14 de junio 2002 - 00:00

Clásico de Cossa vuelve al Cervantes con Diego Peretti

Diego Peretti
Diego Peretti
D ice que la disciplina que más le gusta es el cine («Un guión bien escrito no sólo abarca lo que hacen y dicen los personajes sino también lo que piensan. La cámara es muy botona, en cambio en teatro es más complicado de lograr»). Pero Diego Peretti es un actor, que más allá de sus personajes en TV (el tartamudo de «Poliladron», el acomplejado Claudio de «Culpables») y de su reciente protagónico en el film «Taxi, un encuentro», lleva adelante una activa y sólida carrera teatral que le permite deslizarse del drama a la comedia con la misma eficacia.

En estos momentos se encuentra ensayando, bajo las órdenes de Hugo Urquijo, «Nuestro fin de semana» de Roberto Cossa, que subirá a escena el 20 de junio en el Teatro Nacional Cervantes con un elenco que incluye también a Pablo Alarcón, Rita Terranova, Daniel Miglioranza, Marita Ballesteros, María Socas, Roly Serrano, Marcela Ferradás y César Bianco. Su agenda está absorbida por las grabaciones de «Los simuladores», el elogiado programa que protagoniza por «Telefé» junto a Federico D'Elía, Alejandro Fiore y Martín Seefeld. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué papel le tocó en la obra?


Diego Peretti:
El de un jugador de bochas muy abúlico, que trabaja en la municipalidad por la mañana y tiene muchos conflictos con su mujer. Es una relación muy opresiva y todo se desencadena a partir de un fin de semana que pasan en casa de unos amigos. Las obras de Cossa siguen teniendo mucha vigencia porque exploran -en especial ésta- el drama del hombre común sumergido en sueños que por diferentes motivos no se concretan.

P.: ¿Qué lo llevó a encarar el proyecto televisivo de «Los simuladores»? ¿Fue una necesidad de autogestión?

D.P.: Fueron varios factores: se dio el momento, la idea, las ganas, la energía para hacerla y los actores necesarios.

P.: Hay quienes opinan que ciertas resoluciones de «Los simuladores» no son muy
creíbles ¿Será cuestión de tomarlas con humor?

D.P.: El humor es importante porque ellos son como superhéroes de la cotidianeidad, pero también tienen mucho de personajes de comics. Hay que entrar en el juego, como ocurría con McGyvers, que con un poco de pólvora y un alambrecito hacía saltar una cerradura.

P.: Pero en el caso de ustedes hay viveza criolla antes que la sofisticación técnica.

D.P.: Yo creo que el programa pegó porque los simuladores resuelven los problemas de la gente a partir de crearle una simulación al embaucado de turno. Creo que eso es algo que roza tangencialmente nuestra idiosincracia. Esa actitud tan argentina, o porteña al menos, de simular y hacerle creer al otro que yo soy alguien que no soy. Nosotros hicimos virtud de ese defecto que tenemos de crearnos todo el tiempo una ilusión y una puesta en escena de algo que creemos nos va a resolver la vida y luego termina resultando irreal. De eso habla también «Nuestro fin de semana», donde un personaje común, de clase media, cree que va a convertirse en un gran empresario a partir de un negocio que hace con un amigo.

P.: De no apostar a la humorada el programa podría parecer una imitación devaluada de «Misión imposible».


D. P.:
La gracia está en el fuerte contraste que se produce entre la sofisticación del plan que ponen en juego y el tema cotidiano que tienen que resolver. Porque si la sofisticación fuera para resolver casos de espionaje o intriga internacional, entonces sí sería un producto tipo «Brigada A» o «Misión imposible»; pero tanta sofisticación es para arreglar la impotencia sexual de un presidente, lograr que un señor mayor recupere su empleo, o un chico apruebe todas sus materias.

P.: Algunos analistas mediáticos creyeron ver en el programa diversos mensajes subliminales relacionados con la realidad argentina.

D.P.: Como el episodio del policía corrupto, a cargo de Lorenzo Quinteros, al que los simuladores regeneran haciéndole creer que acaba de realizar el sueño de toda su vida, ser miembro de la Nasa. Y si uno piensa: ¿Cuál es el talón de Aquiles de este comisario? ve que su modelo son los Estados Unidos y ese referente es tan fuerte que el comisario decide portarse bien por temor a que los de la NASA lo estén controlando y lo echen si sigue cometiendo abusos.

P.: ¿Piensa que el programa ayudará a desmonopolizar un poco la ficción televisiva? Para muchos actores, Suar es algo así como el salvador.

D.P.: El problema no es la monopolización de Pol-Ka con respecto a la ficción. Hay que ver que es una productora independiente que genera trabajo y arriesga. El problema es la situación del país que nos tiene en un pozo. Lo que tengo que admitir es que abrimos una puerta con respecto a lo que puede ser un unitario en la Argentina, diferente de la ficción que se ha hecho hasta ahora. En principio, nos arriesgamos a no tener una historia de amor que sea la guía de todo el programa, para nosotros lo más importante es la trama, contar con un buen guión y una buena historia, sin necesidad de una pareja protagónica.

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