18 de febrero 2019 - 00:01

Bruno Ganz: adiós a un actor impar

Solía visitar a algunos parientes suyos en la Argentina y aprovechaba para recorrer el Norte, que le encantaba. A quí, fragmentos de un diálogo con él en el Festival de Mar del Plata de 2010.

Bruno Ganz. El gran actor de títulos emblemáticos en la pantalla europea de las últimas décadas murió a los 77 años.
Bruno Ganz. El gran actor de títulos emblemáticos en la pantalla europea de las últimas décadas murió a los 77 años.

En su ciudad natal, Zurich, fue despedido ayer el actor Bruno Bruno Ganz, portador del prestigioso anillo de Iffland, que desde hace ya 200 años sólo puede llevar el mejor intérprete de teatro en lengua alemana de cada época. Él lo heredó de Josef Meinrad, y ahora no se sabe quién ha de llevarlo. Ganz hacía teatro desde 1961, televisión desde 1964, casi siempre adaptaciones de grandes textos teatrales, y cine desde 1960, aunque empezó a llamar la atención recién en 1975, cuando salió de Suiza.

Así, fue el conde torpe de “La marquesa de O”, el enfermo terminal que acepta un cometer un crimen en “El amigo americano”, el ángel melancólico de “Las alas del deseo”, el hombre que repasa su vida en “La eternidad y un día”, el solitario enamorado de “Pan y tulipanes”, el abuelito de “Heidi” y, en “La caída”, el Hitler más impresionante y más creíble que ningún actor haya encarnado. Y fue también fue Fausto, Sigmund Freud, Torcuato Tasso, el jefe de policía Horst Herold, su espectro interpretativo era enorme.

Cada tanto venía por acá a visitar unos parientes y recorrer el Norte Argentino, que amaba. En 2010 fue invitado de honor al Festival de Cine de Mar del Plata. Sencillo, paciente, con un brillo cordial en la mirada, se daba con todo el mundo. No lo envalentonaban los elogios. “Hitler me salió bastante bien”, concedía, cuanto mucho. “No digo muy bien, porque tengo el hábito fatal de revisar mis trabajos y criticarme a fondo”. Ineludible, preguntarle cómo lo compuso. “Todos sabemos que políticamente era un monstruo. Pero yo soy actor y debo entender lo que siente mi personaje, lo que pasa por su cabeza. Lo estudié. Ahí comprendí que él no se creía un monstruo, sino un Mesías, el Salvador de Europa, el héroe de una opera de Wagner. Como muchos otros políticos, era un actor. Pude entender su ambición, su enorme miedo al fracaso, a ser una figura insignificante. Pero no podía entender su falta de compasión. Además, el director me decía ‘debes encontrar la maldad que hay en ti’. Tengo mi carácter, pero no encontraba tanta maldad. ¿Cómo iba a representarlo? Pero cuando empezamos a filmar en ese bunker subterráneo, pasó algo interesante. Yo interpretaba esas escenas de rabia, y las debía repetir una, y otra, y otra vez, usted sabe cómo son los rodajes. Y me iba alimentando de mi propia rabia, me iba exaltando. Nunca pensé que pudiera aflorar tanta rabia de dentro de mí”.

Un detalle: “Hitler no quería ver sangre, nunca vio un campo de concentración, nunca vio cómo destruían Berlín. Al final, mientras todos daban la vida por él, llegó a decir que los arios se comportaban con debilidad, se dejaban vencer por los mongoles, y por eso no merecían tenerlo como Führer. Por suerte en Alemania los jóvenes neonazis que iban al cine y al comienzo de la película cantaban sus consignas, al terminar se iban callados. Como suizo, expreso mi admiración por el modo en que los alemanes supieron enfrentar su pasado”.

A Ganz le gustaba más hacer de abuelo. Compuso el de “Vitus” “como era mi padre con su nieto, y como el abuelo que yo hubiera querido tener, o el que quisiera ser, porque todavía espero que mi hijo se decida. Soy un abuelo en teoría, o un tío abuelo de los nietos de mis parientes”. Amaba las casas bajas de su infancia, y no era muy religioso, “pero tampoco un firme ateo. No estoy capacitado para negar la existencia de Dios, que además considero como el sustento de mi profesión”. Sus pautas, eso sí, eran muy claras: “Respeto, trabajo y eficacia”.

De otros dos monstruos de la actuación también contó en un aparte: “Sir Laurence Olivier, a quien conocí en ‘Los niños del Brasil’, era un caballero inglés, un hombre muy gentil con todo el mundo. Daba gusto trabajar con él, era un ejemplo. En cambio Klaus Kinski maltrataba al cuerpo técnico, peleaba con el director, se hacía el loco, pero conmigo era siempre amable. Será porque yo también sé poner cara de loco”. Juntos hicieron el “Nosferatu”, versión Herzog.

Ganz trabajó con Wim Wenders, Schlondorff, Stein, Alain Tanner, Goretta, Jeanne Moreau (“Lumiere”, su primera película como directora), Rohmer, Angelopoulos, Bolognini, Hirschbiegel, Soldini, Egoyam, Sally Potter y otros buenos. Raras veces, en producciones norteamericanas. “En ‘Have no Fear: The Life of Pope John Paul II’ encarné a monseñor Stefan Wyszynski, símbolo del pueblo polaco bajo el comunismo. Lo llevaban de prisión en prisión, dificultaban sus comunicaciones, y aún así condujo a su pueblo durante 33 años. Una gran persona. Pero no pude profundizar mucho la caracterización, porque era una película norteamericana. Todo recitado. Recuerdo que Thomas Kretschmann, que hacía de Juan Pablo II, me dijo ‘Los polacos son afectuosos, debemos caminar tomados del brazo’, ¡y después todas esas escenas las cortaron porque pensaban que estábamos haciéndonos los gays!”.

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