El cine recobra la historia de un Schindler polaco

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El film puede verse esta semana en la plataforma de la sala Arte Lumière.

Con el don de la palabra, los contactos y el savoir-faire, más de un diplomático ha salvado personas y hasta ciudades. Por ejemplo, el cónsul sueco Raoul Nordling, que convenció al general Dietrich von Choltitz de entregar Paris a los Aliados sin hacerla saltar en pedazos como ordenaba Hitler. El hecho fue muy bien representado por Orson Welles y Gert Froebe en “¿Arde París?” (René Clement, 1966), y con más detalle por André Dussolier y Niels Arestrup en “Diplomatie” (Volker Schlondorff, 2014). También, el portugués Arístides de Souza Mendes, que salvó a miles de judíos, y el mexicano Gilberto Bosques Saldívar, que salvó a cientos de republicanos y judíos, respectivamente evocados en “O cónsul de Bordeus” (Correa y Manso, 2011) y “Visa al Paraíso” (Lilian Lieberman, 2010).

Pero hubo uno que salvó muchísimas personas con recursos un tanto inconfesables: falsificaba pasaportes de otros países. Así lo cuenta el documental polaco “Pasaporte paraguayo”, que gracias a la Embajada de Polonia y Cineclub Núcleo puede verse esta semana, gratis, por www.cineartelumiere.com.ar. La historia es singular. Los soviéticos de un lado y los nazis del otro, habían invadido Polonia. El gobierno casi entero estaba exiliado en Londres. Su representante en Suiza, Aleksandr Lados, no podía usar título de embajador, pero sí de encargado de negocios. Alentado por su canciller, en 1940, “alterando” documentos, salvó una treintena de personas en riesgo de muerte bajo la ocupación soviética. Y entre 1942-43, su “Grupo de Berna” se agenció papeles en blanco de diversos países americanos, los llenó a su gusto y los reenvió a los beneficiados, unos 3.000 judíos de Polonia, Holanda e incluso Alemania con sus respectivas familias. El cónsul honorario de Paraguay (un suizo) cobró 500 marcos cada documento firmado, sellado y legalizado en su oficina. El embajador de El Salvador lo hizo gratis.

Tener uno de esos pasaportes era casi una garantía de sobrevivencia: el portador y su familia no irían a un campo de concentración, ya que podían ser eventualmente canjeados por prisioneros alemanes. Pero algo les sonaba raro a los nazis. ¿Por qué había tantos nativos de Haití y Paraguay en Sosnowiec y Varsovia? Hubo que confesar el delito rápidamente a los embajadores de los países afectados, y encima rogarles complicidad para que certificaran que esos pasaportes eran enteramente legales. Monseñor Filipo Bernardini, amigo de la causa, convenció sobre todo al gobierno paraguayo.

Después de la guerra, Polonia cayó en manos comunistas. Lados volvió a su país solo cuando ya se sentía morir. Sus colaboradores prefirieron tomar otros rumbos, como el asesor Stefan Ryniewicz, que terminó sus días en 1988 como directivo del Club Polaco de calle Serrano de Buenos Aires. Nacionalizado argentino, empresario, difícilmente hablaba del Grupo de Berna, ni del momento en que la policía suiza empezó a interrogarlos (por suerte luego hizo la vista gorda). Tampoco los demás hablaban mucho, quizá porque nadie quiere que lo confundan con falsificadores.

De este y otros detalles escribieron en 2017 Michal Potocki y Zbigniew Parafianowicz, tras estudiar decenas de papeles en archivos de Suiza y Jerusalem, y hablan en “Pasaporte paraguayo” Markus Blechner, cónsul en Zurich, y Jakub Kumoch, embajador en Berna, sentados en el mismo lugar donde auténticos judíos de Varsovia se convertían en nativos asunceños o bolivianos. Director, Robert Kaczmarek, el mismo de “El camarada general va a la guerra”, sobre los desmanes de Wojciech Jaruzelsky, el hombre que decretó la purga antisemita del Ejército Popular Polaco y la Ley Marcial que legalizó el asesinato de más de 90 personas entre 1981-83.

Cerrando el tema, nunca se concretó un film sobre el modo en que Pablo Neruda, nombrado cónsul de Emigración Española en Paris, llevó 2078 refugiados a Chile. Tampoco hay un documental sobre los 15 viajes del crucero “25 de Mayo” y la torpedera “Tucumán” trayendo centenares de refugiados durante la Guerra Civil Española. Ni otro sobre la gran pifia de nuestra Cancillería cuando en enero de 1944 rompió relaciones con el Eje sin avisarle antes a sus embajadas. Como resultado, éstas no pudieron poner sobre aviso a los judíos argentinos que hasta ese momento vivían más o menos tranquilos en Europa. Muchos de ellos no solo perdieron su inmunidad sino sus bienes y hasta sus vidas.

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