Jean C. Carrière fue la pluma del cine europeo

Espectáculos

San Sebastian, País Vasco, setiembre 19 de 2011. Jean Claude Carrière había cumplido ese día 80 años. No se lo dijo a nadie, pero apenas subió al escenario a presentar un documental sobre su vida, el público empezó a cantarle el “Cumpleaños feliz” en euskera: “Zorionak zuri, zorionak beti, Jean-Claude”. No era una estrella de cine, tampoco un director famoso, sino apenas, según sus propias palabras, un simple contador de historias, de fábulas, un libretista sin ego al servicio de verdaderos autores. Pero la gente lo conocía, y lo amaba.

Hombre afable, de voz calma, buen humor, cultísimo pero nada pedante, era amigo personal de Manuel Antín quien en 1996 lo invitó a Buenos Aires a dictar una serie de clases magistrales en la Fundación Universidad del Cine. Allí dijo que, al finalizar un rodaje, lo que queda en el trasto de los desperdicios son elementos de utilería, restos de escenografías y el guión. Tan distinto es lo que resulta finalmente de una película. Novelista, dramaturgo, traductor, adaptador, guionista, a veces también actor, Carrière trabajó con Luis Buñuel (19 años, era su “hijo espiritual”), Pierre Étaix, Peter Brook y Louis Malle. También con Deray, Wajda, Berlanga, Forman, Schlondorff, Trueba, Garrel y otros en películas “de autor” y de entretenimiento como “Borsalino”, “Búsqueda insaciable”, “El discreto encanto de la burguesía”, “Ese oscuro objeto de deseo”, “El tambor”, “De tamaño natural”, “Cyrano de Bergerac”, “El regreso de Martín Guerre”, “Danton”, “La insoportable levedad del ser”, “Jugando en los campos del Señor”, del marplatense Héctor Babenco, “El artista y la modelo”, “A la sombra de las mujeres”, por citar sólo algunos de los 152 títulos que llevan su firma, y que lo hicieron acreedor a varios premios internacionales, incluyendo un par de Oscar (por un corto en 1962 y por toda su obra en 2014).

Curiosamente, el documental que presentaba aquella noche en San Sebastián no hablaba tanto de sus creaciones como de su vida, sus andanzas por el mundo y su pueblito natal, en el sur de Francia. Lo filmó Juan Carlos Rulfo (hijo del escritor) y se titula “Carriere, 250 metros”. ¿Por qué 250 metros? Porque esa es la distancia entre su hogar y el cementerio donde están enterrados sus padres, pequeños viñateros, y donde, desde ayer, habrá que ir a visitarlo. Así lo tenía previsto: “Nuestra historia es una ínfima piedrita en la historia de la Humanidad”, solía decir antes de irse.

Paraná Sendrós

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