Dominique Sanda, una de las actrices fundamentales del cine europeo desde los años 70, eligió hace años el balneario de José Ignacio como su lugar en el mundo. “En 2001 viajé por primera vez a Uruguay, donde el Festival de Cine de Punta del Este me rindió un homenaje. Poco a poco me fui instalando en un pueblo al borde del océano, en José Ignacio. He creado mi pequeño universo, una casa de pueblo que yo misma diseñé, no tan grande, en el centro de un jardín plantado con árboles, habitado también por animales, pájaros, patos, tórtolas risueñas, palomas, gallinas y gallos, carpas en el estanque, perros, al lado del Atlántico. Ahora voy una tarde por semana a un atelier de la escuela Torres García, a la entrada de la ciudad de San Carlos, donde pongo a prueba mi manualidad, esculpiendo la arcilla”.
Dominique Sanda: " Hoy hay más levedad en el cine, y menos belleza"
En febrero, con la pandemia en retirada en Italia, concluyó la filmación de "El paraíso del pavo real", de Laura Bispuri.
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Aunque distanciada durante algún tiempo del cine, desde 2014 ese lugar en el mundo, sin embargo, no interrumpió sus vínculos con la pantalla, ni con Europa. En febrero concluyó en Roma el rodaje de “Il paradiso del pavone” (“El paraíso del pavo real”, de la directora Laura Bispuri), aunque estos tiempos, sean diferentes del esplendor que conoció. Ante una pregunta de este diario los evocó así: “Los grandes maestros por quienes fui elegida, Robert Bresson en Francia, Bernardo Bertolucci, Vittorio De Sica, Luchino Visconti en Italia, John Huston en los Estados Unidos, han muerto. En la actualidad el cine es de otro formato; no se usa más el celuloide que fue reemplazado por el video digital. Se acabó la iluminación maravillosa pero más costosa; hay mayor levedad, pero menor belleza. Una estética propia de la época que vivimos. Pero yo parto del principio de que hay que saber adaptarse a los cambios para no quedarse atrás.”
Periodista: ¿Cómo se produjo su retorno al cine?
Dominique Sanda: En 2014 recibí un mail de la actriz y realizadora Nicole Garcia que me buscaba para interpretar el papel de una madre en un film que ella iba a filmar con su hijo, Pierre Rochefort. Me gustó de inmediato, y heme aquí de nuevo, delante de la cámara, con algunos años más. Como resultado de ello, a continuación acepté una participación en el film de Bertrand Bonello sobre la vida de Yves Saint Laurent, donde también encarnaba a su madre. En 2019, Stefano Poda, un talentoso y sensible director de ópera, me propuso actuar en “Ariana y Barba Azul”, la ópera de Paul Dukas con libreto de Maeterlinck, en el Theatre du Capitole de Toulouse. Interpreté a Aladine, una de las esposas de Barba Azul quien “venía de lejos y no hablaba nuestra lengua”, un papel totalmente mudo, una experiencia única y maravillosa, incursionando de nuevo en la ópera como cuando hice “Juana de Arco en la hoguera”, en el Teatro Colón. Más tarde, ese mismo año, fue la propuesta de Saula Benavente que llegó de Buenos Aires, para actuar como madre de su protagonista, en su película titulada “Karakol” y por quinta vez en una película argentina.
Periodista: ¿Cuáles fueron las razones que la llevaron a filmar preferencialmente en Italia?
D.S.: La primera película que hice allí, “El conformista”, de Bertolucci, adaptada del libro de Alberto Moravia, permanece en el tiempo como una obra maestra. Los italianos son grandes artistas y artesanos. Me fascina la lengua italiana y la belleza del país, así como su diversidad y riqueza histórica. Me he sentido siempre amada por los italianos y los films en los cuales interpreté protagónicos han dejado su huella en la memoria del público.
P.: ¿Qué recuerdos tiene de Robert Bresson, su primer director de cine en “Una mujer dulce”?
D.S.: Bellísimos. Él fue quien me lanzó, quien me descubrió. Permitió que mi vida tomara un giro inesperado. Me confió un papel con el que me siento identificada. Yo era “Ella”, la joven de la novela de Dostoievski adaptada para el cine. Bresson era un hombre intuitivo, culto, creyente. Me transmitió grandes valores artísticos y yo le estoy eternamente agradecida.
P.: ¿Cuáles son, de las 40 películas que filmó, sus preferidas y por qué?
D.S.: Eso merecería una amplia respuesta ya que, además de films clásicos como “Una mujer dulce”, “El jardín de los Finzi Contini”, “El conformista”, “Novecento”, “La herencia de los Ferramonti”, “Más allá del bien y del mal”, “Une chambre en ville”, “Confesiones íntimas”, es raro que alguna de ellas no me evoque tiernos recuerdos. Las llevo conmigo. Pero también los films para la televisión, como el primero “La naissance du jour”, basado en un libro de Colette y dirigido por Jacques Demy; “Quel treno per Petrogrado”, realizado por Damiano Damiani, la historia del regreso de Lenin para organizar la revolución bolchevique en 1917 donde interpreté a Inessa Armand, amiga de Lenin y de su esposa Nadia Kroupskaia; “Brennendes Hertz”, sobre la vida de Gustav Regler, escritor comunista que vivió en México y murió en la India, cuya esposa interpreté, dirigido por el austriaco Peter Patzak. Yo trabajaba con la pasión, la curiosidad de descubrir y ampliar mi visión del mundo, y con el privilegio de viajar en el tiempo, de encontrarme a mí misma a través de todas esas mujeres.
P.: En los 90 participó en varias películas argentinas. ¿Cómo nació este acercamiento y en qué medida determinó su decisión de establecerse en el Río de la Plata?
D.S.: Fue con Edgardo Cozarinsky que se produjo mi primer viaje a la Argentina, para actuar en un film con un guión adaptado de un cuento de Jorge Luis Borges, “Guerreros y cautivas”. Edgardo, a quien conocía, vivía en París, y él siempre quiso hacerme conocer su país, donde había nacido, y cuyos abuelos, emigrantes judíos que habían partido de Kiev y Odessa al final del siglo XIX, encontraron refugio. Fue en Viedma y Carmen de Patagones, donde filmamos en decorados naturales, que yo hice un pacto con la Argentina, pidiéndole al cielo que me permitiera volver a ese país tan atractivo por la inmensidad de sus espacios, la belleza de sus paisajes, la gentileza y hospitalidad de sus habitantes. Mi deseo fue concedido ya que volví más de una vez en los años siguientes para rodar “Yo, la peor de todas”, con María Luis Bemberg; “El viaje”, con Pino Solanas y más tarde, en 1998, para “Garage Olimpo”, con Mario Becchis. Fue al final de ese rodaje que conocí a mi futuro marido, Nicolás Cutzarida, con quien me casé en enero de 2000.
P.: Además de cine ha hecho teatro en varios países. ¿Qué obras destacaría?
D.S.: Nombraré primeramente a “Madame Klein”, mi bautismo de fuego con dos actrices veteranas, amistosas y solidarias: Michele Marquais, que interpretaba a Mélanie Klein, y Dominique Reymond, que era una amiga de Melita Schmideberg, la hija de Melanie Klein, mi papel. Un terceto en escena, un texto brillante sobre la historia de la psicoanalista, relaciones difíciles entre madre e hija. Luego en 2002, el oratorio de Honneger y Claudel, “Juana de Arco en la hoguera”, interpretada en el Teatro Colón, en francés. Fue uno de los mayores momentos de mi vida artística. También la obra de Ibsen “La dama del mar”, que yo había elegido desde que nació mi deseo de hacer teatro. Y fueron los italianos quienes la produjeron años más tarde. Yo me identificaba con esa heroína ibseniana, Elida Wangel.



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