llega una mujer joven, que ha encontrado en ella una guía.

La obra se apoya decididamente en el texto, y desarrolla a través de los diálogos una trama que reconstruye el pasado y en la que se va develando el carácter de los personajes y los vínculos que los unen.

Elsa, la visitante, es una mujer que ha sufrido una desilusión amorosa y perdido la confianza en el ser humano, pero fundamentalmente en sí misma. Cuando lucha por hacer que Helen tome nuevamente en sus manos las riendas de su vida, en realidad está luchando por sí misma. Y cuando logra que la escultora decida permanecer en su fuerte, antes de que sus excentricidades la lleven a aceptar su internación en un hogar para ancianos, el triunfo le devuelve también a ella el control de su vida.

•Explicativa

La obra es demasiado explicativa, todos exponen detalladamente sus intenciones, hasta el sacerdote que teme que Helen no sea ya capaz de valerse por sí misma. Y toca muchos temas, la envidia, la libertad, la maternidad frustrada, el amor inconfesado, la ira contra la injusticia, la rebelión contra los patrones convencionales de vida. Algunos, apenas esbozados porque el autor abarca demasiados problemas.

La excepción es el carácter de Helen, porque
China Zorrilla dibuja con sutileza, encanto y ternura, los rasgos de una criatura bondadosa y creíble, que no enarbola la libertad como una bandera. La actriz es el personaje. Se identifica con él de tal modo que el espectador tiene la impresión de penetrar en la intimidad de esa mujer aparentemente frágil, a la que su mundo interior sostiene como una llama. Su labor no es una interpretación, sino una encarnación. Sin ningún desborde, con una modestia que no hace ostentación del oficio, Zorrilla hace crecer la figura de esa anciana y la inviste de luz.

Thelma Biral
compone a su personaje dotándolo de pasión. La pieza permite también su lucimiento porque Biral sabe manejar los textos y expresa con intensidad el vínculo que la une a esa mujer mayor, a la que admira. Es correcto el desempeño de Juan Carlos Dual, que aporta simpatía y cierta ternura al personaje del pastor.

La dirección de
Santiago Doria reafirma sus méritos como excelente conductor de actores, capaz de internarse con ellos en la intimidad de sus personajes. Bella y austera, la escenografía de Claudio Goeckler refleja con exactitud el mundo interior del personaje. Es acertado el vestuario de Maribel Solá y sugerente la música de Gabriel Goldman. El diseño de luces de Roberto Traferri crea el clima adecuado: una imprecisa frontera entre la realidad y los sueños.

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