Poco antes de fin de año, este diario se reunió con algunos empresarios que contribuyen en gran medida al sostén financiero de la actividad cultural de nuestro país. Conversamos entonces con el director de Techint, Paolo Rocca, y con la directora de la Fundación Proa, Adriana Rosemberg, quien sostuvo que se tornaba imprescindible remontar el cortoplacismo vigente y diseñar proyectos culturales con miras al futuro. «Todavía no percibo que haya claridad sobre cuál es el camino de la evolución cultural de la Argentina como país -agregó Rocca-. Pero la ciudad de Buenos Aires, extraordinaria en muchos aspectos, merecería una obra arquitectónica de gran envergadura. Una señal, acaso un museo que se convierta en un emblema de la cultura y sea reconocido en el mundo.»
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Hoy, a otros tres empresarios, Amalia Fortabat, Eduardo Costantini y el dueño del hotel Hilton, Alberto González, los inspira una ambición similar a la de Rocca: el deseo de plan-tar un emblema arquitectónico, que luzca como un «monumento» y se revele como un nuevo signo de los tiempos. Así, tres proyectos arquitectónicos que aspiran a erigirse como señales perdurables, el del Museo Colección Fortabat, el de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALba) y el Puente de Calatrava, se inaugurarán en Buenos Aires con diferencia de pocos meses.
En el Dique 4 de Puerto Madero (a la altura de la calle Viamonte), avanza la construcción del museo que diseñó Rafael Viñoly para albergar la Colección Fortabat, rica en tesoros del Impresionismo, arte latinoamericano, precursores argentinos y maestros viajeros. Paul Valery decía que la arquitectura es «música sólida» y Viñoly, autor del Forum de Tokio, obra que «The New York Times» inscribe entre «los edificios sublimes del siglo XX», aspira a esa condición poética. En su nueva obra porteña y como lo hizo en el Forum, Viñoly traslada la obsesión vertical de estas últimas décadas a una expresión horizontal que de ningún modo perturba el horizonte urbano que se abre hacia el río.
El edificio del MALba fue realizado por los jóvenes cordobeses Martín Fourcade, Gastón Atelman y Alfredo Tapia, elegidos en un concurso internacional que tuvo amplia difusión y, como seguro de calidad, un jurado con los nombres de Norman Foster (ver Actualidad), César Pelli, Mario Botta y Enric Miralles, entre otros grandes. «Procedimiento inusual en la Argentina de estas tres últimas décadas», observa el arquitecto Fabio Grementieri. «Virtud que se suma a la de ser diseñado específicamente para su funcionar como museo».
* Protagonismo
En general, los edificios de los museos argentinos fueron reciclados para adaptarlos a esa función. Por otra parte, a nadie le pasa inadvertido el protagonismo de la arquitectura en estas últimas décadas y de los museos en especial, convertidos en auténticos sitios de peregrinación.
En el Dique 3 de Puerto Madero, la semana pasada comenzó el montaje del puente creado para ese lugar por el célebre valenciano Santiago Calatrava, arquitecto e ingeniero que cobró fama al rescatar el valor simbólico de los puentes, reducidos durante las últimas guerras a su mera razón funcional. Dispersas por el mundo, sus obras se engarzan con la tradición del Rialto en Venecia, el Ponte Vecchio en Florencia, los puentes de París o el de Brooklyn, convertidos en paradigmas de las culturas de esas ciudades.
Lo cierto es que ahora, sobre las aguas quietas del dique, la blanca forma escultórica del puente sustentada por sus soberbios tensores se levantará como un pájaro decidido a remontar vuelo. Mensaje cargado de ilusión, que no puede ser más oportuno para el desánimo porteño. El flamante diseño puede compararse con el de los puentes del Alamillo en Sevilla o el Trinity Footbridge, en Manchester. El puente es una donación del Hilton al Gobierno de la Ciudad y cuesta alrededor de 8 millones de dólares. Poco dinero, si se compara con el récord de 7 millones que la Secretaría de Cultura pagó por las estatuas de Rosas y Evita instaladas hace poco más de un año en la Ciudad y que no conforman el gusto de nadie.
En todo caso, estas tres inversiones privadas no pretenden rédito a corto plazo. Se realizan con miras al porvenir, con el afán de trascender, de dejar un testimonio, que es la aspiración natural de las sociedades civilizadas. Los «monumentos», más allá de su estética, atestiguan el sentimiento solidario de unas generaciones con otras, son gestos que denotan la superación de esa mentalidad primitiva, que carece de conciencia histórica.
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