El consumidor elige todo, hasta los finales de las películas

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En "El veredicto", que se verá el viernes, se votará desde el celular si el protagonista es culpable o inocente. Pero todo esto tiene una larga historia.

Una frase publicitaria de “Psicosis”, de Alfred Hitchcock (1960), contribuyó a la fama del clásico y se sumó a su leyenda: “No cuente el final, es el único que tenemos”. Sin embargo, como siempre en la publicidad del cine, era tan exagerada como inexacta, pues si de algo no carece nunca un productor es de finales alternativos.

A diferencia de lo que ocurre en el cine arte, que hasta puede permitirse ir a pérdida si el productor tiene dinero (o si ese productor es el Estado), en el cine comercial el espectador siempre tiene razón. Y tanto ha sido así que esto es lo que pretende graficar la primera película interactiva europea, la alemana “El veredicto”, cuya primera parte se verá el viernes a las 22 en Europa Europa.

Estrenada en el festival Mipcom de Cannes en 2016, lo original de esta producción del género judicial es que el jurado es el propio espectador, quien al final de la primera parte debe emitir su voto acerca de la inocencia o culpabilidad del protagonista. Esto se hará con el teléfono celular a través de un código QR en pantalla.

Dirigida por Lars Kraume, “El veredicto” narra la historia del proceso que se le inicia a un oficial de la fuerza aérea que ordenó derribar un avión de pasajeros, con 164 personas a bordo, que había sido secuestrado por terroristas y dirigido a estrellarse en un estadio de fútbol colmado por 70.000 espectadores. El militar desobedeció a sus superiores y optó por el “mal menor”, el sacrificio de un centenar de vidas para salvaguardar miles. Durante el proceso, sembrado de cuestiones éticas, el fiscal lo confronta con preguntas del estilo “Si en ese avión hubieran viajado su esposa e hijos, ¿habría procedido de la misma forma?”.

Del resultado del voto del público dependerá el final que se emitirá prioritariamente el 30 de julio, ya que hay dos desenlaces intercambiables según se lo encuentre inocente o culpable (en segundo término se transmitirá el “perdedor”). En Alemania, la elección fue abrumadora: el “inocente” obtuvo 86,9 % de los votos contra 13,1 % del “culpable”.

Lejos de ser este experimento la primera vez en que la decisión de un final se transfiera espectador, la historia de Hollywood no ha sido otra. La voluntad del público es soberana. El propio Hitchcock, en 1941, debió hocicar ante la RKO Pictures y cambiarle el desenlace a “La sospecha”: la razón era que Cary Grant se proponía envenenar con un vaso de leche a su esposa, Joan Fontaine. Los ejecutivos de la productora le dijeron que estaba loco: Grant era el galán más amado por todas las mujeres (y, como se supo años después, también por los hombres), de modo que no podía ser un asesino. Su imagen se dañaría. De modo que se cambió todo: en el vaso de leche no había veneno, él amaba a su mujer, y el final fue el más ñoño de toda la obra de Hitchcock.

En aquellos tiempos sin televisión se filmaba tanto y tan rápido que las modificaciones sobre la marcha eran moneda corriente. Célebre es el caso, en 1942, de “Casablanca”, aunque aquí no intervino el público sino que las indecisiones, en medio del rodaje, se debieron a lo mal que se llevaba el equipo. Los guionistas Julius y Philip Epstein no toleraban al tercero, Howard Koch, y los tres se habían enemistado con el director, Michael Curtiz. Faltaban tres días para concluir las tomas y todavía no se sabía quién se quedaría con Ingrid Bergman, si su esposo Paul Henreid, o Humphrey Bogart. La perfección de “Casablanca” suele ser atribuida a un milagro, o a la magia de las improvisaciones. Como en el jazz.

Pero la práctica más sistematizada para someter la voluntad de un guionista al gusto del consumidor es el llamado “test screening”, una proyección de prueba donde se testea una película o una serie de TV antes de su estreno: el público, elegido según franjas demográficas representativas, al término de la proyección debe responder un largo cuestionario sobre lo que vio, y decir qué es lo que aprueba y lo que no.

Así, en 1964, Dick van Dyke obtuvo su doble papel en “Mary Poppins” gracias al voto del público, cuando la producción no quería darle el del señor Dawes. El final original de “Atracción fatal” nada tenía que ver con el famoso del conejo en la olla y la bañera: Glenn Close se suicidaba de un cuchillazo en la garganta para que la Policía creyera que Michael Douglas la había matado. Más tarde, Anne Archer (la esposa de Douglas) encontraba una cinta de audio en la que ella relataba su plan para forjar el falso asesinato, y culpar a su amante.

El caso más extremo fue el de la película de 1994 de James L. Brooks con Nick Nolte “Dispuesto a todo” (“I’ll do anything”). Era un musical cuyas canciones no le gustaron al público, y la productora obligó al director a sacárselas y transformar el film en una comedia dramática. En nuestro país, Jorge Estrada Mora solía realizar ese tipo de pruebas: las películas que produjo para Juan José Campanella, como “El mismo amor, la misma lluvia”, tuvieron test screening.

En definitiva, lo que alguna vez dijo el autor de “Duna”, Frank Herbert, tiene validez universal: “Nunca hay un auténtico final. Es sólo el momento en que decides terminar tu relato”.

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